Eloy Asenjo Carpintero/Vida Nueva Digital
Vivimos tan acostumbrados a la comodidad del interruptor y la llave de paso que se nos olvida el milagro que supone abrir un grifo. Mientras en nuestra orilla del primer mundo derrochamos el agua con la alegría de quien cree que los recursos brotan de la nada, el planeta brama por las costuras. Al otro lado de nuestra burbuja, la tierra reseca muerde con dureza, obligando a miles de personas a caminar bajo soles de plomo en busca de un charco potable, o condenándolas silenciosamente por culpa de la deshidratación. Es la asfixiante paradoja de un mundo partido en dos: la gula insaciable de unos pocos pagada con la sequía crónica de una inmensa mayoría.
Ante este escándalo planetario, la Iglesia no mira hacia otro lado. En este mes de septiembre, la intención de oración que impulsa el Papa nos saca de la modorra cotidiana para poner el dedo en la llaga de nuestro tiempo. Convertir un bien primario y universal —un auténtico regalo de la creación— en una vulgar mercancía sujeta a las leyes del mercado es una falta de ética tremenda. El agua no es un producto financiero; es el pulso mismo de la vida que Dios regaló sin peaje a toda la familia humana.
Para corregir el rumbo, la propuesta eclesial nos invita a recuperar dos brújulas casi olvidadas: la sobriedad y la templanza. Y conviene sacudirse los complejos, porque aquí no hablamos de una tristeza gris ni de restricciones absurdas, sino del ejercicio más radical de la libertad personal. En una sociedad empachada de estímulos donde el algoritmo decide lo que deseamos, frenar el pie, contener los caprichos y poner coto al despilfarro digital, energético o alimentario es un acto de soberanía individual. Quien domina sus ganas de acumular deja de ser esclavo del escaparate y recupera el timón de su propia existencia.
Esa audacia vital no es una teoría de despacho. Se palpa, por ejemplo, en la experiencia de tantos jóvenes que hacen las maletas en vacaciones para colaborar en geografías extremas. Es lo que compruebo estos días siguiendo de cerca los pasos de un familiar en el corazón árido de Kenia. Quienes se adentran en lugares de carencia absoluta, donde falta lo que aquí nos sobra, regresan con los esquemas mentales patas arriba. Descubren, con asombro, que en comunidades desprovistas de casi todo late una alegría desbordante y una dignidad a prueba de bombas. Comprueban, en carne ajena, que la austeridad bien entendida destierra las cadenas tontas del ego y devuelve al ser humano el sabor de lo auténtico.
¿Qué relación guarda esa vivencia africana con nuestro día a día en Occidente? Absolutamente toda. La gran coartada del ciudadano contemporáneo consiste en pensar que su granito de arena no pesa nada en la balanza global. Sin embargo, cada vez que decidimos frenar voluntariamente el consumo caprichoso —lo que la tradición espiritual ha llamado toda la vida ‘mortificación’—, ese pequeño gesto trasciende el mero activismo ecológico. Se convierte en una oración de carne y hueso, en un clamor callado que pide al Creador un cambio de rumbo.
Educar en esta dirección es un deber de supervivencia espiritual para las nuevas generaciones. Se trata de legarles la convicción de que los bienes de la tierra no son un botín que saquear, sino un legado que custodiar entre hermanos. Todo empieza en el metro cuadrado de la propia casa, bajando al detalle diario y recuperando aquella sabia y atemporal sabiduría de aprender a contentarse con lo que basta para pasar la vida de forma sobria y templada.
Al final, de eso va el paso por este mundo y el ejercicio de la templanza: de dejar de mirarnos el ombligo, sacudirnos las servidumbres de lo material y sintonizar con la súplica que el Papa nos regala este mes:
Que tu Espíritu nos transforme en peregrinos de lo esencial, capaces de vivir con sobriedad, denunciando el derroche y la contaminación, defendiendo el derecho de cada hermano y hermana a beber sin miedo, sin desigualdad.
Porque solo cuando nos atrevemos a aligerar la mochila para vivir con lo necesario, el agua, la justicia y la dignidad vuelven a brotar para todos.

































































