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Prescencia

Soberbia

Julius Maximus Texto: Julius Maximus
7 noviembre, 2022
en Opinión del P. Hayen
Reading Time: 6 mins read

Pbro. Eduardo Hayen Cuarón/ director de Presencia

Pedir ayuda es algo que a muchos nos cuesta esfuerzo. Nos creemos autosuficientes, nos gusta ser independientes y no queremos mostrarnos débiles. A muchos maridos les cuesta compartir sus sentimientos y emociones con sus esposas o con sus hijos porque quieren conservar su imagen de personas viriles y fuertes. A muchas mujeres les gusta comprarse ropa y ornamentos para lucir y ser admiradas, y entre ellas compiten por sobresalir. Hay maridos y esposas que se vuelven controladores de su cónyuge. En las escuelas vemos estudiantes que se esfuerzan por ser los mejores en el salón de clase o en deportes, no por aprender o por trabajar en equipo, sino para opacar a los demás en desempeño o en calificaciones. En la raíz de estas actitudes está un pecado que se llama soberbia.

La soberbia es una enfermedad espiritual que hemos de erradicar de nuestra vida, si queremos que nuestro entorno sea más feliz. ¿Conoces personas soberbias? Fíjate cómo estas personas viven alejadas de los demás. Son pocos los que se les acercan y sus relaciones interpersonales se vuelven espinosas, difíciles. La soberbia acaba con amistades y con matrimonios; divide a las familias y hace áspero el ambiente de trabajo; crea enemigos en la vida política e, incluso, es causa de guerras entre pueblos y naciones.

¿Es malo reconocer lo bueno que hay en nosotros? ¿Es negativo procurar que otros nos estimen? ¡Por supuesto que no! Debemos estimar los bienes que Dios nos ha concedido. Ser agradecidos con Dios por lo bueno que nos ha dado es darle la honra a él, y es también una actitud que nos mueve a respetarnos a nosotros mismos. El sano amor a uno mismo –la autoestima– es necesario para una vida feliz. También es deseable que otras personas contemplen los dones que Dios nos ha dado, y que nosotros reconozcamos las buenas cualidades del prójimo, pero con el propósito de que todos reconozcamos la obra de Dios, en uno mismo y en los demás.

Enseñaba san Josemaría Escrivá: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. Porque te da esto y lo otro. Porque te han despreciado, porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes; porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya; porque creó el sol y la luna, y aquel animal y aquella otra planta; porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… dale gracias por todo, porque todo es bueno».

La enfermedad espiritual de la soberbia comienza cuando nos olvidamos de que Dios fue quien nos otorgó los bienes que tenemos y nos los atribuimos a nosotros mismos; o cuando nos sentimos inclinados para trabajar para nosotros, para granjearnos la buena estima de otras personas, sin ninguna referencia a Dios. Por eso la soberbia se puede definir como un amor desordenado de uno mismo, una especie de idolatría que nos hace considerarnos como dioses de nosotros mismos.

Olvidar a Dios como fuente de nuestras bendiciones no sólo engendra soberbia, sino conflictos sociales. La llamada «lucha de clases» del marxismo como motor de la historia, en el fondo es la soberbia de los ricos arrogantes que luchan contra la soberbia de los pobres resentidos por su condición. Hoy el marxismo cultural divide no sólo a ricos y pobres sino a mujeres y hombres. La Iglesia enseña que la lucha de clases sociales o de sexos, es decir, suponer que una clase social o un sexo sea espontáneamente enemigo del otro, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres, o a los hombres y las mujeres combatirse mutuamente en un perpetuo duelo es un error. Aunque la soberbia infecta la vida social, estamos llamados a curarla y a armonizar la convivencia de unos con otros.

El primer gran soberbio fue Lucifer, el ángel más bello de la creación, que por no someterse a Dios se convirtió en ángel caído y oscuro. Después fueron Adán y Eva, quienes tentados por el diablo quisieron ser como dioses. La soberbia se manifiesta de las más variadas formas y nos afecta prácticamente a todos. Los ateos, por ejemplo, rechazan a Dios porque no quieren tener un dueño a quien servir. O bien personas heréticas como Lutero, que no quisieron reconocer la autoridad de la Iglesia fundada por Cristo; o los racionalistas que rechazan enseñanzas de la Iglesia sólo porque algunas verdades de fe no las pueden entender con la razón; también algunos obispos y sacerdotes de nuestros tiempos que deforman las enseñanzas de la Iglesia y las acomodan a lo que ellos creen que debe ser. Es lo que ocurre hoy en el Sínodo de Alemania, por ejemplo, con la rebeldía de gran parte del episcopado a la enseñanza oficial de la Iglesia.

