Mtro. Iván González/Historiador
La Iglesia de Ciudad Juárez nació y ha aprendido a crecer y caminar en medio del desierto. Al iniciar el siglo XXI, la realidad social de esta frontera exigió redoblar el trabajo pastoral. Ante un territorio cada vez más poblado y amplio, en diciembre de 2005 se nombró por primera vez a un obispo auxiliar. Fue así como Don José Guadalupe Torres Campos llegó a nuestra ciudad, siendo ordenado en febrero de 2006. Durante dos años marcados por la inseguridad creciente, se dedicó a recorrer las periferias y a conocer de cerca las necesidades de la gente, una tarea que hizo una pausa en julio de 2008, cuando partió para fundar la Diócesis de Gómez Palacio, Durango.
El Papa Francisco lo trajo de vuelta en diciembre de 2014, asumiendo en febrero de 2015 como el cuarto obispo titular. Regresaba a una ciudad que sentía propia, con pleno conocimiento de sus sacerdotes y de las necesidades de su gente. Su episcopado unió la vida de las parroquias con las realidades de la frontera. Apenas un año después de haber llegado, le tocó coordinar la visita del Papa Francisco en febrero de 2016. Así, se levantaron altares en medio de las zonas más difíciles: en los patios del Cereso Estatal No. 3 y en «El Punto», justo en la línea divisoria con Estados Unidos, mostrando la frontera como un espacio de encuentro, misericordia y respeto a los derechos humanos.
A Don Guadalupe le tocó encarar el impacto de la crisis sanitaria por el COVID-19. Cuando los templos cerraron y la enfermedad cobró la vida de varios sacerdotes, el obispo organizó el apoyo material y el consuelo espiritual para la comunidad. Una muestra de ese mismo cuidado hacia su clero fue la fundación de la Casa Sacerdotal San Juan XXIII en 2021, un espacio pensado para el descanso digno de los sacerdotes en retiro.
Poco después, la diócesis volcó su esfuerzo para atender la llegada masiva de caravanas de migrantes. Bajo su guía, la Casa del Migrante y muchas parroquias abrieron sus puertas como albergues para responder a estas necesidades urgentes. Como responsable de la Dimensión Episcopal de la Pastoral de la Movilidad Humana (DEPMH) dentro de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Torres Campos mantuvo una coordinación directa con organismos internacionales como la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), logrando que proporcionaran recursos, infraestructura y asesoría legal a los albergues católicos de Juárez. Al mismo tiempo, el obispo mantuvo su presencia en el penal, a donde acudía en persona para celebrar las fiestas litúrgicas con los internos.
Ese compromiso tomó un rumbo definitivo entre 2023 y 2024, cuando el gobierno del vecino país llenó de alambre de púas el bordo del Río Bravo. A la par de su trabajo en la diócesis, firmó declaraciones con los obispos de la frontera para pedir sensibilidad a las autoridades, rechazar el uso político de la migración y recordar la dignidad de los desprotegidos. Este mismo sentido de urgencia se vio en agosto de 2019, cuando tras el trágico tiroteo en el Walmart de El Paso, la diócesis emitió un pronunciamiento condenando con firmeza los hechos y acompañando espiritualmente a las víctimas.
Ante las situaciones sociales más dolorosas, el obispo siempre mantuvo la postura orientadora de la Iglesia en momentos de crisis. Así ocurrió tras el trágico incendio del Instituto Nacional de Migración en marzo de 2023, donde fallecieron 40 migrantes, exigiendo desde la Catedral justicia, claridad y solidaridad. Lo mismo sucedió ante los difíciles eventos del «Jueves Negro» en agosto de 2022, cuando se suspendieron actividades eclesiales para proteger a las familias. Asimismo, tras el motín del Cereso el 1 de enero de 2023, la diócesis señaló las condiciones de descontrol en las prisiones, recordando que la paz en las calles de Juárez también dependía del orden dentro de las cárceles. Y qué decir de su firme postura ante el doloroso fraude del crematorio Plenitud, donde se reprobó el trato inhumano dado a los cuerpos, solidarizándose con las familias y exigiendo una investigación profunda.
Monseñor Torres Campos hoy forma parte de una larga tradición diocesana que, desde mediados del siglo XX ha cuidado a la comunidad frente a las complejas realidades que vive la frontera. Su gestión sigue los pasos de una estirpe de pastores que comenzó con Monseñor Baudelio Pelayo en 1939, quien fundó la Ciudad del Niño y el Asilo de San Antonio. Esa misma vocación la consolidó Don Manuel Talamás Camandari al acompañar a las nuevas colonias obreras y fundar un Seminario; una labor que Don Juan Sandoval Íñiguez ordenó administrativamente en medio de las crisis económicas. De igual manera, Don Renato Ascencio de León multiplicó las parroquias en las nuevas colonias del suroriente.
El caminar constante de Torres Campos, su voz conciliadora y su abrazo cierran una pinza histórica. Al concluir su encargo en esta frontera, su partida deja un vacío profundo y sitúa un estándar muy alto en el servicio pastoral. Hoy, con esa misma fidelidad construida en el desierto, Monseñor Torres Campos parte para enfrentar un nuevo y complejo reto en la Diócesis de Ecatepec, recordando a ambas comunidades que el Evangelio se escribe con cercanía, dignidad y templanza, sabiendo que el Espíritu siempre es capaz de hacer levantar la vida y la esperanza ahí mismo, donde el mundo solo ve un valle de huesos secos.






























































