Prof. Roberto Torres G/Instituto Diocesano de Teología
La Pascua, en su raíz más antigua, no es aún una fiesta cristiana sino un acontecimiento teológico fundante inscrito en la memoria viva de Israel: es el paso, el tránsito, la irrupción de Dios en la historia para liberar a su pueblo de la esclavitud. La Pascua judía no es simplemente un recuerdo sino una actualización sacramental de la liberación; en ella, el tiempo se pliega y el evento del Éxodo se hace presente. El Cordero inmolado, la sangre en los dinteles, el pan ázimo, la prisa de la huida, todo constituye un lenguaje simbólico que no agota su sentido en el pasado, sino que apunta, de manera profética, hacia una plenitud aún no revelada. En efecto, la estructura misma de la Pascua judía es tipológica: contiene en germen aquello que será manifestado en la economía plena de la salvación.
El paso de la Pascua judía a la Pascua cristiana no es una ruptura sino una transfiguración ontológica del sentido. Cristo no abroga la Pascua, la cumple en su totalidad. La Última Cena, celebrada en el contexto pascual, no es un simple banquete conmemorativo, sino el acto mediante el cual Jesús reinterpreta radicalmente los signos: el pan ya no es solo memorial de la prisa de Egipto, sino su propio Cuerpo entregado; el vino ya no es solo signo de alegría escatológica, sino su Sangre derramada como nueva alianza. Así, el Cordero pascual deja de ser figura para convertirse en realidad personal: Cristo mismo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La tipología se consuma: lo que era sombra se vuelve sustancia.
La muerte de Cristo en la cruz acontece en clave pascual. No es un accidente histórico, sino un cumplimiento preciso del designio divino. Como en Egipto, la sangre salva de la muerte, pero ahora no se trata de una liberación temporal, sino de una redención universal y definitiva. La cruz es el nuevo dintel sobre el cual se derrama la sangre que libra del exterminador, que ya no es el ángel de la muerte, sino el poder del pecado y de la muerte eterna. Aquí se produce un desplazamiento radical: la esclavitud ya no es política, sino ontológica; el enemigo ya no es el faraón, sino el pecado; la liberación ya no es geográfica, sino existencial.
Sin embargo, la Pascua cristiana no se detiene en la cruz. Si así fuera, permanecería incompleta. La Resurrección es el momento culminante, el verdadero “paso”, no solo de Cristo, sino de toda la humanidad en Él. Cristo atraviesa la muerte y la vence desde dentro, inaugurando una nueva condición de existencia. La Resurrección no es un retorno a la vida anterior, sino el ingreso en una vida transfigurada, gloriosa, definitiva. Aquí se revela la novedad absoluta: la muerte ha sido despojada de su poder. La Pascua se convierte, entonces, en el paso de la muerte a la vida, de la corrupción a la incorruptibilidad, de lo temporal a lo eterno.
Desde una perspectiva bíblica, este tránsito está profundamente articulado. El Éxodo prefigura la liberación; los profetas anuncian una nueva alianza; los salmos cantan la victoria de Dios sobre la muerte; los evangelios narran el cumplimiento en Cristo; las cartas apostólicas interpretan el misterio; y el Apocalipsis lo celebra como triunfo definitivo del Cordero. Toda la Escritura converge en este punto: la Pascua cristiana es el centro hermenéutico de la historia de la salvación. No es un evento aislado, sino el eje sobre el cual gira toda la revelación. Teológicamente, la Pascua de la Resurrección introduce una nueva ontología del ser humano. Ya no se trata solo de ser criatura, sino de ser criatura redimida, incorporada a Cristo. Por el bautismo, el creyente participa sacramentalmente en este misterio pascual: muere al pecado y resucita a una vida nueva. La Pascua deja de ser solo un acontecimiento externo para convertirse en una realidad interior, existencial, permanente. Cada cristiano está llamado a vivir en estado pascual, es decir, en un dinamismo continuo de muerte y resurrección, de conversión y renovación.
Litúrgicamente, la Iglesia perpetúa este misterio en la celebración pascual. La Vigilia Pascual no es una simple ceremonia, sino la actualización sacramental del paso de Cristo. En ella, la luz vence a las tinieblas, la palabra recorre la historia de la salvación, el agua regenera, y la Eucaristía consuma la comunión con el Resucitado. La liturgia no recuerda: hace presente. En cada celebración pascual, el creyente es introducido nuevamente en el misterio, no como espectador, sino como participante.
En síntesis, el paso de la Pascua judía a la Pascua cristiana es el paso de la figura a la realidad, de la promesa al cumplimiento, de la liberación temporal a la salvación eterna. Es el tránsito del símbolo al misterio pleno revelado en Cristo. La Pascua ya no es solo memoria de un éxodo pasado, sino celebración de una victoria presente y anticipación de una gloria futura. En Cristo resucitado, la Pascua alcanza su sentido definitivo: Dios ha pasado por la historia para abrir al hombre el camino hacia la vida eterna, y ese paso sigue ocurriendo, silenciosa, pero eficazmente, en el corazón de la Iglesia y de cada creyente.
Bajo el Amparo de María Santísima quedamos todos.

































































