Mtro. Iván González Ibarra/Historiador
Geografía de la resistencia y el eterno retorno
A cuatro años del artero asesinato de dos sacerdotes jesuitas en la histórica comunidad de Cerocahui, Chihuahua, resulta indispensable ponderar el trabajo de largo aliento que dicha orden ha realizado en aras del desarrollo de nuestra entidad. Este trágico suceso no puede entenderse como un hecho aislado de la violencia contemporánea; por el contrario, nos obliga a desenterrar las raíces de una impronta histórica que, a cuatro siglos de sus primeras fundaciones, ha moldeado la espina dorsal de la Sierra Madre Occidental.
Antes de continuar, conviene denunciar el uso indiscriminado que hoy se le da al término «histórico»: actores políticos, influencers y medios de comunicación lo emplean ad nauseam. Pero ¿qué entraña realmente este concepto? Lo histórico es aquello relativo a la Historia, una disciplina científica que interpreta, explica y ordena los hechos del pasado para comprender el presente. A veces un presente violento y sinsentido en el que las personas de bien son asesinadas o desaparecidas ante la mirada expectante de la autoridad. Hecha la precisión, cabe preguntar: ¿qué representa la Sierra Tarahumara en la trayectoria de la Compañía de Jesús y cuál ha sido su influencia en el devenir de Chihuahua?
Para responder lo primero es necesario acudir a El lugar del otro, texto de Michel de Certeau editado por Luce Giard, donde se examina el impacto de la praxis misionera de la orden jesuita —fundada por Ignacio de Loyola en 1540— en la significación religiosa de su doctrina. De Certeau nos recuerda que la labor de la Compañía no se limitó a la implantación abstracta de un dogma, sino que constituyó un laboratorio de alteridad. Cristianismo y modernidad avanzaron a la par, transformando los modos de asimilar y resistir espiritualmente el mundo. La misión funcionó como un espacio fronterizo donde la cultura occidental y el universo indígena chocaron, negociaron y se reformaron mutuamente en los márgenes de la racionalidad moderna.
Respecto al segundo punto, la llegada de la orden a la Nueva España en 1572 permitió expandir las fronteras virreinales hacia el septentrión, un territorio que la Corona española consideraba una periferia indómita. Mientras otras órdenes religiosas, como los franciscanos, asentaban sus fundaciones en zonas accesibles, valles agrícolas y reales de minas pacificados, los clérigos jesuitas asumieron la vanguardia de la frontera más agreste. Estaban dispuestos a adentrarse en lo más profundo del territorio colonial, habitando la escarpadura de las barrancas; regiones donde los templos eran frecuentemente destruidos y los religiosos, masacrados. Esta labor pastoral y educativa configuró la identidad chihuahuense, creando un cordón civilizatorio en una geografía indomable. Antes de su drástica expulsión en 1767, la Compañía operaba 28 misiones dependientes del Colegio de Nuestra Señora de Loreto, fundado en 1718 en la naciente Villa de San Felipe el Real de Chihuahua, el cual fungió como el corazón administrativo y espiritual de la región.
La prevalencia jesuita en las comunidades serranas no fue un accidente, sino que se debió, en gran medida, a su agudeza etnográfica y al respeto hacia los nombres originarios, los usos y costumbres, integrados de forma sincrética a la estructura católica. A diferencia del método de asimilación forzada, los hijos de Loyola optaron por el acomodo y el aprendizaje de las lenguas nativas, traduciendo la doctrina a la cosmovisión rarámuri. Esta impronta cultural caló tan hondo que logró sobrevivir al decreto de extrañamiento dictado por Carlos III en el contexto de las reformas borbónicas. El vacío dejado en 1767 sumió a las misiones en el abandono físico, pero el sincretismo ya había echado raíces en la serranía. Años más tarde, ya en el México independiente de fines del siglo XIX y principios del XX, la orden retornó para reactivar su histórica presencia, reencontrando los mismos hilos de fe y resistencia que habían sembrado siglos atrás.
En la monumental Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España, se incluye la Chorographia de las misiones de la América Septentrional; allí aparece «Serocagui» catalogada formalmente como «Misión con Iglesia». He ahí lo histórico en su dimensión más pura: un espacio cartografiado desde el siglo XVIII, fundado originalmente para garantizar una paz que servía de frontera. Hoy, ese mismo espacio se ha violentado, pero ya no por las disputas fundacionales del virreinato, sino por la impunidad del crimen organizado que asedia las comunidades originarias ante la indolencia gubernamental.
Frente a esa densidad del pasado, el México actual opone la inmediatez: la impunidad. Los casos de alto impacto repiten un patrón: tras la indignación, el presunto culpable muere en condiciones opacas; un cadáver acalla la verdad y deja intacta la estructura criminal. Ante esto, la exigencia jesuita resuena. Si el Estado no atiende la pobreza e injusticia que cercan a la Tarahumara desde la Colonia, el pasado no será memoria, sino la tesis del eterno retorno: la tragedia.
































































