Estamos en la penúltima parte de esta serie para conocer a cada uno de los 25 santos mexicanos que son mártires de la Guerra Cristera en México…Recordemos que se trata de los mártires canonizados por el Papa Juan Pablo II en el año 2000…
Ángel Vidal/Autor
Los mártires mexicanos que ocupan este artículo murieron entre los años 1915 y 1937, durante la persecución religiosa que se dio en México, conocida como la «guerra cristera».
El Papa Juan Pablo II pidió que la intercesión de estos 25 mártires mantenga al pueblo de México «siempre fiel», y que multipliquen «grandes» cristianos de la talla de los canonizados.
En esta parte, además de sacerdotes, se incluyen laicos mártires (uno más se presentará en la siguiente edición junto al sacerdote chihuahuense canonizado en este grupo, que representa al primer santo en la historia de esta entidad mexicana).
Pbro. Bernabé de Jesús Méndez Montoya
Nació en Tarímbaro, Michoacán (Arquidiócesis de Morelia), el 10 de junio de 1880. Vicario de Valtierrilla, Guanajuato (Arquidiócesis de Morelia). Ingresó al seminario de Michoacán a los 14 años.

Recibió la ordenación sacerdotal en 1906 y ejerció su ministerio en diversas parroquias. Fue un sacerdote dedicado a los fieles, asiduo en el confesionario, en la atención inmediata a los enfermos y en atender a las asociaciones parroquiales.
Agotados los recursos legales para derogar la «Ley Calles» comenzó la lucha armada. Algunos vecinos de Valtierrilla quisieron sumarse a los cristeros, pero fueron delatados y se sofocó el levantamiento en el que el P. Méndez no había tenido participación alguna.
El 5 de febrero de 1928, entraron las fuerzas federales al pueblo para sofocar un pequeño grupo de cristeros, el P. Méndez, que acababa de celebrar una misa, trató de esconderse y salió de la iglesia llevando el copón debajo de la tilma. Lon soldados lo vieron y lo registraron, y al encontrar el copón lo reconocieron y lo tomaron prisionero.
Descubierto por los soldados les pidió un momento para consumir el Santísimo Sacramento y le fue concedido.
Es la voluntad de Dios. Que se haga su voluntad.
La tropa lo llevó cerca de la plaza; lo sentaron en un tronco y comenzaron a dispararle, aunque ningún disparo hizo blanco. Entonces el oficial lo puso de pie, lo registraron de nuevo quitándole su crucifijo y medallas, y le dispararon hasta que cayó muerto. El sacerdote que aprovechó sus conocimientos humanos y su ciencia de Dios para hacer amar a Jesucristo, con su sangre proclamó su gran amor a Cristo Rey.
Los soldados se llevaron el cuerpo y lo pusieron en la vía del tren para que fuera despedazado, pero las mujeres de los oficiales lo quitaron de allí y permitieron que fuera velado y sepultado en Cortázar.

