En el marco de la fiesta del Buen Pastor y de la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, consagrados reflexionan sobre el llamado vocacional y cómo impactar a los demás…

Paulina Ruiz/Ana María Ibarra
En el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia celebra la figura de Jesucristo como el Buen Pastor. Esta fecha, que coincide con la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, invita a la comunidad a reflexionar sobre el sentido de la vida consagrada y a orar por tener siempre testigos valientes del amor de Dios.
En esta fecha, presentamos los testimonios de los sacerdotes Adrián Flores, párroco de María Reina de la Iglesia y Abraham Betancourt, vicario de Nuestra Señora del Carmen, sobre cómo fue su llamado vocacional, así como los desafíos, miedos y alegrías que conlleva responder al llamado de Dios en el mundo actual.
Igualmente las historias vocacionales de dos hermanas consagradas, una en las Clarisas Capuchinas y otra en las Oblatas de Santa Marta.
Padre Adrián Flores: Reconocerse oveja
Paulina Ruiz
Para el padre Adrián, la imagen del Buen Pastor no es un concepto abstracto, sino una realidad que define su día a día. Al ser cuestionado sobre qué característica de Jesús resuena más en él, destaca la sencillez del cuidado mutuo:
“La imagen del Buen Pastor me habla por su sencillez y por su profundidad: un pastor vive para su rebaño. Está atento, conoce a sus ovejas, sabe cuándo tienen hambre, cuándo están heridas, cuándo necesitan detenerse o cambiar de rumbo. No vive para sí mismo, sino para ellas”, explicó el sacerdote.
Sin embargo, subrayó un punto crucial para la espiritualidad sacerdotal: la humildad.
“Esta imagen me toca porque me reconozco oveja: alguien cuidado, buscado y amado por Jesús. Estoy convencido de que nadie puede ser buen pastor si antes no se reconoce, con humildad, como oveja del único Pastor”.
Discernir la voz de Dios
En una época marcada por las distracciones digitales y el ruido mediático, distinguir el llamado auténtico es un reto. El padre Adrián señala que el principal criterio de discernimiento no es la comodidad, sino una paz que moviliza.
“El criterio para reconocer la voz del Buen Pastor es la paz. No una paz superficial, sino esa certeza interior de que camino hacia lo verdadero, aunque implique salir de mí mismo o arriesgarme por los demás. La voz del Pastor no adormece ni anestesia; al contrario, despierta, mueve e inquieta en el buen sentido”, señaló.
En contraste, advirtió que existen otras voces “mercenarias” que prometen evasión y conformismo, pero que terminan apagando el corazón.
Para el padre, el antídoto es la familiaridad con el Maestro a través de la escucha constante.
La vocación: ¿peso o regalo?
Frente a la narrativa común de que la vida religiosa es un sacrificio sombrío, el padre Adrián propone una perspectiva de plenitud. Describe el sacerdocio no como un aislamiento, sino como una conexión profunda con la realidad humana.
“Seguir a Jesús en el sacerdocio no es un peso, es una aventura. Una aventura exigente, sí, pero profundamente bella. Dios llama, propone, invita… nunca impone. Descubro cada vez más la grandeza de este don: elegir responder a Dios es una fuente de alegría profunda que no elimina las dudas o fracasos, pero les da sentido”.
Esta alegría, aseguró, nace del encuentro entre la mirada de Dios y la libertad humana. Para él, esa mirada se vuelve tangible en el servicio diario: “esa mirada se hace concreta en las personas que se acercan: en quien busca un consejo, una palabra o una bendición. Ahí está Cristo mirándome”.

