Víctor Hugo Estala/Analista
Ciudad Juárez, más allá de ser un punto estratégico en la frontera y un indicador de la relación con Estados Unidos, constituye un reflejo de las tensiones políticas, sociales y económicas que atraviesa México. En un contexto caracterizado por la polarización nacional impulsada por MORENA y su gobierno, el desgaste institucional y las elecciones ya en puerta, la interrogante sobre la participación de nosotros adquiere una relevancia imperiosa: ¿permaneceremos como meros observadores o asumiremos un rol activo en el destino de la frontera más hermosa del mundo?
Nuestra apreciada ciudad, frecuentemente asociada con estadísticas desfavorables, ha sufrido uno de los peores desgastes en los últimos años. Tan solo el 69.1% de las y los juarenses no nos sentimos seguros de vivir en la ciudad. En febrero de 2026, nos reportaban en el puesto número 17 entre las ciudades más violentas del mundo, con una tasa de homicidios reportada de 60.6 por cada 100,000 habitantes. El 23.7% de la población se encontraba en situación de pobreza, lo que equivalía a más de 379,000 personas, con un 2.2% en pobreza extrema. Ocupábamos el lugar 14 de las 20 ciudades más pobladas en materia de calidad de vida, lo que indica rezagos importantes en el entorno urbano, como desorden vial, deterioro significativo en el alumbrado público, falta de pavimento y una cantidad excesiva de baches. Además, ocupamos la posición número 1 en el consumo de drogas a nivel nacional. A estos desafíos se suman los constantes retos de la migración. Sin embargo, ante todo esto, seguimos siendo una comunidad vibrante que resiste, trabaja y sueña.
No obstante, durante años, el desgaste social, la desconfianza en las instituciones y la apatía ciudadana han ido erosionando el tejido que nos mantenía participando, unidos y siempre con esperanza.
En el marco de la Doctrina Social de la Iglesia, la fe trasciende la esfera privada y se extiende más allá de lo meramente espiritual. Creer implica un compromiso tangible con la realidad, con el prójimo, con la comunidad y con la sociedad en general, constituyendo un llamado a la acción. Discutir conceptos como la dignidad humana, el bien común y la justicia social no representa un ejercicio abstracto, sino una invitación directa a la participación activa, al involucramiento comprometido y al rechazo de la indiferencia.
En Ciudad Juárez, donde los desafíos son evidentes, tales como la inseguridad, la desigualdad, la fragmentación social, la creciente brecha entre las colonias y la baja calidad de vida, la acción participativa deja de ser una opción para convertirse en una necesidad imperiosa y una responsabilidad moral ineludible. No resulta suficiente con señalar, emitir críticas superficiales desde grupos de mensajería (whats app) a las autoridades gubernamentales o lamentar la situación en redes sociales; la transformación se inicia cuando cada individuo asume un rol protagónico en la vida pública, desde el ámbito comunitario hasta el político.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el bien común se construye de manera colectiva y nos insta a la acción. No existen soluciones individuales para problemas de índole colectiva. Por consiguiente, el llamado es claro: transitar de la queja a la acción, de una fe pasiva a una fe que incide, que propone y que transforma. Juárez no experimentará un cambio por inercia, sino mediante la decisión consciente de cada uno de sus ciudadanos, aquellos que aspiran a una ciudad mejor y están dispuestos a involucrarse activamente en su presente y en su futuro.
La participación ciudadanos comprometidos en Ciudad Juárez no constituye un ideal abstracto, sino un reconocimiento de nuestra historia y de las significativas luchas libradas por los movimientos ciudadanos, tales como el Frente Cívico para la Participación Ciudadana, los movimientos feministas en contra de los feminicidios, y la coalición de partidos políticos con ideologías divergentes en pro de la defensa del voto y la lucha contra el fraude electoral. Esta participación representa una necesidad imperiosa que debe ser concretizada.
En consecuencia, de estas importantes luchas, la brecha entre la sociedad y el gobierno se ha ampliado, propiciando una cultura en la cual muchos ciudadanos perciben que su voz carece de relevancia. No obstante, la Doctrina Social de la Iglesia propone una perspectiva contraria: cada individuo posee un rol insustituible en la vida social y política de nuestra comunidad, y se nos insta a participar activamente. De ello, estaremos escribiendo la siguente semana.






























































