Paulina Ruiz
El papa León XIV ha convocado en el mes de julio como comunidad eclesial y humana, a elevar oraciones por el respeto y la protección de la vida humana en todas sus etapas, y hacerlo lejos de las discusiones teóricas, asumiéndola como un regalo que demanda ser custodiado con delicadeza, cercanía y una profunda misericordia.
De acuerdo a la petición del Santo Padre, reconocer la existencia como un don de Dios implica, de manera ineludible, fijar la mirada en los dos extremos más vulnerables de la experiencia terrenal: el milagro del ser humano que se gestiona en el vientre materno y la fragilidad del anciano que desvanece sus días en el ocaso de la vejez.
Mediante estos testimonios de entrega silenciosa, de personas que han decidido donar su tiempo al servicio de los demás, descubrimos que cada etapa posee un valor intrínseco que no se puede condicionar a las capacidades físicas, la utilidad social o el origen cultural de las personas.
Acompañar maternidad
La defensa de la vida en su etapa más tierna y temprana encuentran un rostro concreto en la labor de Verónica Muñoz, feligresa de la parroquia San Judas Tadeo y miembro activo del movimiento 40 días por la vida Ciudad Juárez. Desde el área de comunicación y en la organización de las vigilias de oración, Verónica experimenta diariamente la certeza de que cada persona ha sido creada por Dios con amor y con un propósito único.
Al enfrentarse con la realidad de la maternidad en situaciones de riesgo, y la prevención del aborto, su perspectiva se transformó por completo:
“Lo que me inspiró fue comprender que cada vida humana tiene un valor infinito desde el primer instante de su existencia. Descubrí que defender la vida no consiste únicamente en expresar una opinión, sino en acompañar, escuchar y tender la mano a quienes atraviesan por momentos difíciles”
compartió Verónica.
Dijo que comprendió que el misterio de la gestación no se puede proteger desde el juicio o la recriminación, sino desde la convicción de que cada bebé por nacer posee una dignidad absoluta que no depende de sus circunstancias económicas, ni de la fase de desarrollo biológico en la que se encuentre.
Memoria y compañía

Esta sensibilidad hacia la fragilidad humana se entrelaza de forma armónica con la experiencia de Alejandra Rocha, feligresa de la capilla Nuestra Señora de Fátima, quien dedicó gran parte de sus días a brindar compañía y atención en un asilo para ancianos desamparados.
Aunque inicialmente acudió a dicho espacio (un antiguo recinto cercano al centro que posteriormente unificó a sus residentes en una sede central) con la finalidad de cumplir con unas horas de servicio social obligatorio, el vínculo que tuvo con los ancianos transformó su labor civil en un apostolado del corazón.
“Aún después de terminar mis horas volví varias veces, podría decir que fue por cariño, por brindarles a esas personas aunque fuera compañía”
compartió Alejandra sobre su decisión de continuar asistiendo.
Encontrarse cara a cara con la vejez desamparada se convirtió en una experiencia sumamente emotiva para Alejandra y, en ocasiones, impregnada de tristeza; sin embargo, en las historias y memorias de esos ancianos, ella descubrió un tesoro de humanidad que merece ser custodiado con el más alto sentido de reverencia.
“Creo que en sus historias, en sus memorias, la mayoría trata de estar alegre y convivir bien contigo, aunque a veces al siguiente día no te recuerden y te cuenten todo como si fuera la primera vez que te conocen”
relató Alejandra, describiendo la conexión espiritual e innegable de vulnerabilidad compartida.
Dignidad sin condiciones
En el asilo, Alejandra Rocha aprendió a reconocer el valor de la vida en la cotidianidad de los sentidos disminuidos. Se percató de que la fragilidad de la salud no merma el valor intrínseco de quien se tiene enfrente:
“creo que lo principal es reconocer su dignidad humana, independientemente de su edad o capacidades físicas por su salud… diría que sus memorias y experiencias, al igual que sus sentimientos porque aún conservan esa capacidad de dar y recibir amor. Así que su valor no depende de lo que hace, sino de quién es esa persona”
detalló convencida.

