La solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista (24 de junio) es especial: es una de las pocas celebraciones litúrgicas en las que se conmemora el nacimiento de un santo y no el día de su muerte.
Pbro. Diego García/ Dimensión Diocesana de Liturgia
“Su nombre será Juan” (Lc 1, 60)
Ese es el nombre de este último profeta que será testigo del cumplimiento de la promesa del Salvador. Será este profeta el punto de unión entre la promesa del Antiguo Testamento y el cumplimiento del Mesías en el Nuevo Testamento. Juan significa “Yahvé es misericordioso” y, en su nombre, lleva su misión: anunciar la misericordia de Dios para su pueblo.
En el calendario del Año Litúrgico, el 24 de junio la Iglesia ha inscrito en el Martirologio Romano la solemnidad de San Juan Bautista, dado el dato que nos precisa el Evangelio de Lucas al narrar que Isabel, su madre, estaba en su sexto mes cuando a María se le apareció el ángel Gabriel en Nazaret. Actualizar en la liturgia la solemnidad del nacimiento de Juan el Bautista es actualizar la misericordia patente de Dios por nosotros.
Además, habrá que recordar que es el único santo del que se celebra tanto su nacimiento como, posteriormente, el día de su muerte, en este caso el 29 de agosto. No obstante, la liturgia de la Palabra también nos muestra la importancia de este mártir de la verdad, mencionándolo en distintos tiempos litúrgicos, como el Adviento, la fiesta del Bautismo del Señor y el Tiempo Ordinario.
¿Qué será de este niño? Porque la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 66)
En los evangelios sinópticos se presenta a Juan como el precursor, pues en él se cumple lo que Dios promete en el Antiguo Testamento a su profeta:
“No tengas miedo… serás plaza fuerte, columna de hierro, muralla de bronce” (Jr 1,17-18).
Será Juan la voz que clama en el desierto; será la voz que hablará de la Verdad y tendrá el conocimiento sobrenatural de reconocer y señalar a Aquel que es la Verdad.
Sin embargo, en el Evangelio de San Juan su relevancia se dará como “el que da testimonio” del Elegido de Dios.
Desde su concepción, anunciada en un lenguaje propio del Antiguo Testamento, su nacimiento es comunicado por el ángel Gabriel a su padre Zacarías, quien pertenecía a la casta sacerdotal. Su historia queda marcada por la incredulidad, pues además de ser anciano, su esposa Isabel era estéril. Ya habían pasado varios siglos desde el último profeta del Antiguo Testamento, y la actitud de Zacarías reflejaba precisamente la de un pueblo incrédulo ante aquella profecía.

Su misión es dada desde lo alto y la mano del Señor está con él. Su parresía impacta a sus contemporáneos; señala a la Verdad y habla de ella, al grado de que le costará la vida. Tan grande fue el privilegio de ser el precursor del Mesías y, además, quien lo bautizara, que su destino no podía ser diferente al de su Señor y Maestro.
Por ello, la biografía que podemos entrever en la Sagrada Escritura sobre este profeta, la forma en que se gestó su vida y su vocación, así como la manera en que vivió la ascesis en el desierto, su alimentación y su vestimenta, nos permiten visualizar cómo el llamado de Dios para ser profeta del Altísimo se concretó efectivamente. Juan forjó su mente y su corazón para estar a la altura de tan grande llamado.
¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! (Jn 1,36)
Es este y no otro; Él es el Cordero. Por ello, en este aquí y ahora pidamos que, como Juan el Bautista, reconozcamos al Mesías en medio de tantos falsos mesías y soluciones vanas que nuestra realidad nos ofrece, y que, como profetas de nuestro tiempo, hablemos de la Verdad que es Cristo.
Realmente es bello cómo el Evangelio nos relata el encuentro entre Isabel y María, y cómo aquel niño desde el vientre se estremece ante la presencia del Salvador. Por ello, debemos tener claro que nuestra labor como Iglesia es conducir a los demás y reconocer a Jesús como nuestro único Salvador, nuestro Cordero que quita el pecado del mundo.
Otro aspecto que puede iluminar la vida de Juan el Bautista es que, como discípulos, debemos recordar una y otra vez que nos corresponde ir detrás del Maestro. Yo no soy el maestro; el Maestro es Él. Juan cumple dos aspectos fundamentales: ser el precursor de Jesús, la voz que clama en el desierto, el que allana el camino del Señor; y, en segundo lugar, reconocerlo y guiar a sus discípulos para que sigan al Salvador.
Es complicado en nuestro tiempo no buscar la vanagloria y tener la humildad para no usurpar el lugar que le corresponde a Dios. Juan sabe muy bien quién es; conoce y reconoce la importancia de su identidad. Por eso Jesús lo elogiará y dirá de él: “Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista”.
Por eso, la Iglesia, recordando su fidelidad al Señor, debe guiar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo hacia el Salvador.
Por último, un tercer aspecto que ya estaba implícito en el reconocimiento de Jesús y en conducir a otros hacia Él es precisamente la humildad. El mismo Juan lo dirá: “No soy digno de desatar las correas de sus sandalias”.
Como discípulo, imita la kenosis de su Maestro, el abajamiento del mismo Salvador que se humilla y se entrega por el mundo. No entra en un juego de poder ni de superioridad, sino que se dona para dar vida. Del mismo modo, Juan busca que la persona de Jesús aparezca en su actuar, como él mismo expresa: “Ahora mi alegría es plena; conviene que Cristo crezca y que yo disminuya”.
Su herencia
Realmente es fascinante el prodigio de este profeta que, cumpliendo su misión, no se encierra en una falsa humildad, sino en la grandeza de ser fiel a su vocación, con una identidad no anulada, sino firmemente cimentada. Así, la herencia de Juan nos recuerda que, al quitar nuestro protagonismo, permitimos que verdaderamente se manifieste Cristo en nuestro decir y actuar.

































































