Julio Refugio Getsemaní Fernández Rangel | Instituto Diocesano de Teología
Con motivo de la próxima solemnidad de San Pedro y San Pablo, y como un homenaje de gratitud a nuestro pastor, Don José Guadalupe Torres Campos, por su nombramiento como Obispo de Ecatepec y su apoyo a la formación teológica en nuestra diócesis, iniciamos esta serie de cuatro artículos inspirados en el misterio del Primado de Pedro.
Para comprender la grandeza del ministerio petrino, así como de la Sucesión Apostólica, es necesario volver la mirada al personaje histórico, al hombre real. Antes de ser la roca sobre la que se edificaría la Iglesia, Pedro fue simplemente Simón, un rudo pescador de Galilea, originario de Betsaida. Su vida cotidiana transcurría en lo ordinario, en el trabajo duro en el lago de Genesaret, entre las redes de pesca y las aspiraciones de un pueblo que vivía bajo el yugo del Imperio romano.
Los Evangelios nos presentan a Simón como el discípulo de las grandes intuiciones y, al mismo tiempo, de los titubeos más humanos. Es el único que, movido por una fe impulsiva, se lanza a caminar sobre el agua con Jesús, pero que, al sentir la fuerza del viento, se deja vencer por el miedo, duda y comienza a hundirse. Es el amigo que en la Última Cena jura morir por su Maestro, pero que, horas después, ante el frío de la noche y el peligro inminente de la cruz, lo niega tres veces en el patio del Sumo Sacerdote.
¿Por qué Cristo eligió a un hombre con tal fragilidad para ser el cimiento visible de su Iglesia? Desde luego, no por las capacidades humanas de Simón, sino por el misterio inescrutable de la gracia divina. Jesús no buscaba un hombre impecable ni un estratega político, sino un corazón genuino capaz de dejarse transformar por el Amor.
El rostro de Pedro es, en última instancia, el espejo de nuestra propia humanidad: una existencia herida por la debilidad y el pecado, pero rescatada y sanada por la mirada misericordiosa del Resucitado. A la orilla del lago, Jesús no le reprocha su traición ni le exige explicaciones; simplemente lo restituye en su misión mediante una triple pregunta de amor: «¿Me amas? ¿Me amas más que estos? ¿Me quieres?».
Simón, el pescador de Galilea, se convirtió en Pedro el Apóstol de las naciones porque aprendió, a base de caídas y levantadas, que su fuerza no residía en sus propias manos, sino en la fidelidad eterna de Aquel que lo había llamado. Desde las tranquilas aguas de su tierra natal hasta su heroico martirio bajo el mandato de Nerón en la colina del Vaticano en Roma, su vida nos recuerda que Dios no elige a los capacitados, sino que capacita con el Espíritu Santo a los que elige.
Inspirados por el testimonio de Simón Pedro, oremos por el ministerio de Don José Guadalupe Torres Campos. A imagen del primer Apóstol, nuestro Obispo ha sido durante estos años el signo visible de unidad, el pastor que con cercanía guio los pasos de esta porción del pueblo de Dios. Reconocemos en su labor el paso vivo de la Sucesión Apostólica entre nosotros. ¡Que el Señor de la mies bendiga siempre su caminar pastoral!
































































