Victor Estala/Primera Parte
Ciudad Juárez necesita recuperar el valor de la palabra, la fidelidad y la familia. Aunque la infidelidad suele vivirse en el ámbito privado, sus consecuencias alcanzan a la familia y, por extensión, a la sociedad.
Hablar de este tema no significa juzgar toda ruptura, negar que algunas separaciones sean necesarias ni atribuir a la infidelidad todos los divorcios. La pregunta de fondo es otra: ¿qué sucede cuando la fidelidad deja de ser un valor y el compromiso se vuelve desechable?
La infidelidad no se reduce al momento del engaño. El matrimonio implica responsabilidades que trascienden a la pareja: cuando se pierde la confianza, aumentan los conflictos o llega una separación, los hijos pueden verse profundamente afectados. Por ello, toda decisión debe considerar también a quienes dependen emocionalmente de los adultos.
Los hijos aprenden, sobre todo, del ejemplo: observan cómo se tratan sus padres, cómo resuelven sus diferencias y si cumplen su palabra. La familia es la primera escuela de vida social. Allí se aprende a: amar y compartir; perdonar y ser leales; colaborar y afrontar las dificultades; respetar a los demás y asumir responsabilidades.
La tradición de la Iglesia presenta a la familia como la “primera y fundamental escuela de socialidad” y como la “célula primera y vital de la sociedad”. Fortalecerla, por tanto, no es solo una tarea religiosa: también es una forma de reconstruir el tejido social.
En 2024, Chihuahua registró 2.86 divorcios por cada mil habitantes de 18 años y más, frente a 1.79 en el país. También se contabilizaron 43.7 divorcios por cada 100 matrimonios registrados en el estado, en comparación con 33.3 a nivel nacional. En 2023, la relación estatal había sido de 43.2 divorcios por cada 100 matrimonios.
Estas cifras deben interpretarse con cuidado: no significan que el 43.7 % de los matrimonios celebrados ese año haya terminado en divorcio, pues comparan dos registros del mismo periodo y no siguen a las mismas parejas a lo largo del tiempo.
Esta realidad exige análisis y una mirada realista sobre la familia, más allá de discursos políticos, religiosos o sentimentales. El objetivo no debe ser condenar, sino prevenir, acompañar y sanar, con especial atención a las niñas, los niños y los adolescentes.
La Iglesia católica debe fortalecer su labor preventiva y ofrecer apoyo antes, durante y después de una crisis familiar. Entre las acciones prioritarias se encuentran: promover el diálogo matrimonial; formar a los jóvenes para el compromiso; orientar a madres y padres de familia; acompañar con cercanía a quienes atraviesan una separación.
Amoris laetitia subraya valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad y la paciencia, junto con la misericordia hacia las familias en dificultad. Defender el matrimonio no significa abandonar ni condenar a quienes necesitan escucha, reconciliación o consuelo. Además, una separación no elimina la responsabilidad de cuidar a los hijos.
Los hijos necesitan seguridad emocional y la certeza de que son amados. No deben ser utilizados como mensajeros, involucrados en disputas ni obligados a elegir entre sus padres. Los conflictos entre adultos tampoco deben disminuir el amor, la atención y la responsabilidad que se les debe.
La familia sigue siendo el primer espacio educativo. En una época en la que todo parece reemplazable, conviene preguntarnos:
¿enseñamos a los jóvenes a dialogar o a huir de las dificultades? ¿les mostramos que el amor requiere esfuerzo?; ¿les enseñamos que la libertad implica responsabilidad?; ¿presentamos la fidelidad como una decisión libre de cuidar a la persona amada?
Los adultos debemos enseñar responsabilidad con el ejemplo. Ciudad Juárez enfrenta retos de seguridad, educación, oportunidades para los jóvenes, adicciones, violencia y recuperación de espacios públicos. Sin embargo, su reconstrucción también debe ser humana: la confianza social comienza en casa.
Para fortalecerla es necesario: cumplir la palabra dada; resolver las diferencias sin destruirse; buscar ayuda cuando el matrimonio la necesite; dedicar tiempo a la convivencia familiar; crear un hogar seguro y afectuoso.
La fidelidad no se limita a la pareja: también significa ser fieles a los hijos, a los principios, a las responsabilidades y a quienes confían en nosotros. Para los católicos, incluye además la fidelidad a Dios. La fidelidad construye confianza; la confianza fortalece a las familias, y las familias fortalecen a la sociedad.

































































