Pbro. Alberto Rodríguez Santana/ Vicario parroquial
Para muchas generaciones, tener una casa fue uno de los grandes signos de haber alcanzado cierta estabilidad: estudiar, encontrar trabajo, independizarse y, con esfuerzo, adquirir una vivienda. Para numerosos jóvenes de hoy, ese camino parece cada vez más difícil.
Los jóvenes de nuestra comunidad juarense no son ajenos a esta realidad. El crecimiento de la ciudad, el costo de la vivienda y de las rentas, los salarios, la saturación de algunos espacios laborales, la sobre calificación, el acceso al crédito y los gastos cotidianos hacen que, para muchos, independizarse o adquirir una primera casa, sea una meta que debe postergarse años.
Pero hablar de vivienda no significa hablar solamente de metros cuadrados, créditos o mensualidades. Es hablar también de autonomía, estabilidad, seguridad y de la posibilidad real de organizar la propia vida. Una casa no es únicamente una propiedad: es el espacio desde el cual una persona descansa, estudia, trabaja, convive, proyecta y participa en la comunidad.
Trabajar vs avanzar
Aquí aparece una primera dimensión: la económica. Durante mucho tiempo se dio por hecho que el trabajo constante y el ahorro permitían avanzar, poco a poco, hacia una vivienda propia. Para muchos jóvenes, esa relación ya no resulta tan sencilla.
Cuando una parte importante del ingreso debe destinarse a renta, transporte, alimentación, servicios, salud y otros gastos básicos, ahorrar para un enganche o asumir un crédito de largo plazo puede parecer inalcanzable. El problema no es necesariamente la falta de esfuerzo. Puede ocurrir que una persona estudie, trabaje, se prepare y cumpla con sus responsabilidades, pero descubra que sus ingresos no crecen al mismo ritmo que el costo de independizarse.
Esto modifica también la manera de pensar el futuro. El joven deja de preguntarse solamente cuánto debe ahorrar y comienza a preguntarse cuánto tiempo tendrá que esperar. La vivienda, que antes podía entenderse como una meta progresiva, corre el riesgo de convertirse en un horizonte cada vez más lejano.
La segunda dimensión es social. Muchos jóvenes permanecen más tiempo en casa de sus padres. En sí mismo, esto no tiene por qué interpretarse como fracaso, inmadurez o falta de responsabilidad. En muchas familias, la convivencia entre generaciones puede convertirse en una verdadera red de apoyo.
La dificultad surge cuando permanecer en casa deja de ser una elección y se convierte en la única alternativa económicamente posible. Entonces la falta de acceso a la vivienda puede limitar decisiones cotidianas, reducir la autonomía y prolongar una dependencia que el propio joven quisiera superar. Está cambiando nuestra idea de lo que significa ser adulto.
La tercera dimensión es cultural. Durante décadas, la independencia económica y la vivienda propia fueron presentadas como señales casi naturales del paso a la vida adulta. Tener cierta edad y seguir viviendo con los padres podía interpretarse rápidamente como falta de iniciativa. Sin embargo, esa lectura ya no siempre corresponde a la realidad.
Hoy un joven puede tener estudios, empleo, responsabilidades y una vida organizada, y aun así no poder pagar una vivienda sin comprometer una parte excesiva de sus ingresos. Esto obliga a revisar algunas ideas culturales profundamente arraigadas. La adultez no puede medirse únicamente por la posesión de una casa, pero tampoco deberíamos normalizar que acceder a un espacio digno e independiente sea un privilegio reservado a unos cuantos.
Dignidad y bien común
Desde la Doctrina Social de la Iglesia, esta realidad merece una mirada que vaya más allá de las cifras del mercado. El Concilio Vaticano II, al hablar del bien común, recuerda que la sociedad debe facilitar aquello que permite a la persona vivir una vida verdaderamente humana, y menciona expresamente la vivienda entre esas condiciones fundamentales (Gaudium et Spes, 26).
Esta afirmación es importante porque cambia la pregunta. La vivienda no puede verse únicamente como un producto, una inversión o un asunto privado. También tiene una dimensión humana y social. Cuando grandes sectores de una generación encuentran enormes dificultades para acceder a ella, la cuestión toca el bien común, la igualdad de oportunidades y la dignidad de la persona.
La Iglesia no ofrece una fórmula económica única para resolver el problema, pero sí propone criterios para juzgarlo: la dignidad humana, la justicia social, la solidaridad, el destino universal de los bienes y la responsabilidad de construir estructuras que estén al servicio de la persona. Desde esta perspectiva, preguntarse por la vivienda de los jóvenes significa preguntarse también por la ciudad que queremos construir.
La pregunta que queda para Juárez
Por eso, la dificultad que enfrentan las nuevas generaciones para acceder a una vivienda no debería contemplarse únicamente como un problema del mercado inmobiliario. Es también una cuestión social, económica y cultural.
Nos obliga a preguntarnos qué sucede cuando estudiar y trabajar ya no garantizan necesariamente la posibilidad de independizarse; qué ocurre cuando el patrimonio familiar pesa cada vez más en las oportunidades de comenzar; y qué tipo de sociedad se forma cuando tener un espacio propio comienza a percibirse no como una meta alcanzable, sino como un privilegio.
Ciudad Juárez ha sido durante décadas una ciudad asociada al trabajo, a la movilidad y a la búsqueda de oportunidades. Quizá por eso esta conversación resulta especialmente necesaria. Si queremos que los jóvenes vean aquí un lugar donde vale la pena construir su futuro, también debemos preguntarnos si nuestras condiciones económicas, urbanas y sociales les permiten hacerlo.
Hablar de vivienda, finalmente, es hablar de mucho más que paredes. Es hablar de pertenencia, estabilidad, autonomía y futuro. Y cuando para una generación tener casa parece imposible, la pregunta no debería dirigirse solamente a los jóvenes. También debe dirigirse a la sociedad que estamos construyendo con ellos y para ellos.
Referencia eclesial: Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 26.































































