Víctor Estala/Analista
Segunda parte
La fidelidad matrimonial tiene una dimensión social porque las personas construyen comunidades. Por eso, la Iglesia debe acercarse antes de que las relaciones se rompan y permanecer cerca cuando la crisis ya ha comenzado.
La Diócesis de Ciudad Juárez necesita impulsar: un acompañamiento matrimonial más cercano; una preparación sólida para el matrimonio; formación afectiva y ética para jóvenes; apoyo práctico para madres y padres; herramientas de comunicación y atención a las heridas emocionales.
No basta con decir “sean fieles” o “perdonen”. Es necesario enseñar a construir relaciones resilientes, reparar daños, asumir responsabilidades y recuperar la confianza. No basta con hablar de la familia: hay que acompañarla.
Tampoco debemos caer en el pesimismo. Las familias no están condenadas: los matrimonios pueden sanar, las personas pueden cambiar y los hijos pueden crecer en ambientes amorosos incluso después de una separación. Cuando sea saludable, la reconciliación es posible. El mensaje cristiano es una historia de misericordia, conversión y esperanza. Para Ciudad Juárez, debe ser un llamado y no una condena.
Una invitación
No esperemos a perderlo todo para comenzar a cuidar lo que un día prometimos proteger:si todavía existe amor, cuídenlo; si existe distancia, hablen; si hay una herida, busquen sanar; si han perdido la comunicación, vuelvan a encontrarse; si ya no pueden solos, pidan ayuda.
No tengamos miedo de acudir a un sacerdote, a un matrimonio con experiencia, a un terapeuta o a una institución capaz de acompañarnos. Pedir ayuda no es señal de debilidad; muchas veces es el primer acto de responsabilidad para cuidar a una familia.
Para quien ha cometido una infidelidad: No esconda el error detrás de excusas. Asuma la responsabilidad, reconozca el daño y, si aún existe la posibilidad de reconstruir la relación, comience por restablecer la verdad y la confianza.
Para quien ha sido herido: No permita que el dolor le robe la esperanza. Perdonar no significa negar el daño ni renunciar a los límites necesarios; significa decidir, con libertad y sabiduría, qué hacer con esa herida.
Un llamado a madres y padres de Ciudad Juárez: Recordemos que nuestros hijos están mirando. De nosotros aprenderán qué significa amar, respetar, ser fieles, pedir perdón y cumplir una promesa.
Hoy más que nunca, Ciudad Juárez necesita matrimonios dispuestos a volver a elegirse, familias abiertas al diálogo y padres comprometidos con enseñar mediante el ejemplo.
No permitamos que la cultura de “todo es desechable” alcance también al matrimonio y a la familia.
Volvamos a creer en la palabra dada. Volvamos a valorar la fidelidad. Volvamos a hablar de compromiso. Volvamos a poner a nuestros hijos en el centro. Volvamos a Dios.
Quizá la transformación que buscamos para Ciudad Juárez no comience en un palacio de gobierno ni en una oficina, sino alrededor de la mesa del hogar, cuando dos esposos deciden mirarse nuevamente a los ojos y decir: tenemos que hablar, tenemos que sanar y tenemos que luchar por nuestra familia.
Empecemos desde ahora. No esperemos a perderlo todo para comenzar a cuidar lo que un día prometimos proteger.

































































