Así lo expresa en entrevista el obispo don J. Guadalupe Torres Campos, tras recibir la noticia que lo lleva a decirle adiós a esta diócesis a la que sirvió durante 14 años.
Blanca A. Martínez
El pasado domingo 3 de mayo, mientras celebraba la fiesta de la Santa Cruz en la parroquia juarense con el nombre de este símbolo central de la fe, la vida de Mons. José Guadalupe Torres Campos dio un giro inesperado. Un mensaje del Nuncio Apostólico Joseph Spiteri fue el preludio de una noticia que, aunque recibida con el asombro propio de lo humano, fue aceptada de inmediato bajo la premisa de la obediencia: el Papa León XIV lo designó como tercer Obispo de Ecatepec.
Así, tras 14 años de recorrer las calles de Ciudad Juárez -primero como obispo auxiliar y luego como titular-, Mons. Torres Campos se prepara para dejar una tierra que, asegura, fue su «escuela de valores». En esta entrevista, Don Guadalupe abre su corazón sobre la tensión de guardar el secreto pontificio durante diez días, el nudo en la garganta que provoca la despedida y la incertidumbre entusiasta de llegar a una diócesis que, hasta ahora, solo conoce por nombre.
Con la sencillez que lo caracteriza, monseñor reflexiona en la entrevista sobre las enseñanzas que recibió en esta “la mejor frontera del mundo”, tanto para su persona, como para su ministerio, el cual busca llevar con todo amor y disponibilidad a su nuevo destino, ubicado en el corazón de México.

¿Cómo supo de su designación y desde cuándo?
La designación, todo nombramiento lo da el señor Nuncio, entonces me enteré por el señor Nuncio. Él me llama, me manda un mensaje, yo estaba en misa el domingo 3 de mayo, yo estaba en la parroquia de la Santa Cruz, un día significativo también, me llama y me da la noticia en el día de la Santa Cruz. Me dice que el Santo Padre me nombra obispo de Ecatepec y obviamente la primera reacción es de asombro, porque uno no se lo espera, son segundos, pero luego muy fraterno el señor nuncio me dice que con paciencia. Platicamos otras cosas y me dice, señor obispo, se requiere su respuesta, y ya le dije, en obediencia la voluntad de Dios manifestada en el Santo Padre, acepto, adelante.
¿Cómo se siente a 10 días de esa sorpresa?
Primero pues el tema de que hay que guardar el secreto. Yo me entero, pero nadie lo sabe, tiene uno que guardar el secreto pontificio hasta el día de la publicación (13 de mayo), esos 10 días los viví con el sentimiento de la noticia, porque, por una parte uno es frágil y 11 años en Juárez, más aparte los 3 de auxiliar al principio, y uno tiene sus sentimientos. Claro que sí le afecta a uno emocionalmente, parece que me quiebro, pero solamente la gracia de Dios me sostiene, entocnes esos 10 días traté de vivirlos -como lo que resta de mi estancia aquí en Juárez- con tranquilidad, serenidad. Ahora ya me siento más relajado, porque primero es no decirlo, pero hoy tras la rueda de prensa, ya las tensiones se liberan y aunque las emociones siguen, ya son sin tensión. A partir de hoy creo que se van a vivir más tranquilos esos sentimientos y ya pensando en la misión que se me encomienda. Ya mandé algunos mensajes escritos (A Ecatepec), una semblanza por video, y allá lo han acogido muy bien. He estado en contacto con el padre que es el administrador diocesano, he mantenido la comunicación. Y pues a prepararnos y a prepararse la diócesis de Ecatepec para recibirnos. No sabemos la fecha, en cuanto la tengamos, lo daremos rápidamente a conocer y para que muchos padres, gente, quienes quieran, me acompañen.

¿Usted conoce Ecatepec? ¿Qué piensa de aquella diócesis?
No, no, no conozco, nada más el nombre. Voy a llegar, así como cuando vine a Juárez la primera vez, como cuando fui a Gómez Palacio, que no conocía más que el nombre. Aquí lo importante es Dios me llama, yo acepto con alegría, gozo y fe y le pido a Dios su gracia para poder vivir con fidelidad este llamado.
