Catequesis 12: Una paz más allá de la ausencia de guerras
Mons. Ramón Castro Castro/CEM
Hermanos y hermanas en Cristo, en el libro del Apocalipsis se nos presenta una escena poderosa, un ángel desciende del cielo con una gran cadena y atrapa al dragón, la serpiente antigua que es el diablo y Satanás, encadenándolo por mil años. Esta imagen es nuestra esperanza, un mundo de paz bajo el reinado de Cristo. San Agustín nos enseña que estos mil años representan el tiempo presente de la Iglesia en la Tierra. No es una era de placeres terrenales, sino el tiempo en que Cristo reina espiritualmente desde su primera venida hasta su retorno glorioso. La atadura de Satanás no significa su destrucción, sino una limitación real de su poder. El mal sigue presente en el mundo, pero su influencia ha sido restringida.
Ya no puede impedir la expansión del Evangelio, ni dominar sin oposición. Desde la victoria de Cristo en la cruz, el poder del maligno ha sido debilitado y la luz del Evangelio comenzó a iluminar a los pueblos. Pero, aunque encadenado, el mal no ha desaparecido. Su astucia sigue siendo una amenaza. Busca dividir, fomentar injusticias, apartar a las personas de Dios.
En nuestro México actual vemos cómo el engaño puede justificar actos violentos, corrupción que se presenta como justicia, odio que se disfraza de patriotismo. El mal puede presentarse como ideologías aparentemente buenas, manipular corazones y sostener estructuras que perpetúan el sufrimiento. Vemos esto en la política del odio, en las noticias falsas que dividen familias, en la corrupción que se justifica como necesaria.
Una de las tácticas más peligrosas del mal es presentar a Dios como un enemigo del progreso y la libertad, hacer que la humanidad desconfíe de su Creador y se aleje de la única fuente de paz verdadera.
En esta lucha, la Iglesia proclama con esperanza que el reino de Cristo ya ha comenzado. No es sólo una promesa futura, sino una realidad que se manifiesta donde se vive el Evangelio. Quienes siguen a Cristo y se esfuerzan por ser fieles a sus enseñanzas son testigos vivos de su reino. El reino de Cristo no es una idea abstracta, sino una fuerza transformadora en la historia.
Reconocer a Cristo como Rey implica construir estructuras más justas, vivir con responsabilidad y trabajar por la paz. En nuestro país, esto significa enfrentar la impunidad, combatir la corrupción, defender a los migrantes, proteger a las familias. Vivir en este reino significa promover el amor, la justicia, la caridad y el perdón.
Los cristianos estamos llamados a ser fermento de transformación, sembradores de una paz que florece donde el mal pierde su influencia. El primer paso es reconocer a Cristo como el centro del universo. Esto exige rechazar toda ideología o sistema que contradiga su reino de amor y de verdad, sea de derecha o de izquierda, que use la violencia o la mentira como método.
Hermanos y hermanas mexicanos, este compromiso se concreta en nuestras acciones diarias, en la caridad sencilla, en la defensa de los vulnerables, en la reconciliación familiar y social, en la promoción de la verdad contra la mentira, allí donde se elige el bien por encima del interés personal, donde se perdona en lugar de vengarse, donde se construye en lugar de destruir. Allí se manifiesta la victoria de Cristo sobre el mal.
La atadura del maligno iniciada por Cristo no es el fin de la lucha, pero sí el comienzo de una victoria segura. Es la certeza de que el mal no tiene la última palabra en la historia de nuestro país.
La esperanza del Teino nos invita a vivir como ciudadanos del cielo, comprometidos en la transformación de México según el corazón de Dios.
Maranatá, ven Señor Jesús, venga a nosotros tu reino.


































































