Pbro. David Jasso Ramírez/ Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey
Primera de tres entregas
Segunda de tres entregas.
En la primera entrega de esta serie compartía cómo el documento ¿Quo vadis, humanitas? no busca simplemente analizar problemas, sino ayudarnos a mirar con más profundidad el momento histórico que estamos viviendo. Y quizá una de las aportaciones más interesantes del texto es precisamente esa: no habla de la humanidad en abstracto, sino de escenarios concretos donde hoy se juega lo humano… y también la fe.
La fe se vive en medio de una cultura, de cambios tecnológicos, de tensiones sociales, de nuevas sensibilidades, de heridas colectivas y búsquedas personales. Y muchas veces, mientras la realidad cambia rápidamente, nuestras formas pastorales siguen funcionando como si el mundo siguiera siendo el mismo de hace treinta años.
Hoy vivimos en un escenario profundamente marcado por la hiperconectividad. Nunca habíamos estado tan comunicados… y, al mismo tiempo, tan solos. Tenemos acceso inmediato a información, opiniones, imágenes y conversaciones, pero eso no siempre genera vínculos profundos. A veces produce exactamente lo contrario: cansancio emocional, dispersión interior y dificultad para permanecer.
Esto tiene consecuencias espirituales muy concretas: cada vez cuesta más guardar silencio, escuchar, perseverar, profundizar e incluso creer. No porque la gente haya dejado necesariamente de buscar a Dios, sino porque muchas veces ya no sabe cómo habitar interiormente su propia vida.
También estamos frente a un escenario donde la identidad humana parece cada vez más frágil. Muchas personas viven intentando construirse constantemente a sí mismas, definiéndose desde la aprobación, el rendimiento o la exposición pública y, cuando todo depende de lo que logro, de cómo me veo o de cómo soy percibido, la vida termina volviéndose agotadora. Por eso hay tanto cansancio, tanta ansiedad y tanta sensación de vacío incluso en personas aparentemente exitosas.
El documento insiste en algo importante: la crisis actual no es solamente económica, política o tecnológica. Es una crisis antropológica, es decir, una crisis sobre la comprensión misma del ser humano. Y eso cambia radicalmente la manera de hacer pastoral porque evangelizar hoy no consiste únicamente en transmitir contenidos religiosos sino también en ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas, con los demás y con Dios en medio de un mundo fragmentado. Ahí está uno de los grandes desafíos.
La pastoral ya no puede limitarse a administrar actividades o conservar estructuras. Necesita convertirse nuevamente en experiencia de encuentro, en espacio de escucha, en comunidad real y en acompañamiento auténtico.
Quizá por eso el Sínodo de la Sinodalidad ha insistido tanto en la escucha, el discernimiento y la cercanía, no como moda eclesial, sino porque la Iglesia intuye que muchas personas ya no necesitan primero respuestas rápidas, sino lugares donde puedan volver a respirar humanamente.
Y esto toca particularmente a nuestras parroquias porque a veces creemos que el problema es que la gente “ya no viene”. Pero quizá antes deberíamos preguntarnos si nuestras comunidades están logrando convertirse en lugares donde alguien puede sentirse verdaderamente mirado, escuchado, acompañado y sostenido.
En este contexto, la Iglesia no está llamada a competir con el mundo, ni a encerrarse por miedo. Está llamada a discernir los signos de este tiempo y a descubrir dónde sigue actuando Dios en medio de las búsquedas humanas actuales. Y quizá ahí comienza nuevamente la esperanza.






























