Menos quejas y más testimonio
Al abordar la escasez de vocaciones, el padre Flores ofreció una crítica constructiva tanto para el clero como para los laicos. Aseguró que la solución no llegará a través del lamento, sino mediante la autenticidad de quienes ya han ducho que sí.
“No basta con rezar por las vocaciones, y mucho menos con quejarnos por su falta. La respuesta más profunda es el testimonio. Cuando un sacerdote vive con alegría y cercanía, su vida se vuelve una invitación. La crisis no se resolverá llenando los seminarios con candidatos sin convicción, sino mostrando que es posible ser plenamente feliz en esta vocación”.
Hizo un llamado a sus hermanos sacerdotes a buscar menos refugio en las estructuras y más encuentro en la calle: “tal vez necesitamos salir más, estar más cerca, compartir la vida real de nuestra gente. Los jóvenes necesitan ver testigos creíbles: personas que viven lo que dicen, con sus fragilidades, pero con verdad”.
Igualmente enfatizó en que para que las vocaciones nazcan, se necesita un “terreno fértil” donde la felicidad sea el criterio principal. Esto incluye tanto al párroco como al núcleo familiar.
“En las parroquias el párroco debe estar presente y vivir lo que vive su gente. Si el sacerdote se aleja o se encierra, ni él ni la comunidad crecerán. En las familias también se debe descubrir que una vocación al sacerdocio puede dar mucha felicidad, igual que una vocación matrimonial”.
Finalmente envió un mensaje de aliento a quienes temen que Dios les “quite” su realización personal: “uno de los mayores miedos hoy es pensar que responder a Dios implica renunciar a la propia realización. Sin embargo, Dios no llama para quitar, sino para llevar a plenitud. Ser sacerdote hoy es habitar el mundo con el corazón de Cristo: cercano y capaz de dialogar”.
Pbro. Abraham Betancourt: dijo sí con todo y miedo
Desde muy pequeño, Abraham Betancourt comenzó a sentir una inquietud por la Iglesia.
“En Minatitlán, Veracruz, mis amigos se iban a las Iglesias cristianas, y me llamaba la atención porque nos daban juguetes, desayunos y había payasos que nos enseñaban de la Palabra”, recordó.
Hoy sabe que como tenía nueve años, iba sólo por los regalos. Hasta que un día recibió la invitación que cambió su vida.
“La vecina de nuestra casa es católica, se llama Esperanza, e invito a mi mamá a que fuera a la iglesia católica. Mi mamá no tenía ningún sacramento, ni yo tampoco, y no quiso ir el primer día, pero me dijo que yo fuera, porque yo ya estaba un poco más familiarizado con las cosas de la Iglesia”, compartió unas semanas antes de su ordenación sacerdotal.
El pequeño Abraham acudió al templo católico con la idea de que iba a ver juguetes, regalos, desayunos y payasos.
“Recuerdo que me senté hasta enfrente, en la capilla de Nuestra Señora de Fátima. Mi sorpresa fue que llegué a una Hora Santa, y todo era muy diferente y raro para mí. Pero me gustó mucho”, compartió.
Abraham recuerda con mucho cariño al entonces párroco de esa comunidad, el padre José Vicente Emilio Macías.
“El padre comenzó a hacer oración por las personas que tuvieran una enfermedad. Recuerdo que me levanté y me formé en la fila, y cuando el padre me preguntó sobre la enfermedad qué tenía, yo le dije que me dolía la cabeza, porque no sabía qué decir”, compartió entre risas.
La figura del sacerdote llamó mucho la atención de Abraham, y la oración de ese momento le llegó al corazón. Era algo totalmente distinto a lo que vivió con los hermanos cristianos.
“Fui a compartir este entusiasmo con mi mamá y la convencí de hacer los sacramentos juntos, e iniciamos nuestro curso que duró dos años. El 11 de abril del 2000 recibimos nuestros sacramentos”, recordó.
Después de sus sacramentos, Abraham ya no quiso separarse de su comunidad y comenzó a servir como monaguillo. Así se incrementó su curiosidad por la vida sacerdotal.

Nueva invitación
Abraham solía visitar a uno de sus hermanos en Ciudad Juárez, y en una ocasión conoció al padre Sergio Hernández, entonces párroco de Santa Cecilia.
“Me empezó a invitar al Pre Seminario y yo le decía que muchas gracias, pero yo iba a entrar al Seminario de Veracruz”, recordó Abraham, quien uno de esos años se quedó a trabajar en Ciudad Juárez, pero perdió sus documentos, así que no pudo volver a Veracruz para ingresar al Seminario.
En 2010, ante la nueva invitación del padre Sergio para el Pre Seminario, Abraham decidió vivir una Jornada Vocacional junto al padre Salvador Magallanes y su equipo.
“Recuerdo que fue un momento de mucha gracia, lloré mucho porque quería responderle al Señor, pero me daba mucho miedo hacerlo aquí en Ciudad Juárez, ya que no conocía más que a mi hermano y al padre Sergio”, recordó.
Respuesta con miedo
Con miedo y todo, Abraham levantó la mano cuando preguntaron quién deseaba ingresar al Seminario.
“Le comenté a mi mamá y ella me dijo que estaba bien, pero que se iba a regresar a Veracruz. En ese momento me entró mucho más miedo, lo platiqué con el padre Sergio y me di cuenta de que no debería de tener miedo, pues Dios me estaba llamando, y no me iba a dejar solo”, compartió Abraham.
El 7 de agosto de 2010, Abraham entró al Seminario y dos meses después su mamá regresó a Veracruz.
“Fue todo un proceso. Me costaba asimilar que era seminarista porque era una gracia muy grande que me había dado Dios. Pasó mucho tiempo para asimilarlo. Junto conmigo entraron 15 seminaristas que se convirtieron en mi familia. Me ayudó mucho estar en comunidad con ellos”, indicó.
Recordó cómo el padre Sergio, quien es su padrino de ordenación sacerdotal, le dijo que desde el inicio pudo ver cómo Dios lo llamaba al sacerdocio.
“Su apoyo ha sido muy significativo para mi vocación”, aseguró.
Frase
“La oración de la viejita en el Sagrario impidió que yo desistiera, la oración por las vocaciones ha sido un pilar fuerte en mi vida, por eso pido que sigan orando por nosotros y porque el Señor nos conceda más santas y buenas vocaciones”.
Pbro, Abraham Betancourt


































































