Felipe de J. Monroy/Periodista católico
En la portada del diario con más suscriptores del mundo (12.8 millones) y el segundo con más tiraje físico en los Estados Unidos (+350 mil ejemplares), no podían dejar de destacar la historia de un joven coleccionista de Biblias de lujo –algunas con costo superior a los 8 mil pesos mexicanos– que refleja un nuevo fenómeno de consumo de publicaciones y que parece darle un aire renovado a la industria editorial. Desde el inicio del siglo, todos los productos editoriales e impresos entraron en crisis. El costo combinado de papel, impresión, distribución, almacenamiento y demás factores que participan en la industria de periódicos, revistas o libros no podía competir en modo alguno con la inversión en herramientas computacionales; además en aspectos de eficiencia, rapidez, volumen de almacenaje, enmiendas a los productos y versatilidad, la distancia siempre ha sido aún mayor. Como se sabe, entramos en la era digital de lleno y sin dolor. El cambio del soporte material de los productos y contenidos –del papel al byte– fue tan vertiginoso y tan sin miramientos que, en muchas instituciones se abandonó el archivo físico y se almacenaron de inmediato sus más importantes documentos en las primeras versiones de la web. Con el tiempo y con la actualización galopante del mundo digital nos dimos cuenta –tarde– que la incompatibilidad de versiones hizo que no pocos datos e historias se perdieran en un silencioso cementerio de ceros y unos fragmentados. La archivonomía institucional hoy sabe que, aunque campean los sistemas informáticos, sigue habiendo documentos imponderables que merecen papel, carpeta y caja. Que el futuro los merece. Y ahí es donde entra la historia sobre la nueva generación de bibliófilos y adeptos al journaling artesanal, pues este sector busca alejarse de la cultura de lo instantáneo, de lo artificial y del soporte que irradia luz azul desde las pantallas de dispositivos; su nuevo lenguaje no radica tanto en el contenido como en el continente y en los objetos tangibles, maniobrables y cuya fricción al contacto advierta texturas y sensaciones. La proliferación de contenido digital realizado por sistemas automáticos imitadores del lenguaje natural (llamados Inteligencia Artificial) satura el ámbito informativo y conversacional en nuestros días; y, al mismo tiempo, crece brutalmente la desconfianza –por la fugacidad y la incertidumbre de la veracidad– en lo que se consume. Por ello, la respuesta ante lo impersonal, lo estandarizado, lo frío, lo indiferente e indistinguible de la realidad digitalizada parece estar en los objetos duraderos, manufacturados o armados con una singular dosis de delicadeza, cuidado y autoría definida. En el sector editorial se vuelve a apostar por portadas ilustradas, papeles selectos, cantos tintados y tirajes limitados; el nombre del juego ya no es el volúmen o la masividad de ejemplares sino la experiencia física y estética de la lectura o la contemplación del libro-objeto. Por ejemplo, luego de que Ediciones La Uña Rota obtuviera el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en España, su directiva afirmó: “Queremos pensar que los nuevos libros que os proponemos en este primer trimestre de 2026 no obedecen solamente a la inevitable lógica del mercado, sino que, además, y sobre todo, son piezas de todo un catálogo -una constelación- cimentado en el tiempo”. ‘Tiempo’ es aquí la palabra clave. Cuando observamos los archivos de la temprana edad informática popular (floppy disks y cd’s) no sólo parecen obsoletos –que lo son– frente a los repositorios en papel y tinta; sino que éstos, con el paso de los años, no sólo sobreviven sino que añaden en su soporte otros signos de información. En las bibliotecas y hemerotecas, el tiempo ‘escribe’ con paciente y tenaz silencio. Eso es algo que, obviamente incluso en los modernos sistemas de almacenamiento de información (discos duros, ‘nube digital’ o cúbits de superposición cuántica) es imposible. Esta renaciente cultura de lectura sobre soportes materiales y simbólicos no es exclusiva del libro también parece remontar en las revistas, catálogos, diarios y demás impresos de valor; porque son una respuesta a la ansiada ‘desconexión digital’ momentánea. El oficio y la industria de la impresión hoy en día –a diferencia de su camino en los últimos 500 años– ya no pretende tener una función democratizadora para acercar información o conocimiento a las masas; sino que ha vuelto a ser una dimensión emocional para los propietarios de los objetos. El lujo de poder imprimir (porque los costes siguen siendo incomparables frente a la publicación de contenido digital) revalora tanto el soporte como el contenido de lectura, pues no sólo se materializa el pensamiento sino que encapsula al tiempo mismo: al tiempo puesto en el cuidado de cada elemento antes de que llegue literalmente a las manos del lector y al tiempo que irá acumulando sobre él la materia del mundo que le usa y le rodea; pues, como apuntó Belén Gopegui Durán: “ya no lees para aislarte del mundo, sino para estar con él”.

































































