Paulina Ruiz
En un lugar de la ciudad donde la esperanza se entrelaza con la incertidumbre del camino, la Catedral ofreció sus instalaciones y se transformó en un escenario de risas, juegos y pasteles, el pasado viernes 24 de abril.
El equipo de Movilidad Humana de la Misión Columbana organizó una gran kermés para celebrar no solo el día del niño, sino también para festejar la vida de los pequeños migrantes que cumplieron años durante los meses de marzo y abril.
El padre Guillermo Morton, SSC, coordinador del equipo y párroco de Corpus Christi, dijo que debido a que la Semana Santa impidió realizar el festejo de los cumpleañeros de marzo, la comunidad decidió unir ambas fechas en una sola fiesta.
Para el sacerdote estas celebraciones no deben perderse sólo por el hecho de estar en tránsito.
“Nuestra mentalidad es: a pesar de que soy un migrante fuera de mi realidad, todavía tengo derecho para celebrar mi cumpleaños, sentirme especial, recibir un pedacito de postre bueno y un regalito junto a mamá y papá”, expresó el padre Guillermo.
“Es nuestro estilo humano para tratarlos como todos queremos ser tratados”.

Color y solidaridad
La jornada comenzó con una kermés que ofreció diversos tipos de comida especial, seguida de rifas, pasteles y la entrega de un regalo para cada niño. Más que un evento recreativo, la celebración buscó ofrecer una pausa necesaria en la difícil travesía que enfrentan estas familias, la mayoría extranjeras, pero también mexicanos desplazados por la violencia.
El padre Guillermo Morton compartió que actualmente atienden cerca de 1,000 personas migrantes diariamente, lo que implica desafíos que van mucho más allá de proporcionar una comida. Ahora también deben ofrecer atención médica, por ejemplo.
“Ya no es solo una aspirina para un transitorio; ahora tenemos casos de cáncer, mujeres que necesitan cirugía o niños especiales que requieren terapia. Es muy complicado, pero estamos aquí con muchas ganas y alegría”, señaló el sacerdote.

Un ministerio de fe y justicia
Al finalizar el evento, los niños no solo le llevaron un juguete o un dulce, sino el recuerdo de que, en medio del desierto y las fronteras, su vida sigue siendo motivo de fiesta y su dignidad permanece intacta.
El padre Guillermo destacó que la misión de este equipo de movilidad humana ha tenido siempre el respaldo de la diócesis y de su cabeza, el obispo José Guadalupe Torres, así como el apoyo del párroco de Catedral, donde la Misión Columbana realiza parte de su labor en pro de los migrantes.
Igualmente cuenta con el trabajo constante de laicas consagradas como Cristina Coronado, quienes han logrado que este lugar sea un faro de luz para quienes han dejado su casa buscando una vida mejor.


































