Sr. Manuel Morales
Nació en Mesillas, Zacatecas, perteneciente a la parroquia de Sombrerete, Zacatecas (Arquidiócesis de Durango), el día 8 de febrero de 1898. Muy niño fue a radicar a Chalchihuites. Fue alumno del Seminario de Durango, el mismo que abandonó para dedicarse a trabajar y mantener a su familia que era muy pobre.
Cristiano de una pieza. Luego de algunos años contrajo matrimonio y tuvo 3 hijos. Fue un esposo fiel, padre cariñoso con sus pequeños, trabajador cumplido, laico comprometido en el apostolado de su parroquia y de intensa vida espiritual alimentada con la Eucaristía.
Fue secretario del círculo de obreros católicos «León XIII», miembro de la A.C.J.M., y presidente de la Liga Nacional para la defensa de la libertad religiosa.
la liga será pacífica, sin mezcla alguna de asuntos políticos. Nuestro proyecto es suplicar al gobierno se digne ordenar la derogación de los artículos constitucionales que oprimen la libertad religiosa.
El día 15 de agosto de 1926 al conocer la aprehensión del Sr. Cura Batis se movilizó para ir a pedir la libertad de su párroco. Apenas había reunido un grupo de jóvenes para deliberar, cuando la tropa se presentó y el jefe gritó: – ¡Manuel Morales! Manuel dio un paso adelante y con mucho garbo se presentó: -«Yo soy. A sus órdenes». Lo insultaron, lo golpearon con saña y a empellones lo llevaron a la presidencia municipal, donde se reunió con el padre y otros 2 jóvenes que iban a ser asesinados.
Junto con el Sr. Cura fue conducido fuera de la ciudad, y al escuchar que su párroco pedía que le perdonaran la vida en atención a su familia, lleno de valor y de fe le dijo: «Señor Cura, yo muero, pero Dios no muere, Él cuidará de mi esposa y de mis hijos». Luego se irguió y exclamó: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!» Y el testimonio de su vida quedó firmado con su sangre de mártir.

En el trayecto a Zacatecas en el lugar llamado «Puerta de Santa Teresa» se detuvieron, los bajaron y les hicieron caminar un buen trecho. Les ofrecieron su libertad a cambio de reconocer las órdenes de Calles. Fueron asesinados el día de la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto de 1926.
Salvador Lara Puente
Nació en el poblado de Berlín, Durango, perteneciente a la parroquia de Súchil (Arquidiócesis de Durango), el 13 de agosto de 1905. Fue alumno del Seminario de Durango, pero tuvo que abandonarlo por la difícil situación económica de su familia. En plena juventud, Salvador era alto y fuerte de cuerpo, aficionado a practicar la charrería; educado y fino en el trato con todos; respetuoso y cariñoso con su madre viuda; íntegro y responsable como empleado en una empresa minera.
Ayudaba mucho al párroco en su labor pastoral. Fue secretario de la liga nacional para la defensa de la libertad religiosa y presidente de la Acción Católica.
Cuando tomaron preso al P. Batis convocó a una reunión para ver cómo lo podían liberar. Mientras la celebraban irrumpieron los soldados, y llamando a Manuel Morales, a David Roldán y a Salvador Lara, él respondió al llamado diciendo: «Aquí estoy». Los llevaron presos a la presidencia municipal, donde ya tenían al P. Batis. Luego los sacaron y en dos automóviles enfilaron hacia Zacatecas. Pronto se detuvieron, los bajaron del coche, caminó sonriente, como siempre, junto a su compañero y primo David hasta el lugar que les señalaron para ser fusilados. Acababan de darse cuenta del fusilamiento de su párroco, el Sr. Cura Batis y de su amigo Manuel Morales. Orando en voz baja Salvador recibió la descarga que abrió las heridas para que brotara su sangre de mártir y se descubriera su grandeza de cristiano.
Frente al pelotón gritó: «Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe».
David Roldán Lara

Nació en Chalchihuites, Zacatecas (Arquidiócesis de Durango), el día 2 de marzo de 1902.
Quedó huérfano de padre cuando sólo tenía un año de edad y fue para su madre un hijo bueno y cariñoso. Para sus hermanos fue un padre.
Sus amigos le estimaban por la alegría y generosidad de su vida. Sus compañeros de trabajo por su bondad y comprensión.
Ingresó muy joven al seminario de Durango, pero tuvo que abandonarlo por las necesidades económicas de su familia.
Se distinguió por ser un cristiano comprometido, pertenecía a la Acción Católica de la Juventud Mexicana (A.C.J.M), y en 1925 fue nombrado presidente de la misma.
Compartía con su párroco, el Sr. Cura Batis, los afanes del apostolado como miembro de (A.C.J.M), las angustias de la situación que vivía la Iglesia y los deseos de ser fieles a Cristo hasta el martirio. Unido por los mismos ideales a su amigo Manuel Morales y a su primo Salvador Lara.
Cuando se inició el conflicto religioso lo nombraron vicepresidente de la liga nacional para la defensa de la libertad religiosa, y trabajó con sus compañeros reuniendo firmas para pedir al gobierno la derogación de las leyes persecutorias.

