Mónica Alcalá/Aleteia
Los días 1 y 2 de agosto se llevó a cabo en Jalisco, un Encuentro de Participación Ciudadana, que tuvo como objetivo motivar y hacer conscientes a los fieles laicos sobre la importancia de su presencia activa en la vida social.
“De la fe a la acción” fue el lema que englobó los trabajos del encuentro, que contó con ponentes de primer nivel. Entre ellos, el Dr. Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, quien viajó desde Roma para compartir la conferencia “La dimensión social de la fe”.
Aquí la entrevista que concedió a Aleteia al respecto.
Usted habló de que la libertad protege a la fe. ¿Cómo podemos reconocer que una persona es verdaderamente libre y que, desde esa libertad, vive la fe?
Sí, la palabra libertad ha sido muy manipulada muchas veces, pero para los cristianos la libertad es la obediencia voluntaria a la verdad. ¿Eso qué quiere decir? Que ser libre no es simplemente tener capacidad para vivir la vida con muchas opciones, sino que esa capacidad está acompañada de un deseo y un anhelo de verdad para la propia vida. ¿Cómo podemos descubrir cuando uno es verdaderamente libre? Cuando uno da el paso que implica cierto valor y ascetismo de preferir vivir en la verdad que en la mentira. Eso es válido tanto en la vida, en el orden muy personal, la vida privadísima, como en la vida social y hasta política.
También señaló que la fe no se trata de defender una ideología, ni siquiera ciertos valores, aunque sean buenos. ¿Cómo podemos reconocer cuándo alguien vive realmente la fe en libertad y cuándo solo está defendiendo una idea?
No hay un solo indicador que de repente nos descubra cuando estamos libres de ideologías o cuando hemos caído en ellas. Pero sí hay algunos síntomas que a lo mejor vale la pena comentar.

Uno muy importante. Es muy fácil caer en ideologías cuando uno no reconoce con sencillez y vergüenza sus propias miserias. Normalmente quienes viven sumergidos en la ideología viven habitualmente en una actitud de superioridad moral y se sienten seguros con sus simplificaciones, con sus juicios y con el modo como maltratan a la gente, sean de un lado o del otro dentro del ámbito ideológico.
Una segunda señal es que normalmente quien vive en la ideología suelen ser personas de pocos libros y de pocas editoriales. ¿Qué quiere decir esto? Que leer quita la ideología, leer quita el extremismo. Normalmente el extremista, el ideologizado, el que sobre simplifica la realidad, lee poco y cree que con eso poco ya sabe y puede juzgar y afirmar cosas rotundamente.
Y la verdad es que conforme más uno estudia, más crece la conciencia de que uno sabe menos. Y esa conciencia de la ignorancia ayuda mucho a corregir la fácil tentación ideológica porque uno descubre que la realidad siempre es más grande y más sorprendente que lo que uno pueda llegar a veces a entender. Dígase también el contexto político, social y también eclesial.
Por ejemplo, si dos personas de fe, que participan activamente en la Iglesia, llegan a posiciones sociales o incluso políticas distintas, ¿es esto posible, correcto y lógico? ¿O significa que algo falló en su reflexión?
Siempre hay que ver los contextos, pero en general una misma fe, decía Pablo VI, puede dar lugar a varios compromisos políticos. De la fe no se deduce, de manera directa y lineal, una sola posición política. Es legítimo que haya libertad y pluralidad dentro de los católicos en materia política.
Ahora bien, habiendo dicho esto, por supuesto que un católico bien formado sabe que hay cuestiones que la propia fe nos impulsa a promover y a defender con valor, con prudencia, haciendo lo que nos corresponde hacer como laicos que es meter las manos en el fuego, y a veces entrar a cuestiones muy complejas. Y no hay que sacarle la vuelta a esto. Entonces, claro, una misma fe puede dar lugar a diversos compromisos políticos.
Lo importante es que en ningún compromiso político uno identifique a la propia fe, porque la fe siempre es más grande que cualquier compromiso político. Y dos, que uno permanezca crítico hasta de la propia convicción política para entonces mantenerse libre de lo limitado que son las ideologías políticas.
En la práctica, ¿qué tendría que considerar un católico —en conciencia— para votar conforme a la verdad y la fe?

El Papa Francisco introdujo en algunos de sus mensajes, homilías y discursos el concepto del bien posible. Parece que es una afirmación hablar del bien posible como más chiquita y más breve; y hasta cierto punto, nos dice menos que una especie de checklist de asuntos y de valores innegociables que hubiera que defender.
Pero realmente el Papa lo hizo para decir, por supuesto que hay que defender la vida, el matrimonio, la familia, pero entender que los contextos en los que tenemos que promover y defender estos valores muchas veces son políticamente complejos y a lo que uno está obligado, como cristiano, es hacer el bien posible aunque sea modesto. Pongo un ejemplo un poco complejo.
Imagínate que somos diputados católicos y la gran mayoría no lo son. De repente viene una ley para ver cuántos embriones humanos se pueden o se deben crioconservar; es decir, congelar en refrigeradores. Y sabemos que, si nos oponemos totalmente a toda forma de crioconservación, vamos a perder y nos van a apachurrar.
Entonces es legítimo que un católico, sabiendo que a lo mejor los que hacen esta propuesta quieren que se congelen hasta 15 embriones, que el católico diga que solo se congelen tres. Esta posición no es negar totalmente la crioconservación. ¿Por qué? Porque el católico en ese momento hace una evaluación del bien posible para que al menos avancemos un poco o contengamos un poco el mal, intentamos reducir el mal aunque no lo eliminemos del todo.
Este ejemplo es complejo y habría que explicar más cosas, pero en la vida política real, a veces, hacer el bien es muy complicado, y lo único que puede hacer el católico, sobre todo cuando los entornos son muy adversos y complejos, es algo muy modesto, muy chiquito, que parece insignificante; y sin embargo, Dios siempre acompaña con su eficiencia sobrenatural nuestros más modestos esfuerzos.
Finalmente, en el contexto mexicano, marcado por retos como la violencia, la inseguridad y la polarización, ¿cuál podría ser nuestro bien posible?
Dos cosas muy importantes, los fieles laicos necesitamos redescubrir nuestra identidad porque nuestra vocación propia y específica es transformar el mundo según Cristo. Nosotros no estamos llamados a santificarnos en las sacristías o en el coro de la iglesia. Si le ayudamos al párroco es porque él no puede, pero nuestra tarea principalmente está en la familia, en la escuela, en el barrio, el mercado, el comercio, el movimiento popular, la organización no gubernamental, el partido político, en el gobierno. Ese es el territorio de los laicos.
Entonces, primero tenemos que redescubrir en México, más y mejor, esta vocación laical de transformación del mundo para poder serle fiel a Jesucristo en este México tan complejo que tenemos.
Segundo, habiendo dicho esto, tenemos que aprender a afirmar la verdad con valor de una manera desarmada y desarmante. ¿Qué significa esto? Que por supuesto que tenemos que comunicar la verdad, nunca avergonzarnos de ella, no esconderla sobre nuestra identidad, sobre nuestra fe y sobre los valores innegociables, pero sin usar un lenguaje de odio, sin usar gestos agresivos y aprendiendo a mostrar que la verdad atrae más y conquista más cuando se exhibe en su belleza, no cuando se exhibe con violencia.
Cuando, a lo largo de la historia, la iglesia ha afirmado la verdad con violencia, ha terminado muy mal. La verdad solo se puede afirmar con caridad, paciencia y misericordia para con quien nos escucha, aunque sea adverso; principalmente cuando es adverso.































