Y en estos 10 días ¿Ha pensado en qué le espera en aquella comunidad?, ¿Qué avizora? ¿Ha estado pensando en algún plan?
Yo voy abierto a lo que el Señor me pida, tengo que conocer, tengo que enterarme del caminar de la diócesis, seguramente el presbiterio y el padre administrador -se llama Luis Martínez- me informará. Y mi idea es que, como decía en la rueda de prensa, yo voy a seguir siendo el mismo obispo José Guadalupe Torres Campos, con mi carácter. Ustedes me conocen, procuro ser cercano y ser sencillo con todo mundo, abierto, entonces esa va a ser mi cara: de sencillez, apertura, cercanía con todos. Los retos propios de la diócesis ya los conoceré, ya los platicaré, ya se me darán a conocer y los trabajaré, ver si hay un plan diocesano, seguirlo, revisarlo, si hay tareas prioritarias, que creo que son las mismas en todas partes, la evangelización, la misión, la vocación, la cultura vocacional, en fin, retos sociales que habrá que atender con la situación de México de inseguridad y violencia, como en Juárez, como en Guanajuato, como en Sinaloa, entonces habrá que estar al pendiente y siempre acompañar a los que sufren, a los afectados.
Voy con gran disposición y le pido a Dios que me lo conceda: ser un padre y pastor para la diócesis que ahora se me confía.
¿Qué le enseñó a usted como persona y como obispo la Diócesis de Ciudad Juárez?
Me enseñó la hospitalidad, esta es una diócesis muy hospitalaria, primero por su gente, la gente que acoge, que recibe a todos. Yo veía que aquí no hay una gran distinción de clases tan marcadas… ya en las relaciones, esa convivencia entre todos sin distinción es algo admirable, gente muy hospitalaria, de todos los niveles podemos convivir. Incluso mi familia, que venía frecuentemente, lo notó, que la gente es muy hospitalaria, muy sencilla, muy acogedora y te recibe con los brazos abiertos. Eso es maravilloso. Estoy muy agradecido con el presbiterio. Siempre lo dije y lo presumí en todas partes, tener el maravilloso tiempo de los martes -que es un reto mantenerlo, y animo a que se mantenga- es una gracia, un regalo. Aprendí eso también, cómo es importante que nos veamos el obispo y presbiterio, que podamos convivir. Ojalá pueda hacer algo semejante, que es difícil por las circunstancias allá, pero aprendo que debo tener un contacto frecuente con el presbiterio, que son los más cercanos colaboradores, entonces buscar algún momento para esa convivencia y cercanía. Aprendí mucho, me enseñaron mucho esos martes. Veo un presbiterio muy unido, habrá diferentes maneras de pensar y eso es muy valioso, enriquecedor, pero en todos los momentos siempre muy unidos en todas las celebraciones, funerales, ordenaciones…Aprendí de mis sacerdotes la fraternidad, la cercanía. Claro, como en toda familia a veces hay diferencias, pero pasan, las superamos.
Aprendí a trabajar con los migrantes, yo en mi vida había visto migrantes, por así decirlo, y aquí aprendí de ellos. Hubo años muy fuertes, muy intensos; ahora, por las políticas de Estados Unidos ha bajado el número, pero este fue un aprendizaje muy fuerte de la pastoral de movilidad humana, tanto por la pastoral aquí, como a nivel Episcopado, que durante seis años colaboré en esta dimensión.
Y otros aprendizajes de las parroquias, siempre aprendí de la gente, de los laicos. Valoro el trabajo de los laicos en todas las diócesis: en mi diócesis de origen, León, en Irapuato, en Gómez Palacio, pero aquí especialmente el trabajo, el servicio, la participación, la entrega y la preparación de los laicos, es algo de lo que aprendí mucho también. Siempre tenemos mucho que aprender de los laicos.
Y así hay muchas otras cosas que ahorita no me vienen a la cabeza, pero en general creo que mi permanencia aquí fue una escuela de valores en la fe, en la esperanza, en el trabajo pastoral para mí. Y espero que yo también haya aportado y contribuido con mi persona, al caminar de Juárez como diócesis. (continuará)
































































