Por Blanca A. Martínez
Confiado en que lleva por buen camino su plan de vida, que se resume en los dos términos que guían su proyecto sacerdotal, Javier Álvarez Armendáriz, de 29 años de edad, camina feliz hacia la fecha en que, por imposición de las manos del obispo don Guadalupe Torres Campos, recibirá el primer grado del Sacramento del Orden.
Su vocación
Javier ubica su vocación en las dos comunidades parroquiales en las que transcurrió su infancia, adolescencia y juventud, así como en su familia de raigambre católica.
En Santa Rosa de Lima fue monaguillo del entonces párroco, padre Beto Luna. Su mamá cantaba en el coro parroquial mientras que su abuela materna era la sacristana del templo enclavado en la Colonia San Antonio, y la paterna, integrante de la Legión de María.
Más adelante, por cambio de domicilio, Javier siguió sirviendo a la Iglesia, ahora en una comunidad al lado opuesto de la ciudad: en la capilla Santa María del Pueblito, de la parroquia Santos Mártires Mexicanos.
“Ahí los frailes franciscanos me ayudaron a reafirmar el llamado con su acompañamiento”, dijo Javier recordando el momento previo de su ingreso al Pre Seminario y al Seminario.
Dios lo llamó
Algo que Javier tiene muy claro de su proceso vocacional es el momento del llamado concreto que Dios le hizo para ser sacerdote. Lo dice con toda seguridad y serenidad:

“Siempre le iba preguntando a Dios por qué no me satisfacía el servicio que hacía. En oración le decía: necesito algo más. Y lo recuerdo muy bien, fue el 10 de noviembre de 2017 cuando recibí este llamado. Fui a una Hora Santa en La Sagrada Familia”.
Para ese momento Javier estudiaba el quinto semestre de la licenciatura en gerontología. Le faltaba año y medio para concluir, pero no dudó en atender la voz de Dios que se hizo palpable en esa vigilia.
“Ese día había una oración por los presos que el Papa Francisco había pedido. Un grupo de mi comunidad fuimos a cantar en esa Hora Santa. Era la primera vez que iba a esa parroquia y sentí el impulso de ir a la capilla de Adoración que tienen ahí. Entré y empecé a hacer oración hasta llegar a una profunda intimidad. Vi con claridad que Dios hizo florecer en mi la semilla de la vocación sacerdotal y pude tomar la decisión de dejar la escuela para entrar al Seminario”, contó.
Javier se preparó un semestre y en agosto de 2018 ingresó al Seminario sin haber tenido un acompañamiento previo, solamente el Pre Seminario en julio de ese año.
La estancia de Javier en el Seminario fue, como es evidente, fructífera. Y también feliz. Aunque siempre le disgustó dormir fuera de casa porque “no se hallaba”, al llegar al Seminario no tuvo problema en adaptarse. Le tocó dormir, convivir, comer, trabajar con 22 desconocidos -los jóvenes de su generación- y era como si siempre hubiera estado ahí, como si fuera su familia de toda la vida.
Javier dice que en las etapas que ahí vivió, desde el Curso Introductorio hasta Teología, consolidó su maduración hacia el ministerio: desde el enamoramiento, el descubrimiento de quién realmente es como persona, hasta aprender a llevar lo espiritual hacia lo pastoral para seguir esculpiendo su corazón de pastor, siempre con la gracia de Dios hacia lo que él llama el resumen de su proyecto sacerdotal: Fidelidad y misericordia.
“Fue una emoción decirle a Dios ‘sí, aquí estoy’”.
Javier y Jorge ven así su ordenación diaconal:
“A pesar de las circunstancias, lo vemos como un designio, un regalo de Dios y nos abandonamos a su voz. Le agradecemos mucho al obispo. Es una gracia que vayamos a poder ejercer el ministerio y confiamos en Dios en que, así como esto fue muy rápido, así podamos esperar cuando sea su voluntad de que lleguemos al sacerdocio”.
































































