Ana María Ibarra
En este Cuarto Domingo del tiempo de Pascua, Día del Buen Pastor, la Iglesia invita orar por las vocaciones a la vida consagrada, ya sea en el sacerdocio, en la vida religiosa o en la vida laical consagrada.
Sabiendo de que Dios llama no solo a hombres, sino también a mujeres con corazón dispuesto a responder, Presencia comparte la historia de dos religiosas que han sabido dar un ‘sí’ al llamado de Dios, quiza en buena medida gracias a que muchos oraron por esas vocaciones.

Sor Betty: Superar oposición familiar
María Elena Ramos Chávez, conocida como hermana Beatriz o Sor Betty dentro de su congregación, Clarisas Capuchinas, compartió que su inquietud vocacional surgió en su infancia cuando veía en las películas monjitas que vestían un hábito similar al que ella ahora porta.
“Desde muy niña tenía la inquietud de ser religiosa, pero en mi familia siempre me decían que estaba loca y nunca me creyeron. Desde los siete años sentía algo en mi interior, no sabía qué era, pero quería ser religiosa porque veía en las películas y le decía a mi mamá que quería ser como ellas. Su respuesta era: estás loca”, recordó la religiosa.
Con el tiempo, ese deseo creció más en el corazón de María Elena por lo que siguió insistiendo con su familia.
“Nunca me dejaron ir en búsqueda, hasta que llegaron unos seminaristas a misionar a mi rancho y se ofrecieron a llevarnos a Guadalupe, Zacatecas a conocer la vida religiosa. Mis papás nunca me dejaban salir del rancho, yo tenía 19 años. La única que me apoyaba era mi abuelita y ella le pidió a mi papá que me dejara ir”, compartió la hermana Beatriz.
En esa visita conoció varias congregaciones, pero ninguna le agradó, pues quería un lugar donde no tuviera que salir.
Fue entonces cuando los seminaristas les hablaron de las Clarisas Capuchinas, religiosas de claustro.
“Me enamoré de la monjita que nos abrió la puerta. Platiqué con la hermana superiora y me dijo que cuando quisiera, si mis papás no me llevaban, ellas iban por mí. Pero mis papás seguían sin dejarme ir”, recordó.
María Elena ingresó al convento superando la oposición familiar y encontrando su lugar en la vida religiosa.
“Pedí permiso para probar por un año, ahorita ya tengo 33 años en la congregación”, dijo la entrevistada
La Hermana Beatriz ha estado en Ciudad Juárez por 23 años, desde el 2003.
“Siento que aquí se ha reforzado mi vocación, pues la considero una tierra de misión. Me he sentido muy contenta en Ciudad Juárez, a pesar de la violencia que había en el tiempo en que llegué, a pesar de los climas extremos. Amo mi vocación y si tuviera que escoger de nuevo, escogería lo mismo”.