En 1926, denunciado el P. Batis y sus colaboradores como incitadores del movimiento armado, David fue aprehendido en su casa por el general Ortiz. Fue reunido junto al P. Batis y sus compañeros que ya estaban presos. En vano se gestionó su libertad, aun ofreciendo una fuerte cantidad de dinero. Los condujeron a Zacatecas, en la carretera se detuvo el primer automóvil, y los jóvenes que venían en el segundo presenciaron la ejecución del sacerdote y de Manuel Corrales.
A unos cuantos metros de donde fue sacrificado el Sr. Cura Luis Batis y Manuel se fijó el lugar de la ejecución. Sin amedrentarse, recorrió sereno los últimos pasos en la tierra que le separaban del cielo y fue fusilado junto con su primo Salvador al grito de «Viva Cristo rey y la Virgen de Guadalupe».
Aquel 15 de agosto de 1926, el Sol en el cenit, la vida en plenitud y el amor a Cristo al máximo se unieron en el martirio de David.
Pbro. David Uribe Velasco
Nació en Buenavista de Cuéllar, Guerrerro (Diócesis de Chilapa), el 29 de diciembre de 1889. A los 14 años de edad solicitó a sus padres permiso para ingresar al Seminario.
Durante sus estudios mostró una conducta excelente y una impresionante piedad. Destacó por su inteligencia y dedicación al estudio.
Estudiaba en el seminario de Chilapa el tercer año de teología cuando el obispo de Tabasco solicitó que trabajase junto a él. En 1913, una vez ordenado sacerdote partió con el obispo rumbo a Tabasco.

Al año siguiente se inició en el estado una verdadera persecución a la Iglesia que el obispo y el P. Daniel tuvieron que ocultarse, huyendo a la ciudad de Veracruz.
El P. Daniel regresó a Chilapa, y luego se dirigió a las costas de Guerrero, pero la situación era tan difícil que al poco tiempo lo obligaron a regresar. En el trayecto lo apresaron y condenaron a muerte por ser sacerdote. Sin embargo, los fieles consiguieron el indulto y continuó trabajando en la diócesis.
Ejerció ejemplarmente su ministerio en una región atacada por la masonería, el protestantismo y un grupo de cismáticos.
Al poco tiempo tuvo que abandonar su parroquia y refugiarse en México, de regreso a Iguala fue reconocido y apresado y llevado en tren a Cuernavaca.
El militar que lo aprehendió le propuso toda clase de garantías y libertad si aceptaba las leyes y el ser obispo de la iglesia cismática creada por el gobierno de la República, pero el P. David reafirmó lo que había escrito un mes antes, y que revela toda la fuerza de su fe y de su fidelidad:
Si fui ungido con el óleo santo que me hace ministro del Altísimo, ¿por qué no ser ungido con mi sangre en defensa de las almas redimidas con la Sangre de Cristo? ¡Qué felicidad morir en defensa de los derechos de Dios! ¡Morir antes que desconocer al Vicario de Cristo!
Ya en la prisión escribió sus últimas palabras:

Declaro que soy inocente de los delitos que se me acusa… Estoy en las manos de Dios y de la Virgen de Guadalupe. Pido perdón a Dios y perdono a mis enemigos; pido perdón a los que haya ofendido.
La noche del 11 de abril de 1927 lo sacaron de su celda llevándolo a un lugar cercano a la estación de San José Vistahermosa, Morelos (Diócesis de Cuernavaca), y lo asesinaron por la espalda. Sus restos se veneran en la parroquia de su pueblo natal.
P. Margarito Flores García
Nació en Taxco, Guerrero (Diócesis de Chilapa), el 22 de febrero de 1899. A los 12 años, cuando concluyó sus estudios primarios se dedicó con fervor al servicio de Dios y visitaba diariamente el santísimo sacramento.
Por las dificultades económicas de la familia se puso a trabajar la tierra. A los 14 años manifestó sus deseos de ingresar al Seminario y al poco tiempo lo hizo.
Fue ordenado sacerdote en el Seminario de Chilapa en 1924, y al poco tiempo se le nombró catedrático del Seminario.
Tres años de ministerio fueron suficientes para conocer la entrega sacerdotal del P. Margarito. Era un hombre de carácter serio, atento y amable con todos, siempre dispuesto a servir con humildad. Durante la persecución contra los cristianos se refugió en la ciudad de México y asistió a la Academia de San Carlos. Se encontraba fuera de la diócesis, a causa de la persecución, cuando supo de la muerte heroica del Sr. Cura David Uribe, exclamó:

Me hierve el alma, yo también me voy a dar la vida por Cristo; voy a pedir permiso al superior y también voy emprender el vuelo al martirio.
El Vicario general de la diócesis lo nombró vicario con funciones de párroco de Atenango del Río, Guerrerro. Al poco tiempo fue capturado y cuando salió libre decidió regresar a Chilapa. El P. Margarito se puso luego en camino. Fue descubierto, como sacerdote, al llegar a su destino.
Apresado, fue conducido semidesnudo, descalzo, atado a la caballería y bajo un sol agobiante a Tulimán, Guerrero, donde se dio la orden de fusilarlo.
El 12 de noviembre de 1927 el capitán Manzo ordenó su ejecución. El P. Margarito pidió permiso de orar, se arrodilló unos momentos, besó el suelo y luego, de pie, recibió las balas que le destrozaron la cabeza y le unieron para siempre a Cristo Sacerdote.
P. Miguel de la Mora
Nació en Tecalitlán, Jalisco (Diócesis de Colima), el 19 de junio de 1878. Pasó su niñez ayudando a su padre y hermanos en las labores del campo hasta que descubrió su vocación sacerdotal. Ingresó al Seminario y fue ordenado sacerdote en el año 1906.
Desarrolló su ministerio sacerdotal en iglesias y localidades de la diócesis de Colima. Capellán de la Catedral de Colima, Colima.
Sacerdote sencillo, discreto, ordenado y puntual, siempre se mostró lleno de caridad para con los pobres y dispuesto a servir. Colima fue el primer estado de la República Mexicana que exigió la inscripción de los sacerdotes para otorgarles licencia de ejercer. El Obispo y sus sacerdotes protestaron afirmando que sufrirían todo antes que ser traidores a su fe y a la fidelidad a la Iglesia. La respuesta del gobierno fue procesar y desterrar a todos los sacerdotes.
Al iniciarse la persecución el P. Miguel, como algunos otros, se ocultó en su casa para continuar prestando ayuda a los fieles. Fue descubierto y amenazado de cárcel definitiva si no abría el culto en la Catedral, en contra de los dispuesto por el Obispo. Ante la presión del gobierno militar prefirió salir de la ciudad. El P. De la Mora se ocultó, pero fue descubierto y tomado preso. Salió libre bajo fianza y abandonó la ciudad para ocultarse en el rancho del Tigre.
En 1927, al llegar a Cardona fue capturado y entregado a la jefatura de operaciones militares en Colima, donde se ordenó su ejecución. Caminó en silencio hasta la caballeriza donde le indicaron y como proclamación de su fe y de su amor a María Santísima sacó su rosario, empezó a rezarlo y con él en la mano cayó abatido por las balas. Eran las doce del día 7 de agosto de 1927.
Sus restos se veneran en la catedral de Colima.
El P. Miguel fue el primer sacerdote de la Diócesis de Colima que sufrió el martirio.































































