Mtro. Iván González Ibarra/Primera parte
Son las 9:00 am del domingo 19 de julio, y estamos en Prenzlauer Berg, Berlín. Hemos tomado el autobús de la línea 255 y caminado 650 metros desde la parada de Schönhauser Allee hasta la esquina de Dänenstraße 17, donde se levanta, sobria y de ladrillo rojo, la parroquia de St. Augustinus, declarada monumento protegido del Land de Berlín [Landesdenkmalamt Berlin, s.f.].
El templo, obra de Josef Bachem y Heinrich Horvatin, fue construido en 1927 y consagrado en 1928 por el obispo auxiliar Josef Deitmer [Augustinus Berlin, s.f.; Landesdenkmalamt Berlin, s.f.]. Pertenece a esa generación de iglesias que el catolicismo levantó en medio de la diáspora berlinesa, cuando los católicos no sumaban ni el 10% de la capital del Reich. Su origen, sin embargo, es anterior: conformado como pastoral desde 1903, luego curato en 1909 y, finalmente, parroquia de San Agustín en 1921.
Al entrar, el rito nos impone su orden. Tomamos agua bendita de la pequeña pila de piedra junto a la puerta y nos la ponemos en la frente. Luego, con una paleta de metal, retiramos una hostia aún sin consagrar de una bandeja de mimbre y la depositamos en otra, de aluminio, colocada a la derecha del ambón: es la costumbre poscovid en buena parte de las parroquias de la Arquidiócesis de Berlín para evitar el contacto de manos al repartir el pan. Al avanzar a nuestro lugar hacemos la genuflexión frente al altar, a la usanza local, y luego tomamos asiento. El resto del rito nos resulta familiar: solo el Credo aquí se reza un poco más breve que en casa.
Entran el padre y un acólito —en parroquias tan menguadas como ésta, es frecuente que el propio sacristán haga las veces de monaguillo, un adulto mayor con traje negro y roquete blanco corto encima—. La comunidad se pone de pie y toma su himnario, que llaman el Gotteslob. Ahora, en una pequeña pantalla LED empotrada en una columna de hormigón, se anuncia el número de los cánticos, que el órgano Jehmlich de Dresde acompaña con una gravedad imponente.
A lo lejos, y entre bancas vacías, se alcanza a ver un niño de no más de cuatro años, rubio y de melena larga, que permanece con sus padres jugando con un incensario de juguete. Lo mece de un lado a otro imitando al acólito que no está, y lo abre y lo cierra con una destreza que sorprende para su edad: es una réplica de metal, pequeña, pero exacta.
Al frente del altar hay un solo sacerdote, ya entrado en años, y no más de 60 fieles en la iglesia. Pocos jóvenes, pocas familias, pocos niños. Entre las vacaciones de verano y la caída sostenida de los bautismos, la parroquia luce casi despoblada. En los libros de 1928 la comunidad sumaba varios miles de feligreses —el territorio parroquial cubría de Bernauer hasta Schönhauser Allee— y hoy ni siquiera subsiste como parroquia autónoma: el cardenal Georg Sterzinsky la suprimió y la incorporó a la parroquia de la Sagrada Familia, con la que ya compartía párroco desde septiembre de 1992 [Augustinus Berlin, s.f.].
Del impuesto, o el diezmo hecho ley
Lo que presenciamos es mucho más complejo de lo que parece y no se entiende sin algo de análisis de un pasado denso. Hay que volver al Receso de la Diputación Imperial —Reichsdeputationshauptschluss— dictado el 25 de febrero de 1803. Cuando Napoleón expropió los principados eclesiásticos, el Estado prometió compensar a la Iglesia con una renta perpetua. Esa promesa se volvió impuesto en el siglo XIX y se incorporó a la Constitución de Weimar en 1919: es el impuesto eclesiástico, que acá llaman el Kirchensteuer.
Hoy, en la República Federal Alemana, toda persona que al hacer su registro de domicilio —Anmeldung— se declara «católico romano» —römisch-katholisch—, o incluso quien se declara «sin religión» pero deja rastro de bautismo en su país de origen, abre la posibilidad de que la oficina eclesiástica de recaudación indague su partida y le asigne de manera automática un 9% adicional sobre su impuesto sobre la renta, descontado directamente por el patrón o desde su cuenta bancaria [Oficina Precaria Berlín, 2020; HISPALEMAN, 2024]. Por este impuesto público, tan solo en 2023, la Iglesia católica en Alemania recibió 6.5 mil millones de euros [Katholisch.de, 2024]. Para darnos una idea, solo la Arquidiócesis de Colonia obtuvo 655 millones en ese mismo año y 666 millones en 2024 [Erzbistum Köln, 2025], administrando un presupuesto superior al de varias diócesis mexicanas juntas.