Así, para Alejandra, aún en la pérdida de la memoria, las personas siguen latiendo con un propósito divino.
Es por ello que considera que la verdadera cultura de la vida “se construye desterrando de nuestras comunidades el señalamiento y la condena”.
En este sentido, Verónica Muñoz señaló con insistencia que para que el voluntariado con mujeres embarazadas en situaciones de alta complejidad se convierta en un autentico faro de esperanza y no en una fuente de presión psicológica, resulta indispensable respetar de forma sagrada la libertad y la dignidad de cada madre.
“Nuestro papel no es imponer decisiones, sino ofrecer compañía, comprensión y alternativas. Queremos que sepan que no están solas y que existen personas dispuestas a caminar con ellas. La esperanza nace cuando alguien se siente escuchado y amado”
explica Verónica, haciendo hincapié en que escuchar de manera activa y sin prejuicios permite comprender la realidad individual de cada mujer.
El trato humano hacia al adulto mayor
Del mismo modo, Alejandra consideró que el trato hacia los ancianos debe purificarse de actitudes paternalistas o infantilizadoras que demeriten su trayectoria de vida.
Dijo que que existe un error frecuente en la sociedad al afirmar que los adultos mayores experimentan una regresión que los vuelve a convertir en niños:
“Escuchar, acompañar y tomarlos de la mano, tenerles mucha paciencia, es parte de entender esto, pero ellos son adultos, adultos mayores y hay que tratarlos con respeto, no como si fueran niños”
advirtió.
Dijo que esto implica hablarles por su nombre, evitar los tonos de voz infantiles o condescendientes y valorar sus biografías como un hilo conductor que une a las personas a sus propias raíces históricas.

Para Alejandra, ayudar a los adultos mayores en las tareas cotidianas que el cuerpo ya no les permite realizar por sí mismos (como abrocharse las agujetas o cortarse las uñas) no debe nacer de la lástima, sino del reconocimiento pleno de que su humanidad sigue siendo sagrada y merece ser atendida con la mayor de las delicadezas.
“Estar presente, escuchar sus necesidades y procurar su bienestar les hace sentir que son valiosos y que no están solos”
puntualizó Alejandra, invitando a verlos con amor y paciencia.
Redes de esperanza
La intención de oración de este mes de julio invita a todos los fieles a comprender que una sociedad que margina a sus ancianos tratándolos como una carga inútil, o que abandona a las mujeres embarazadas en estado vulnerable empujándolas a la soledad, es una sociedad que se deshumaniza y pierde el rumbo.
Como mensaje final, Verónica Muñoz concluyó con un potente mensaje de aliento para la comunidad en general, invitando a pasar de un discurso de defensa de la vida a una práctica real de ternura y hospitalidad hacia las madres y sus hijos:
“Defender la vida implica abrir el corazón, dedicar tiempo, acompañar; compartir recursos y estar presentes cuando alguien más lo necesita… cuando una sociedad aprende a cuidar a sus miembros más vulnerables, se vuelve más humana, más solidaria y más llena de esperanza”
Por su parte, Alejandra recordó que cuidar la vida en todas sus facetas es una obligación moral que nos recuerda que todos, en algún momento de nuestra existencia, fuimos eternamente dependientes en el vientre materno y que, si Dios lo permite, llegaremos también a la fragilidad de la ancianidad.
“Los ancianitos son un tesoro de experiencia, sabiduría… en algún punto, si Dios nos lo permite, vamos a llegar a esa fase también y hay que asumir que la vida tiene un propósito, una dignidad que merece ser cuidada y respetada”
“Que este mes de julio encienda en nosotros el compromiso de ser constructores de una auténtica cultura de la vida, donde ninguna madre se sienta sola y donde cada etapa de la existencia humana sea recibida como un regalo invaluable”
concluyeron.
































































