Ana María Ibarra
Con una celebración eucarística y un llamado a mantener viva la identidad de la comunidad, concluyeron las fiestas jubilares por los 100 años de la capilla de San Agustín, ubicada en el poblado del mismo nombre y perteneciente a la parroquia San Isidro Labrador, en el Valle de Juárez.
La misa de clausura del Jubileo se realizó el pasado 28 de agosto, presidida por el padre Roberto Luna, luego de un año en que los habitantes de la comunidad realizaron diversas actividades para agradecer a Dios por el camino recorrido y honrar a su santo patrono.
Animados por San Agustín

Al inicio de la misa, el padre Roberto invitó a los presentes a reconocer el don de la fe recibido a través de San Agustín y a poner ante Dios las necesidades y anhelos que cada uno guarda en el corazón.
Luego, durante la homilía, el sacerdote reflexionó en que Dios conoce el corazón de cada persona. Explicó que, aunque el ser humano puede ocultar sus sentimientos y preocupaciones ante los demás, no puede esconderse de Dios, quien conoce sus limitaciones, tristezas y sufrimientos, no para juzgarlo, sino para acompañarlo y sanarlo.
Al referirse a San Agustín, el padre Roberto Luna destacó que supo interpretar las circunstancias de su tiempo con una mirada de fe y esperanza.
“Ante a las dificultades que vivía su pueblo por las invasiones y la guerra, no asumió una postura fatalista, sino que buscó descubrir en medio de la realidad una oportunidad para anunciar el Evangelio”, dijo.

El sacerdote invitó a los fieles a hacer lo mismo ante las situaciones difíciles de la vida, evitando alimentar temores y escenarios negativos que terminan aumentando las preocupaciones.
“Que tu corazón tenga la certeza de esa esperanza bonita que Dios inspira, junto con ello, saber que Dios conoce el corazón para aligerar tus cargas”, afirmó.
Por su parte, el padre Edgar Arellano, párroco de San Isidro Labrador, agradeció la presencia del invitado y felicitó a la comunidad por el esfuerzo realizado durante todo el año jubilar.
Recordó la kermés celebrada días antes, que reunió a numerosas familias en un ambiente de convivencia y alegría y destacó que las fiestas fueron, ante todo, una celebración de la propia comunidad, a la que animó a continuar tomando las riendas de sus proyectos.

“Todo poniéndolo en manos de Dios, todo haciéndolo en nombre de Dios. Él nos ayuda a seguir adelante con lo que sea en su nombre”, expresó.
Nuevos retos
Con el cierre de este jubileo, la comunidad de San Agustín inicia ahora una nueva etapa, llevando consigo el testimonio de un siglo de historia y la responsabilidad de conservar la fe y la identidad que han dado sentido a su caminar.
“Tal vez yo ya no esté con ustedes, pero ustedes nunca olviden el espíritu que les da la identidad de lo que son: hijos de Dios”, exhortó el padre Arellano.
La celebración concluyó en un ambiente de fraternidad, con la invitación a compartir los alimentos y continuar la fiesta como una comunidad agradecida por sus primeros 100 años.
































































