Paulina Ruiz
Para los habitantes del Valle de Juárez, trasladarse a la ciudad no es una rutina, sino una odisea que cumple ya más de seis años. Lo que comenzó como una irregularidad en el servicio se transformó en una crisis de movilidad que ha vulnerado derechos fundamentales como la salud, la educación y el trabajo, dejando a miles de familias en un aislamiento que hoy, gracias a la resistencia civil y la fe, comienza a ver una luz de esperanza.
De acuerdo a reportes de prensa, el pasado 27 de marzo habitantes del Valle de Juárez presentaron una queja ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDH) para denunciar la ausencia de un sistema de transporte público continuo y eficiente en la región.
La queja se dirige al Gobierno del Estado de Chihuahua y las dependencias encargadas de transporte y movilidad en la entidad.
El costo del aislamiento
Brenda Paola Fabela Vázquez, residente del municipio de Praxedis G. Guerrero y fiel de la parroquia San Ignacio de Loyola, es el rostro de miles de usuarios que han tenido que adaptar su vida ante la ausencia de camiones. Con 20 años de ser usuaria del transporte público, Brenda recuerda con nostalgia las unidades que, aunque sencillas, eran el motor de su economía.
“Anteriormente me trasladaba para citas médicas, laboratorios e incluso para surtir la despensa. Hoy tengo que usar uber o pedir un ride. Tuve que comprar un vehículo con bastante sacrificio para poder ir a la universidad los sábados”, relata Brenda.
Para ella, la jornada empieza antes de que salga el sol: “debo salir a las 5:20 a.m. para poder llegar a las 7:00 a.m. a la universidad por el tráfico que hay para entrar a la ciudad”. Este desgaste no es solo físico, sino económico, el costo del traslado ha pasado de ser una tarifa pública a una carga pesada en su presupuesto familiar.

La lucha por la dignidad
El licenciado en Arquitectura Alejandro González Pérez, habitante del poblado Dr. Porfirio Parra, ha sido un pilar en la documentación de esta problemática tanto en lo técnico, como en lo social.
Junto a colegas, desarrolló una aplicación para localizar camiones mediante GPS, lo que reveló la fragilidad del sistema cuando el concesionario comenzó a retirar unidades.
“Nos dimos cuenta de que cuando se descomponían algunos camiones, metían otros de Riberas que no tenían GPS y se destanteaba todo el sistema”, explicó Alejandro en entrevista con Presencia.
Para el entrevistado, la lucha ha sido de largo aliento y contra la burocracia: “muchas veces uno no gana la lucha de inmediato. Hemos ido aprendiendo a resistir, conquistando batallas poco a poco. Los empresarios nos preguntan cuánte gente usará el transporte porque quieren saber cuánto van a ganar; nosotros respondemos que se está haciendo un daño muy fuerte a quienes tienen objetivos de vida que ya no pueden alcanzar sin un transporte digno”.

Una luz al final del camino
Tras años de reuniones y exigencias ante las autoridades estatales y municipales, parece haber una respuesta. Brenda Fabela destacó que ya se han difundido noticias sobre la implementación de camionetas tipo “van” para cubrir rutas de El Valle.
“Quiero agradecer a las autoridades que han solucionado esto, pues es de suma importancia poderse trasladar a la ciudad”, señaló con esperanza.
Por su parte, Alejandro González hace un llamado a no bajar la guardia: “hay que tener la esperanza de que se va a ganar, pero entre más seamos, más peso habrá para que se mueva el tema. La meta es un transporte confiable, digno y costeable”, puntualizó confiando en que con el diálogo y la voluntad política, el Valle de Juárez pueda recuperar el derecho de sus habitantes a moverse libremente por tierra.
Una mirada desde la fe
El padre Jesús Manuel Caldera Cordero, párroco de San Ignacio de Loyola, en Praxedis, observa esta crisis no solo como un problema logístico, sino como una herida en el tejido social y humano de su comunidad.

“Como pastor, es una realidad que duele ver. La falta de transporte limita aspectos importantes de la vida: les cuesta acudir a la universidad, recibir atención médica o participar en la vida de la diócesis. Esto va generando poco a poco un sentimiento de cansancio y desánimo”, comentó el sacerdote.
Advirtió que el aislamiento está agudizando problemas sociales: “cuando una comunidad tiene dificultades para encontrarse, se vuelve más frágil. La falta de movilidad aísla a las personas y hace más difícil sostenernos unos a otros, especialmente a los más vulnerables”. Además, calificó como un testimonio admirable de fe el sacrificio de las familias que caminan largas distancias o destinan lo poco que tienen en transporte privado para cumplir con sus compromisos espirituales.
Así se observa que desde la óptica de la fe, el mensaje es claro: la movilidad es parte de la dignidad humana.
Incluso así lo planteó el finado Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si, sobre el cuidado de la Creación (2015).
En ese documento, el papa de feliz memoria destaca al menos 10 veces la importancia de orientar la movilidad de las ciudades hacia una práctica más sustentable y que dé mayor calidad de vida a los ciudadanos.
En el punto 153 afirma:
“La calidad de vida en las ciudades tiene mucho que ver con el transporte, que suele ser causa de grandes sufrimientos para los habitantes. En las ciudades circulan muchos automóviles utilizados por una o dos personas, con lo cual el tránsito se hace complicado, el nivel de contaminación es alto, se consumen cantidades enormes de energía no renovable y se vuelve necesaria la construcción de más autopistas y lugares de estacionamiento que perjudican la trama urbana. Muchos especialistas coinciden en la necesidad de priorizar el transporte público. Pero algunas medidas necesarias difícilmente serán pacíficamente aceptadas por la sociedad sin una mejora sustancial de ese transporte, que en muchas ciudades significa un trato indigno a las personas debido a la aglomeración, a la incomodidad o a la baja frecuencia de los servicios y a la inseguridad”. (LS 153)
Más claro, ni el agua.


































































