Presencia
En los casos de divorcios contenciosos, cuando los padres separados no pueden ponerse de acuerdo o viven heridos por la separación, pueden aparecer los daños más graves de la situación: el que se hace a los hijos, que en algunas ocasiones se convierten en depósito del daño emocional de los padres.
Mientras la asociación “No Más Hijos Rehenes Chihuahua” busca concientizar sobre esta situación con sus manifestaciones y oferta de servicios, el sacerdote Julián Badillo Lucero, formador del Seminario, con una licenciatura en derecho canónico, explica a nuestros lectores cómo aborda la fe católica esta situación.

Aquí la entrevista:
¿Qué dice la iglesia acerca del divorcio? ¿es pecado?
Para entender la condición del divorcio dentro de la concepción cristiana hay que decir que no se considera pecado, pues, “El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. (CEC 1849),
Según el Catecismo, el divorcio en sí mismo se absuelve y de hecho se invita al divorciado a acceder a los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía con el fin de recibir la ayuda cristiana. Caso distinto es cuando la persona divorciada vuelve a iniciar la vida marital con alguien más, esto es lo que hace que se aparte definitivamente de la recepción de los sacramentos, más no de la Iglesia.
En situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble (CEC 1649).
En otros casos y por otras razones que hacen nulo e inválido el matrimonio [cf. CIC can. 1095-1107]), la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar «la nulidad del matrimonio», es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior. (CEC 1629), lo que deja la responsabilidad de cumplir con su deber de padres, aun cuando se dé la separación con permanencia en el vínculo o bien casos de nulidad de matrimonio.

¿Qué dice en relación a los hijos de los padres divorciados? ¿Existe un tratamiento especial que sugiere la Iglesia para estos hijos?
Más que dirigirse a lo hijos, como si fueran ellos la causa, la Iglesia los ve como víctimas inocentes, de quienes los padres, aún con la separación, no pueden desobligarse, al contrario, deben de seguir cumpliendo con su labor de padres, aun cuando no se dé la de esposos.
El enfoque que da la Iglesia no es directamente hacia los hijos, sino más bien en el acompañamiento a los padres en estas situaciones, y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos.
“Los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquellos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados”. (CEC 1651).
Esto lo refiere en razón de que aunque no estén ya conviviendo como esposos, sigan adelante en su fe como creyentes y desde la practica cristiana, puedan ellos educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. (Familiaris Consortio 84).
Ya lo mencionaba el Santo Papa Juan Pablo II: “En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido” (FC 26). Pero esto no podrá ser puesto en efecto si no hay por parte de cada cónyuge, el compromiso desde la fe, por cumplir su labor de ser educador de sus propios hijos. Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, «del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra» FC 14, realidad que permanece y no desaparece con la existencia o no del vínculo matrimonial.
El compromiso de la educación hacia los hijos no se dirige desde las causas por las que se rompió la convivencia, conllevando a que los padres no eduquen a los hijos en contra de alguno de ellos, sino más bien como dice en la exhortación apostólica Familiaris consortio 36:
“Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta transcendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos”.
Los hijos no deben de ser continuidad o extensión de la problemática de los padres, por eso se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia. (FC 84).
¿Que pasa cuando el divorcio de una pareja no se da en buenos términos y ocurre la alienación parental o incluso el “secuestro” de los hijos? ¿Cómo acompaña la Iglesia en estos casos?
También el Papa Francisco hizo mención este tema de los hijos: “Por encima de todas las consideraciones que quieran hacerse, ellos son la primera preocupación, que no debe ser opacada por cualquier otro interés u objetivo. A los padres separados les ruego: «Jamás, jamás, jamás tomar el hijo como rehén. Os habéis separado por muchas dificultades y motivos, la vida os ha dado esta prueba, pero que no sean los hijos quienes carguen el peso de esta separación, que no sean usados como rehenes contra el otro cónyuge. Que crezcan escuchando que la mamá habla bien del papá, aunque no estén juntos, y que el papá habla bien de la mamá».
Por otra parte, la exhortación apostólica del mismo Papa Francisco, Amoris Laetitia, expresa:
“Es una irresponsabilidad dañar la imagen del padre o de la madre con el objeto de acaparar el afecto del hijo, para vengarse o para defenderse, porque eso afectará a la vida interior de ese niño y provocará heridas difíciles de sanar”. (AL 245).
El papa también ha invitado a tomar responsabilidad por parte de la Iglesia, dado que la Iglesia debe de ser consciente de esta realidad y las comunidades cristianas no deben dejar solos a los padres divorciados en nueva unión. Al contrario, deben incluirlos y acompañarlos en su función educativa. Porque, «¿cómo podremos recomendar a estos padres que hagan todo lo posible para educar a sus hijos en la vida cristiana, dándoles el ejemplo de una fe convencida y practicada, si los tuviésemos alejados de la vida en comunidad, como si estuviesen excomulgados? Se debe obrar de tal forma que no se sumen otros pesos además de los que los hijos, en estas situaciones, ya tienen que cargar».
«Ayudar a sanar las heridas de los padres y ayudarlos espiritualmente, es un bien también para los hijos, quienes necesitan el rostro familiar de la Iglesia que los apoye en esta experiencia traumática». (AL 246)
De una manera sencilla, se trata de iluminar esta realidad dolorosa que viven tanto esposos, como hijos ante una separación que -desgraciadamente- no se da en buenos términos, sino de manera difícil y dolorosa.
Por esta razon el Papa Francisco (qepd) insistió siempre en la preparación prematrimonial, no como una forma de evitar el divorcio, sino más bien en hacer de esta experiencia aquello mismo que quiso el Señor, que la unión no la separe el hombre, sino que en ella esposo y esposa sean uno.


































































