Mons. Ramón Castro Castro/Presidente CEM
Continuamos reflexionando sobre las cuatro coordenadas que orientan nuestra vida social para vivir auténticamente como cristianos. Después del bien común y el destino universal de los bienes, hoy abordamos la tercera coordenada, que es el principio de subsidiariedad. Podríamos resumirlo así, es el apoyo que las instituciones superiores brindan a los cuerpos intermedios sin anular su libertad ni absorber sus funciones.
Este principio reconoce la creatividad social del ciudadano para formar grupos vitales que impulsan su desarrollo integral. En México vemos esto en cooperativas, organizaciones vecinales, grupos parroquiales, asociaciones profesionales. Cada uno de estos espacios es expresión de la capacidad humana para lograr, mediante acción colectiva orientada al bien común, el desarrollo personal, familiar y social.
Estas son realidades que las personas crean espontáneamente y que hacen posible su crecimiento social. La familia misma es el primero y más vital de estos grupos. Toda persona es sagrada en su dignidad y toda obra honesta merece plena protección.
Pero como un padre con sus hijos, no basta exigir a estos grupos su contribución social, requieren custodia y amparo. Debe preservarse en ellos el espíritu de libertad e iniciativa, facilitando la realización de sus anhelos más nobles. Cada grupo tiene algo original, que ofrecer a la comunidad.
El Estado jamás debe suplantarlos. En nuestro México hemos visto cómo a veces las autoridades, en lugar de apoyar iniciativas ciudadanas, buscan controlarlas o instrumentalizarlas para fines políticos. Esto va contra el principio de subsidiariedad.
Su misión es servir a la libertad de estos grupos y potenciar su capacidad social para generar bienes que construyen el bien común como fuerza única. El Estado debe custodiar con vigilancia activa los cuerpos intermedios que teje la sociedad, brindándoles apoyo necesario y resistiendo la tentación de instrumentalizarlos para fines partidistas. Su presencia debe intensificarse en situaciones excepcionales, pero garantizando siempre el espacio vital para que familias y grupos desplieguen su creatividad.
Cuando estos grupos dañan el bien común, el Estado debe intervenir, pero siempre protegiendo su libertad fundamental. Pero hay otra cosa importante, la responsabilidad ciudadana de ser actor en la construcción de México. Nuestra patria necesita desesperadamente tu energía creadora, tu ingenio social, no desde el aislamiento, sino sumando fuerzas con tu familia, compañeros de trabajo, con cada compatriota.
En un país donde la desconfianza hacia las instituciones ha crecido, donde muchos han perdido fe en la capacidad del Estado para resolver problemas, la subsidiariedad nos ofrece una alternativa. Porque este es el designio de Dios, que nos sostengamos mutuamente, que las autoridades protejan nuestras iniciativas y que todos asumamos la tarea sagrada de edificar un México más pacífico, seguro y digno.
Vemos esto cuando vecinos se organizan para la seguridad comunitaria, cuando padres de familia crean escuelas alternativas, cuando empresarios locales generan empleos en sus regiones. Sal de ti mismo, sé contagio de esperanza, brilla como faro en la niebla en un mundo que agoniza. No esperes que otros resuelvan lo que tú puedes contribuir a solucionar.
Todos están llamados a servir la libertad responsable de los ciudadanos, no a someterla a intereses partidistas o personales. Una autoridad que entiende la subsidiariedad facilita que las familias eduquen a sus hijos según sus valores, que las empresas generen empleos dignos, que las organizaciones civiles trabajen libremente por el bien común.
Que Santa María de Guadalupe nos conceda el celo ardiente por el bien de todos, la humildad para trabajar unidos y a nuestros gobernantes un corazón de padres, ancho para abrazar, sabio para cuidar, fuerte para no aplastar las libertades que deben proteger.






























































