Mtro. Iván González/Historiador
Regresan las clases y con ello regresan también las preguntas. ¿Qué voy a estudiar? ¿Con quién voy a juntarme? ¿Qué quiero hacer con mi vida?
El inicio de clases tiene algo de espejo: te pone frente a frente con quién eres y con quién quisieras ser. Y para muchos, esa mirada genera más angustia que entusiasmo. Y no es casualidad. Vivimos en un mundo que nos bombardea con versiones de lo que deberíamos ser: el que tiene más seguidores, el que saca mejores calificaciones, el que ya sabe exactamente qué quiere, el que parece tenerlo todo resuelto. Y en medio de esa capirotada de la existencia humana, es fácil terminar simplemente yendo por la vida haciendo lo que hay que hacer porque hay que hacerlo, sin pasión, sin convicción, sin valentía.
Lo que está pasando en el fondo es un robo de identidad. Desde el principio, el enemigo le dijo a la humanidad que tenía que fabricarse a sí misma, que la identidad era algo que había que construir o conquistar, no recibir. Y eso es exactamente lo que el mundo te propone hoy: invéntate. Defínete. Hazte una marca personal. Pero nadie puede construir una casa sólida sobre su propio nombre.
Vengo hoy a decirte que no tiene que ser así.
Desde antes de que existiera el tiempo, Dios te pensó. Y en ese pensar, te amó. No eres el resultado de una coincidencia ni un número en la población mundial: eres la palabra que Dios quiso pronunciar en la historia, una palabra completamente única, que solo Él conoce en su plenitud y que lleva hablando sobre ti desde tu primer aliento.
En el prólogo del Evangelio de San Juan leemos:
En el principio existía la Palabra… Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada. Lo que se hizo en ella era la vida, y la vida era la luz de los hombres (Jn 1:1-4).
Tú eres parte de esa obra. Y en Jeremías el Señor lo confirma:
Conozco muy bien los planes que tengo proyectados sobre ustedes: son planes de prosperidad y no de desgracia (Jr 29:11).
Tu identidad no es el fruto de una comparación ni de una competencia. No eres la suma de tus heridas, tus fracasos o tus limitaciones. Eres hijo del amor del Padre, y ese amor es poderoso y te sostendrá en todo lo que venga. Las riquezas, la fama, el éxito académico o la aprobación de los demás nunca podrán cargar el peso del anhelo más profundo de tu corazón. Solo Dios puede hacerlo. Todo lo demás, por bueno que parezca, terminará decepcionándote si lo conviertes en el centro de tu vida.
Concretamente, tu identidad es ser hijo de Dios llamado a vivir como cristiano: otro Cristo en la tierra, un santo en proceso. Eso toma forma en los lugares donde ya estás: tu familia, tu salón de clases, tus amigos, tu trabajo. No necesitas circunstancias perfectas para vivir con convicción. El primer paso es sencillo y radical a la vez: ríndete en la dirección correcta. Dile a Dios hoy, aunque sea en cinco minutos de oración: «Quiero vivir la vida que tú tienes para mí.» Eso es suficiente para empezar.
La aventura de descubrir quién eres se vive en la conversación diaria con Quien te hizo. Y esa aventura vale la pena vivirla con pasión y valentía. Sé ese nuevo gran santo en el lugar en que Dios te ha puesto, y haz de este mundo algo maravilloso.
































































