Ana María Ibarra
Agradecidas con Dios por 75 años de presencia en Ciudad Juárez, las Hermanas Clarisas Capuchinas compartieron con la comunidad diocesana una semana de misa y hora santa de sanación, con la presencia del sacerdote y fraile franciscano Ricardo Espinoza.
En el templo parroquial de Cristo Rey durante esta semana también se veneraron las reliquias de Santa Clara y San Francisco de Asís, además, los asistentes ganaron la indulgencia plenaria.

Del 18 al 22 de mayo, el templo parroquial de Cristo Rey fue sede de las actividades que las Hermanas Clarisas Capuchinas realizan en el marco de su Año Jubilar por los 75 años de presencia en la diócesis.
Con citas del evangelio donde se narra el encuentro de Jesús con algún enfermo, el padre Ricardo reflexionó sobre los momentos de enfermedad.
“El oficial romano se preocupó por su trabajador, le quiso ayudar, aunque el trabajador no se lo pidió. El oficial escuchó de un hombre que curaba y lo fue a ver. Cuántas veces la enfermedad nos hace sufrir, porque no estamos preparados. La enfermedad, si no se atiende es una muerte paulatina”, expresó el fraile en la misa del jueves 21.

Señaló que existen enfermedades físicas, emocionales y espirituales.
Recordó las palabras que pronunció ese oficial: ‘No soy digno de que vengas a mi casa’ y agregó:
“¿Quién es digo de estar en su presencia? Dios no mira nuestro pecado sino el deseo de estar con él agradándole. Si hablamos de dignidad, nadie es digno, pero su misericordia es grande. Cuando nos arrepentimos, Jesús nos acoge”, sentenció.
Mencionó que el sufrimiento es una forma de purificar todos los pecados.
“En la enfermedad, en la injusticia, el Señor lo puede todo”.
Después de la homilía, el padre Ricardo ungió a los enfermos con los santos óleos.

Al concluir la misa, el sacerdote expuso el Santísimo Sacramento para orar y adorar a Jesús Eucaristía y continuar pidiendo la salud de los enfermos.
Después de algunas oraciones y plegarias ante el Santísimo, la asamblea entonó cantos al Espíritu Santo pidiendo su presencia.
El sacerdote oró delante del cirio pascual e invitó a la comunidad ahí reunida a hacer lo mismo colocando sus manos en cirio.
Poco a poco, llenos de fe y esperanza, niños, jóvenes y adultos, con enfermedades corporales, emocionales y espirituales, fueron pasando, primero delante del cirio pascual y después delante de Jesús Sacramentado.

El padre Ricardo impuso las manos a los fieles, uno por uno, orando por ellos en silencio.
Mientras tanto, el padre Jaime Melchor, párroco de la comunidad impartía el sacramento de la Confesión a quienes así lo requirieron.
Al concluir, los fieles fueron pasando al monasterio de las Clarisas Capuchinas para ganar la indulgencia plenaria.
































