***

La soberbia es un virus más común de lo que imaginamos. Cerramos fácilmente los ojos para no ver las vigas que llevamos en los ojos y, en cambio, buscamos y vemos la mota en los ojos de los hermanos. Los defectos ajenos los vemos con lente de aumento y nos sentimos superiores a muchas otras personas. El espíritu de crítica y de censura se apodera de nosotros, espiamos los menores gestos del prójimo para hacerles críticas; todo lo queremos juzgar, la obediencia nos parece muy difícil; nos cuesta pedir permiso y aspiramos a la autonomía.

Hasta las personas piadosas pueden padecer cierta soberbia. Hay quienes son muy aficionados a la oración y a las prácticas de piedad, pero pueden llegar a confundir los consuelos que reciben de Dios con la santidad. Por las mariposas que sienten dentro de sus pechos mientras están en fervorosa oración, creen que son muy santos, pero apenas Dios los deja en sequedad o en desconsuelo, ellos se sienten descorazonados o perdidos. Se olvidaron de que el fin de la oración y la piedad no es buscarse a uno mismo, sino glorificar a Dios, en cualquier momento y circunstancia, en la alegría y en el dolor.

Hay personas de Iglesia a las que nos gusta realizar grandes apostolados que los demás puedan notar. Nos complacemos en hacer lo que se llaman «obras de relumbrón», es decir, de gran aparatosidad. Sentimos fascinación por organizar eventos masivos como los congresos, retiros de evangelización de cientos de personas o fastuosas fiestas patronales. Puede que todo ello no esté mal porque detrás de ello puede haber un genuino celo apostólico. Sin embargo no nos gusta trabajar en las virtudes escondidas, en lo que no brilla, como por ejemplo en cultivar la humildad, la meditación silenciosa y la penitencia. Sin embargo cuando vienen las tentaciones graves, pronto sucumbimos y caemos en pecados vergonzosos. Es cuando nos damos cuenta de lo débiles que somos, de la flaqueza de nuestra voluntad.

Hijas feas de la soberbia son la ambición y la vanagloria. Los políticos quieren controlar la vida de los demás imponiendo un pensamiento único, destruyendo incluso culturas y derechos como la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Muchos buscamos los primeros puestos y los oficios que brillan, o bien sin saber escuchar imponemos nuestro punto de vista a los demás en cuestiones que son de simple opinión. En la vida de la Iglesia también la ambición es común. Hay sacerdotes que aspiran a tener parroquias de buen ingreso económico, o a ser obispos, y hay obispos que quieren ser cardenales. Seguramente habrá cardenales que quieran ser el papa.

San Francisco de Sales, al hablar de la vanagloria, dice que esta es una necedad y algo descabellado. Hay quienes se vanaglorian de sus bigotes, de su barba bien peinada, de ir montados en un buen caballo o de llevar una bella pluma en el sombrero. Otros se glorían de su apellido o su linaje; otros de saber bailar o cantar. La gloria que se fundamenta en tales cosas es frívola y vacía. Por eso es «vana gloria». Todo esto es humo –dice el santo– porque, en realidad, la gloria únicamente es para Dios.

La soberbia es un lastre que arrastramos y que pone en juego nuestra eternidad. La soberbia convirtió a millones de ángeles en horribles demonios para toda la eternidad; la soberbia arrojó a nuestros primeros padres del paraíso y con ellos a todos sus descendientes; la soberbia humana hizo que Jesucristo se entregara a la muerte en la cruz para salvar a la humanidad; la soberbia mantendrá eternamente en terribles tormentos eternos a quienes se obstinen en ella en el momento de la muerte. Son enseñanzas preciosas de nuestra Iglesia Católica, para ser meditadas, y emprender el camino de la humildad como su antídoto.

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