Luchar vs resistencias
Con 25 años de vida consagrada, sor Beatriz mencionó existe mucha resistencia en las jóvenes en cuanto a la vocación, debido a la atracción del mundo, los medios de comunicación y las redes sociales.
“Les diría que eso no es todo en la vida eso, lo que llena es el amor de Dios, no las cosas materiales, estas pasan, pero el amor de Dios, ese no nunca pasará”, expresó.
Por otro lado, aconsejó a las jóvenes a que busquen otras opciones, además del matrimonio, ya que a veces llega el arrepentimiento después de muchos años de casadas y no se puede hacer nada.
“Si una joven entra a una congregación y después de un tiempo siente que no es su vocación, no pierde nada, al contrario, se aprende mucho y se crece tanto espiritual como en lo humano. En la vida religiosa hay formación y años de preparación en el amor de Dios, el carisma, y el conocimiento de la Iglesia y de Jesús”, destacó.
Explicó que a veces las personas piensan que las religiosas de claustro no hacen nada, sin embargo, en ese “no hacer nada” es “hacer mucho” por la vida exterior.
“Dios da la gracia a cada quien. El cansancio físico existe debido al trabajo, pero la capilla es un lugar donde se descansa y se siente muy a gusto estar en meditación con el Señor y en los rezos. Dios llama y de uno depende si le responde o no le responde”, concluyó.
Hna. Rosy: Un amor inculcado en la familia
Originaria de Aguascalientes, la hermana Rosa María Ledesma Reynoso, religiosa Oblata de Santa Marta, compartió que sus padres siempre la acercaron a la fe, criándola con amor y valores espirituales.
“Mi padre fue un hombre fiel, trabajador y creyente, quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas, llevándonos a Misa cada domingo. Mi madre, a pesar de haber estudiado poco, era muy inteligente. Destacaba en matemáticas y amaba la lectura, especialmente a autores como Fulton J. Sheen. Tenía un don musical, tocaba piano y solfeo”, compartió la religiosa.
La hermana Rosy, como es conocida, añadió que su Primera Comunión fue un momento especial para ella, sin lujos.
“Mi madre me enseñó el verdadero valor de la fe. Ella era una persona piadosa y nos inculcó el amor a la Eucaristía, llevándonos a recibir la bendición con el Santísimo los jueves. Su devoción al Sagrado Corazón y a la Virgen María era profunda; en momentos de angustia, recurría a ellos con gran confianza”, recordó.
La pequeña Rosa María continuó su formación en la fe durante sus estudios en el Colegio de La Paz, atendido por las Religiosas Hijas de la Purísima Virgen María.
“Unas hermanas misioneras de Baja California nos visitaron, compartiendo sus experiencias. Cuando preguntaron quién deseaba ser religiosa, sentí la inquietud, pero la idea de dejar a mis padres me detuvo”.
Después de un tratamiento médico que truncó sus estudios, Rosa María ingresó, a los 17 años, a una institución para adultos, el Colegio de religiosas de la Compañía de María en horario vespertino.
“La directora, reverenda madre María Villalobos Revilla, ofrecía la oportunidad a diversas comunidades religiosas de iniciar o completar sus estudios. Allí conocí a las Oblatas de Santa Marta. Mi relación con algunas hermanas fue muy buena, confirmando que Dios siempre pone personas clave en nuestras vidas. Esta experiencia fue un claro signo de su llamado”, afirmó.

Motivada por testimonios
A pesar de sentir el llamado, la joven decidió terminar la secundaria y luego la Normal, donde estudió para ser maestra de Educación Primaria. También hizo el bachillerato, pensando que así olvidaría el llamado de Dios.
“Trabajé dos años más en la educación de niños. Durante este tiempo, participé en las Jornadas de Vida Cristiana dirigidas por el Padre Roberto Torres Valenciano, sacerdote de Aguascalientes, quien me animó a tomar la decisión de responder al Señor. A los 26 años, finalmente decidí seguir a Cristo en la vida consagrada”, compartió.
Aunque asegura que no fue fácil dar la noticia a sus padres y hermanos, su amor por Dios le dio la fortaleza para cerrar esa etapa de su vida e iniciar una nueva.
“Mi madre me inculcó el amor por Jesús Eucaristía y el respeto por los sacerdotes, lo que me ayudó a asimilar el carisma sacerdotal. Ella deseaba un hijo sacerdote y recibió la vocación religiosa de una de sus hijas, yo, con un carisma sacerdotal”.
Con 26 años, ingresó como aspirante con las Hermanas Oblatas de Santa Marta, motivada por el testimonio alegre de cada una de la hermanas.
“La hermana María Mazzarello fue una persona significativa en mi camino, un signo del amor cercano de Dios. Su vida me animó a buscar mi vocación religiosa. La vida consagrada es para quienes aman profundamente a Dios, superando obstáculos y tomando la cruz diaria”, expresó.
Hoy, con 44 años en la vida religiosa, la hermana Rosy, quien atiende la secretaría del Obispado de Ciudad Juárez, hizo un llamado a los jóvenes a no tener miedo de seguir a Cristo a donde Él los llame.
“Invito a los y las jóvenes a buscar al Señor, a encontrarse con Él en la oración y a vivir en su gracia, recibiendo frecuentemente los sacramentos, especialmente la reconciliación y la Eucaristía. Les animo a no temer a Cristo y a seguirlo a donde Él los llame”.


































































