“Y por eso sólo Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos”
Dra. Luisa Fernanda Castillo/Académica
Con profundo amor y respeto dirijo la siguiente reflexión sobre el sacerdocio común y ministerial a todos mis hermanos en Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica que toda la grey de creyentes es sacerdotal, ya que “Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia ‘un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre’” (CEC 1546). Nosotros los laicos hacemos uso de ese sacerdocio común configurado por nuestro bautismo al tener una vida de fe, esperanza y caridad según el Espíritu Santo, unidos a la misión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Por su parte, el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, es decir, al desarrollo de la gracia bautismal en todos los cristianos. Sin embargo, este servicio mutuo no iguala ambos sacerdocios: como enseña el Concilio, difieren esencialmente y no solo en grado (Lumen Gentium 10), pues el sacerdote ministerial queda configurado de un modo singular para actuar in persona Christi capitis. Los sacerdotes fueron establecidos “para intervenir en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Hb 5, 1), y por esto su ministerio es transmitido mediante un sacramento propio: el sacramento del Orden (CEC 1547). Es importante comenzar con estas distinciones para determinar las responsabilidades que cada uno tiene con el otro.
En el Evangelio según san Mateo escuchamos que el Señor dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 37-38). Ese trabajo es la evangelización, es decir, mostrar el rostro amoroso de Dios y defender sus enseñanzas, así como participar en la lucha espiritual contra el demonio. Esas palabras nos llevan a pensar en la carencia de buenos y santos sacerdotes que tenemos en Occidente. Los números son preocupantes: a nivel mundial se estima una proporción de un sacerdote por cada 3,408 fieles (Agencia Fides, 2024), cifra que se agudiza dramáticamente en ciertas regiones. En la Diócesis de Ciudad Juárez, por ejemplo, apenas 124 sacerdotes —104 diocesanos y 20 religiosos— deben darse abasto para pastorear a casi un millón de fieles católicos (INEGI, Anuario Pontificio, 2024), una cifra desproporcionada incluso antes de considerar el enorme desgaste y las exigencias de su labor diaria.
Tres servicios del sacerdote
A diferencia del sacerdocio común, cuyo campo de acción es la transformación del mundo social y familiar, el sacerdote tiene tres servicios que en latín se llaman los tria munera, de acuerdo con LG. El primero es el munus sanctificandi, santificar: el sacerdote debe ante todo celebrar los sacramentos y celebrarlos bien, los cinco que corresponden a su ministerio, particularmente la Eucaristía de forma cotidiana y la Confesión de forma frecuente. El segundo es el munus docendi, enseñar: el Vaticano ha recordado recientemente que la homilía en la misa le corresponde exclusivamente al sacerdote y al diácono, porque actúan in persona Christi capitis, y nosotros los laicos tenemos derecho a escuchar una homilía fiel a la doctrina de la Iglesia, no una enseñanza ajena a ella. El tercero es el munus regendi, gobernar: el sacerdote tiene esa responsabilidad porque representa a Jesucristo; ese es el encargo que ha recibido en su ordenación, el de guiar a los laicos imitando siempre el ejemplo de Jesús, con amor y paciencia.

Estos tres servicios encuentran su fundamento más profundo en lo que la tradición llama el alter Christus, el otro Cristo. Como enseñaba Santo Tomás de Aquino, “el sacerdote de la nueva ley actúa en representación de Cristo” (Aquino, ST III, q. 22, a. 4), y en la misma línea, san Ignacio de Antioquía describía al obispo como “la imagen del Padre” (Ignacio de Antioquía, Trall. 3). San Juan Crisóstomo añade que esa dignidad va aún más lejos: el sacerdote ejerce también una paternidad espiritual sobre quienes engendra en la fe, pues si los padres naturales nos dan la vida para este mundo, los sacerdotes nos engendran, por el bautismo y los sacramentos, para la vida eterna (Crisóstomo, Sac. III, 6). Es por eso que el estándar que se le exige al sacerdote es tan alto, y por esa misma razón nuestra relación con él no puede ser solo la de un feligrés con un administrador de servicios religiosos, sino la de un hijo con su padre espiritual.
Enriquecerlos y enriquecernos
Sin embargo, esta presencia de Cristo en el sacerdote no lo exime de las debilidades humanas. Su vida debe ser un trabajo constante hacia la santidad, un ejemplo del camino a Dios. Como decía san Agustín: “Soy obispo para vosotros, pero soy cristiano con vosotros” (Agustín, Serm. 340, 1). Y, sin embargo, ¡qué duros, qué injustos y qué desalentadores somos muchísimas veces los laicos con nuestros sacerdotes, que no aceptamos que sean humanos! ¿Acaso no se les está pidiendo que sean santos? Que no tengan un mal momento, que no se cansen, que siempre, siempre tengan una sonrisa en los labios, que sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto. Cuando esa perfección es la meta del camino, se les está pidiendo que ya hayan llegado. Jesús no le dijo a Pedro cuando lo traicionó: “No quiero saber más de ti.” Sino que, después de resucitado, le preguntó: “¿Me amas?”, y le encomendó su grey (Jn 21, 15-17). El Señor comprende que somos seres humanos, los sacerdotes y también los laicos. Juntos tenemos la vocación de la santidad, la llamada a caminar hacia ella, a levantarnos cuando caemos, a acudir a la misericordia divina. El sacerdocio ministerial y el común se enriquecen y sostienen mutuamente, al servicio de sus hermanos y del Reino de Dios.
Por eso, es profundamente edificante conocer sacerdotes entregados, generosos y contentos con su ministerio: estos hombres son una de las más poderosas semillas de nuevas vocaciones. No es casualidad que la mayoría de las vocaciones al sacerdocio nazcan en el seno de una familia católica comprometida con la Iglesia. Una familia que reza por su párroco, que lleva a sus hijos a misa con gozo, que habla de la vida sacramental como algo hermoso y enseña la tradición intelectual de la Iglesia, está sembrando la semilla de una futura vocación sacerdotal o religiosa. Por eso, como Iglesia, extendemos también la invitación a orar activamente por las vocaciones sacerdotales y, en la medida de lo posible, a apoyar al Seminario, porque sin seminaristas hoy no habrá sacerdotes mañana.
Gracias a Dios por los sacerdotes
Demos gracias a Dios por los sacerdotes y no les pidamos más de lo que les pidió Jesús: que fueran sus enviados, que se amaran entre ellos, y que cada día se pusieran en camino para ser un poco mejores, porque el Señor confió en ellos. Por eso, si los laicos no cuidan a sus sacerdotes, estos tienen que alejar su mirada de sus tres servicios principales y enfocarse en las cosas del mundo. Emprendamos pues, un trabajo de equipo: el sacerdote piensa en Dios y en evangelizar, y el laico atiende al sacerdote y a las necesidades de la Iglesia.
Extiendo la invitación a todos nuestros hermanos en Cristo, los bautizados, a ejercer nuestro sacerdocio común y a apoyarnos en este camino de la santidad. Podemos empezar con pequeños hábitos sostenidos: rezar por los sacerdotes de la parroquia a la que asistimos y por nuevas y santas vocaciones, como nos pidió el Señor de la mies; si está en nuestras posibilidades, dar una despensa, una donación o cocinar para ellos; y si somos parientes o amigos de un sacerdote, darles siempre nuestro tiempo y cariño. Que el Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, bendiga a quienes ha llamado a su servicio, y que nos dé la gracia de ser para ellos lo que ellos son para nosotros: un signo visible de su amor. Somos, todos juntos, su Iglesia, caminando hacia Él.





























































