Pbro. Eduardo Hayen Cuarón
El papa León XIV lavó los pies a doce nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma. En el pontificado anterior vimos al papa Francisco lavar los pies, fuera del Vaticano, a emigrantes, mujeres, encarcelados, personas sin hogar y a personas no cristianas. Con ello el papa argentino expresaba la caridad de Cristo a los pobres del mundo.
Ahora el papa León retoma la tradición de lavar los pies, dentro de los muros de la Basílica de San Juan de Letrán a sacerdotes, simbolizando con ello no sólo a Jesús que lavó los pies a sus Doce Apóstoles, sino la atención que necesitan los sacerdotes, especialmente los jóvenes. Así también se subraya la intención que ha puesto el Santo Padre para el apostolado de la oración en este mes de abril por los sacerdotes que enfrentan cansancio, soledad, dudas o crisis vocacional.
Según algunas fuentes informativas católicas, los sacerdotes que fueron ordenados en las últimas dos décadas son más frágiles emocional y espiritualmente que los de generaciones anteriores. No es que la condición física y mental de las nuevas generaciones de sacerdotes sean peores que las de antes, sino que se tienen que enfrentar a una serie de situaciones que los exponen fácilmente al agotamiento, a la soledad y al riesgo de abandonar el ministerio.
En mi diócesis ha habido casos de sacerdotes que, por diversas causas, han debido abandonar o pausar su ministerio por razones de extenuación o por motivos afectivos; sacerdotes que experimentan algún tipo de frustración y deciden colgar la sotana. El común denominador de todos es que las crisis les vinieron durante los primeros años después de ordenados.
El National Catholic Register publicó un reportaje basado en un minucioso estudio de la Universidad Católica de América sobre sacerdotes estadounidenses, pero con claras resonancias en países occidentales y de América Latina. Más del 60 por ciento de los sacerdotes menores de 45 años reportaron síntomas de agotamiento. Casi la mitad de los ordenados después del 2010 sufren soledad y fatiga significativas, frente a sólo el 27 por ciento de los mayores. Alrededor del 13 por ciento abandona el ministerio antes de los diez años de su ordenación.
De ninguna manera podemos juzgar a las nuevas generaciones como si fueran peores que las antiguas. De hecho, estamos viendo que los sacerdotes jóvenes son más ortodoxos y apegados a la Tradición que los mayores. El 70 por ciento de los sacerdotes ordenados antes de 1975 se describían a sí mismos como teológicamente progresistas o liberales. Hoy la cifra se ha invertido. El 70 por ciento de los sacerdotes ordenados después de 2010 se describen a sí mismos como ortodoxos.
Las razones de las crisis de los sacerdotes jóvenes son, según el estudio mencionado, la escasez de vocaciones y la sobrecarga de trabajo. Antes los sacerdotes jóvenes debían ser vicarios parroquiales durante un largo tiempo y estar bajo la guía de sacerdotes experimentados para ayudarles en su madurez. Hoy, con menos sacerdotes, los obispos se ven presionados a nombrar párrocos a sacerdotes con poca experiencia y falta de madurez, lo que puede traer crisis o problemas posteriores.
Otro factor que desestabiliza a los clérigos jóvenes es la falta de una comunidad de oración o vida real compartida. Se trata de que los sacerdotes no sólo vivan juntos, sino que oren juntos, compartan la mesa y tengan momentos de descanso en comunidad. La vida célibe necesita una red fuerte de amigos sacerdotes, lo que llamamos fraternidad sacerdotal; de lo contrario el aislamiento puede ser difícil de llevar.
Hay que considerar que los candidatos al sacerdocio llegan al Seminario con más inestabilidad afectiva; muchos se criaron en familias frágiles con escasa formación humana y provienen de una cultura relativista y digital que atrasa su madurez emocional y su integridad personal. Todo ello puede tener repercusiones después de la ordenación. A ello debe añadirse el contexto de secularismo desafiante en que vivimos, la desconfianza por los escándalos de abusos en la Iglesia y los vínculos sociales frágiles.
Lavar los pies a los sacerdotes, especialmente a los jóvenes significa, para los laicos, orar por ellos, manifestarles su cercanía invitándolos de vez en cuando a alguna comida en casa y ser amigables con ellos. Para los obispos es ser accesibles y buscar el encuentro con ellos, así como crear instancias de formación, de fraternidad y acompañamiento durante el presbiterado. Y para los mismos sacerdotes lavarnos los pies unos a otros es crear redes de apoyo y fraternidad, ser disponibles para la dirección espiritual, hacer comunidad, buscar relaciones saludables y cuidar el propio sacerdocio. Nuestras comunidades necesitan no funcionarios eclesiásticos, sino pastores cercanos y felices que les lleven la alegría del Evangelio.































































