Al Padre Hesiquio Trevizo. In Memoriam
Ing. Julio Fernández/Instituto Diocesano de Teología
La expresión “centinela” tomada del profeta Ezequiel, la utilizó el propio P. Trevizo en sus escritos para describir la misión del profeta y el pastor en el mundo actual. Y, al escribir sobre san Carlos de Foucauld (figura que admiraba profundamente), el P. Hesiquio lo describe como un “centinela colocado en las fronteras de un mundo desconocido” (El Diario, 20/08/2014). Esta descripción, creo yo, es un reflejo de su propia vida.
Han pasado cuatro años desde aquel tercer domingo de Pascua en que el P. Hesiquio Trevizo fue llamado a la Casa del Padre a la edad de 76 años. Para quien escribe, a quien él llamaba cariñosamente y con ese humor que lo caracterizaba “Julius Maximus Brutus”, su partida seguirá siendo un compromiso constante con su legado.
La historia del padre Hesiquio comienza en la sencillez de Matachí, Chih., donde nació el 18 de diciembre de 1945. Ahí, de niño –nos platicaba con nostalgia-, bajo la sombra de un hermoso álamo centenario, recibía la catequesis infantil; pero no solo eso… era un árbol que, para él, simbolizaba la “aurora de su vocación”.

Esa vocación, descrita por su director espiritual como un “dedo dislocado que solo volvería a su lugar al aceptar el sacerdocio”, lo llevó hasta Roma, donde, por la imposición de las manos del Papa Pablo VI (ahora San Pablo VI), fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1975. En efecto, fue ordenado sacerdote mediante la imposición de las manos de un gran santo de nuestro tiempo.
El Padre Trevizo fue, sin duda, una de las mentes más brillantes de nuestra región; un gran teólogo y biblista -formado en la Universidad Gregoriana de Roma y en Jerusalén-, que entendía que el conocimiento no debía quedarse “como paja amontonada”, sino servir al diálogo. Por eso, durante 25 años, su columna en El Diario de Juárez fue un areópago donde la fe, la política y la cultura se entrelazaban para juzgar los “signos de los tiempos” desde una auténtica antropología teológica. Su labor como vocero y columnista lo posicionó naturalmente como ese centinela atento a la “crisis moral” de su comunidad fronteriza.
Su casa era prácticamente una biblioteca, llena de libros desde el primer metro cuadrado. Hoy, ese tesoro intelectual de más de 4,300 volúmenes descansa en el Colegio de Chihuahua, cumpliendo el deseo explícito del padre de que estuviese al servicio de la comunidad académica y de todo aquel que busque la verdad.

En lo personal, atesoro los años de colaboración en la parroquia de Jesús Maestro, donde sirvió fielmente por 30 años. Compartimos desde la transcripción de sus homilías y artículos hasta el humo de su famosa paella que llevábamos a los padres formadores del Seminario, pues era un “chef de primera calidad” (Presencia, 18/05/2022).
Pero el momento que guardo con más fuerza fue su última llamada desde el hospital. Con la serenidad de quien sabe que el viaje termina, me dijo: “Julius… ya tengo lista la homilía dominical, envíasela a los padrecitos… te encargo la parroquia”. Fue el último gesto de confianza hacia mí, a quien él mismo impulsó a discernir y responder en la vocación al diaconado permanente.
En su Misa de Exequias, el P. Francisco García nos contaba cómo, poco antes de su partida, citaba a Mozart diciendo: “De mí podrán decir lo que quieran y criticarme, pero de mi música no”. Y es que, ciertamente, el padre Hesiquio Trevizo tocó buena música; una melodía de disciplina, oración y lectura que resonó en “las ondas” de Canal 44, en las páginas de los diarios y en el corazón del presbiterio.

Al final, como él mismo decía, citando una película clásica: “Ni estaban tan altas las trancas ni era tan grande el brinco; era apenas un brinquito el que se tenía que dar”. Hagamos, pues, lo que tanto nos pidió desde el hospital: “Oremos unos por otros”.
Descanse en paz, mi querido señor cura párroco, padre espiritual, maestro y amigo.

































