El tributo explica las dos caras de la moneda: la riqueza y el vacío. Todos los años, cientos de miles de berlineses acuden al juzgado municipal —Amtsgericht— a presentar su declaración de abandono de la Iglesia —Kirchenaustritt— que cuesta 30 euros, dejando de ser católicos ante el Estado y asumiendo que no podrán recibir nuevos sacramentos. Eso pega también en las vocaciones: en 2023 la Conferencia Episcopal Alemana registró apenas 38 ordenaciones sacerdotales —34 diocesanas y 4 religiosas— con una caída neta de 285 sacerdotes en ejercicio, de 11,987 a 11,702 en un solo año [Deutsche Bischofskonferenz, 2024]. Ese mismo año, más de 402 mil fieles presentaron formalmente su salida de la Iglesia [Deutsche Bischofskonferenz, 2024].
Otra atenuante: el lado Este, o la Iglesia que sobrevivió a la RDA
La iglesia de St. Augustinus está ubicada en el antiguo Berlín Este, y eso lo dice todo. La Diócesis de Berlín —Bistum Berlin—, erigida el 13 de agosto de 1930 [Erzbistum Berlin, s.f.], nunca fue dividida canónicamente, ni siquiera después del 13 de agosto de 1961, cuando se comenzó a constrir el muro. El obispo Alfred Bengsch, nombrado tres días después de levantada la estructura, mantuvo su residencia en Berlín del Este y, hasta 1973, solo podía visitar el lado occidental de la ciudad tres días al mes; después, solo mediante permisos trimestrales [Katholisch.de, 2019]. Al prelado aún se le recuerda como una suerte de bisagra viva que sostuvo la unidad de un obispado partido políticamente en dos.
En la República Democrática Alemana —Deutsche Demokratische Republik, RDA—, de corte socialista, el impuesto eclesiástico perdió su respaldo estatal: desde 1952 dejó de recaudarse por las oficinas de Hacienda y pasó a depender de una cuota parroquial voluntaria —Kirchgeld— sin ninguna base coercitiva, que buena parte de los fieles simplemente dejaba de pagar. Ser católico era además un acto de disidencia, pues no se autorizaba construir templos ni repararlos, tampoco había permisos para seminaristas. Las parroquias del Este, como ésta, sobrevivieron como iglesias de catacumba, con veinte ancianas y un cura que oficiaba en un sótano.
Con la Reunificación —Wiedervereinigung— de 1990, se les aplicó de golpe el sistema del Oeste. Así, muchos fieles que habían resistido cuarenta años de socialismo no resistieron el primer recibo de Hacienda —Finanzamt— y se dieron de baja. Las piedras que no se cayeron bajo la RDA empezaron a caerse después, por falta de mantenimiento.
Cáritas, o la Iglesia como Estado
Pero, entonces ¿a dónde va entonces tanto dinero, si ya no hay fieles que lo justifiquen? A la red de asistencia pública del Estado alemán. Cáritas es el mayor empleador del sector social en Alemania, con cerca de 740,000 trabajadores en unas 25,000 instituciones y servicios [Deutscher Caritasverband, 2025]; junto con su contraparte protestante, la Diakonie, ambas organizaciones eclesiales forman el segundo bloque de empleo más grande del país, solo detrás del sector público. Administra hospitales, una cuarta parte de las guarderías infantiles —Kitas—, universidades y residencias. El impuesto no sostiene solamente misas: sostiene un Estado de bienestar paralelo.
Al salir de misa me atreví a preguntarle al padre del menor dónde habían conseguido el incensario de juguete. Pensé, ingenuamente, que la respuesta sería “de un viaje a Roma”. No fue así: me dijeron que lo habían adquirido aquí, en Berlín.
Esta es la mística católica de Berlín. No una fe profusa como la que podríamos observar en México, sino una permanencia, una resistencia compleja y a veces contradictoria. Un niño que, en una iglesia declarada monumento, rodeado de sesenta fieles adultos y un párroco octogenario, juega a ser acólito con un incensario adquirido en la misma ciudad que hoy es, quizá, la más secularizada de Europa.































































