“Ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor” (Lc 2, 11).

Pbro. Felipe Ramos/Párroco de N.S. del Rosario
Desde la tarde del día 24 de diciembre de 2025, con las Vísperas de la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, hemos iniciado, todos juntos como Iglesia, el Tiempo de la Navidad. A diferencia de otros tiempos del Año litúrgico se trata de un período muy corto, pasa breve como un suspiro; no obstante, se trata de una temporada intensa y llena de fiestas.
Hoy domingo estamos celebrando la Solemnidad de la Epifanía del Señor, antes ya, hemos celebrado dos fiestas: la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios y la Fiesta de la Sagrada Familia, así como también nos hemos encontrado con algunas memorias de santos y de mártires: San Esteban proto mártir y la Fiesta de los Santos Inocentes, que es la más significativa de este tiempo. Finalmente, estaremos clausurando el Tiempo de la Navidad con la Fiesta del Bautismo del Señor el próximo domingo 11 de enero de 2026. Así pues, todavía nos queda una semana más de Navidad, y en orden a poder vivirla con mayor fruto espiritual, quisiera señalar de manera breve algunos puntos de la rica teología propia de este tiempo navideño.

- El Misterio de la Encarnación del Señor
Todas las Solemnidades y Fiestas del tiempo de la Navidad nos invitan a meditar y celebrar el Misterio de la Encarnación y nacimiento-manifestación del Señor según la carne. La Navidad no celebra un cumpleaños, no estamos recordando un aniversario de vida de Jesús, sino que estamos celebrando uno de los Misterios más fundamentales para nuestra fe cristiana: Dios se ha hecho carne; sin dejar su naturaleza divina, el Hijo de Dios ha querido asumir nuestra naturaleza humana hasta las últimas consecuencias. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, esto es lo que expresa la Navidad.
Todo lo dicho anteriormente lo podemos constatar en los textos de las oraciones y prefacios del Misal Romano. La oración colecta de la misa de la aurora de la Natividad expresa que todos nosotros hemos sido envueltos por la luz de la Palabra hecha carne y la misa del día pide al Padre que nos conceda compartir la divinidad de Cristo, ya que él se ha dignado compartir nuestra humanidad. Los tres prefacios (el prefacio es la oración con la que abrimos la Plegaria eucarística) del tiempo de Navidad, cada uno a su manera, hace referencia al Misterio de la Encarnación y manifestación del Señor, así por ejemplo el prefacio I señala que la luz de la gloria del Padre ha resplandecido gracias al Misterio de la Palabra hecha carne; el prefacio II indica que Cristo, siendo invisible en su naturaleza divina, se ha hecho visible al asumir nuestra naturaleza humana (por la Encarnación) y finalmente, el prefacio III habla del “admirable intercambio que nos salva” gracias a la Encarnación del Hijo.
Por su parte, los textos de la Sagrada Escritura que conforman la Liturgia de la Palabra de estos días apuntan también al Misterio de la Encarnación del Señor. Es verdad que los textos proféticos de Isaías y los Evangelios señalan el acontecimiento del nacimiento de Cristo en Belén; así lo podemos constatar con los Evangelios que se proclaman tanto en la misa de la noche y de la aurora del día de la Natividad. De la mano de Lucas nos acercamos a los relatos del nacimiento del Señor y el anuncio a los pastores. Sin embargo, las segundas lecturas, tomadas de la carta de san Pablo a Tito, insisten en la Natividad como el día de la manifestación de la gracia y la bondad de Dios (por la Encarnación del Hijo) para nuestra salvación. Las lecturas de la misa del día de la Navidad muestran explícitamente el Misterio de la Encarnación. Por esta razón, el texto evangélico que siempre se proclama es del Prólogo del Evangelio según san Juan, el cual nos indica que el niño nacido en Belén preexiste antes de todos los tiempos y todo ha sido creado por Él, ya que, aunque es verdadero hombre, también es verdadero Dios. Es Dios encarnado.
- El admirable intercambio que nos salva
La expresión “mirabile commercium” o “intercambio que nos salva”, proviene del Papa San León Magno, en concreto de sus homilías sobre la Natividad del Señor. Con esta frase señala las implicaciones que tiene este Misterio para nosotros y para todo el orden de la Creación: Cristo, al encarnarse, al tomar nuestra naturaleza humana, nos ha entregado su naturaleza divina. Al asumir nuestra condición mortal, nos ha entregado su vida inmortal, al tomar nuestra condición de creaturas, nos ha entregado su condición de Hijo de Dios, al tomar nuestra pobreza nos ha entregado su riqueza, al tomar nuestra fragilidad, nos ha entregado su fuerza. En una palabra, por la Encarnación, Cristo nos ha hecho Hijos de Dios. Esto también lo señalan tanto el Prólogo del cuarto Evangelio y los textos de la Primera Carta de san Juan que meditamos estos días en las ferias de Navidad.
Los textos de la Carta de san Juan, nos exponen que Cristo, el Hijo de Dios, se ha hecho carne y con ello, se nos han manifestado y nos han sido entregadas la gloria, la vida y la gracia de Dios que no son otra cosa que Dios mismo, el cual es el Amor. Así mismo, san Juan con insistencia nos recuerda que ahora somos hijos de Dios, y por lo tanto hemos de vivir una vida conforme a esta nueva dignidad que Dios nos ha otorgado. Navidad celebra la autodonación o autocomunicación (Karl Rahner) que Dios ha hecho de sí mismo para nosotros.
Hay que señalar que todas estas cosas serán efectivas en nosotros gracias al Misterio Pascual del Señor, pero la Encarnación, que apunta hacia la Pascua es ya el principio de su realización. Cristo se ha hecho carne para con su Muerte y Resurrección redimirnos del pecado y entregarnos la gracia de ser hijos de Dios. Por su parte los textos litúrgicos, en concreto los prefacios II y III del tiempo de Navidad nos indican con claridad estas implicaciones del Misterio de la Encarnación. El prefacio II señala que Cristo al tomar nuestra condición humana ha restaurado en su persona nuestra naturaleza herida y caída a causa del pecado y al mismo tiempo, su Encarnación comienza la restauración de todo el orden creado; los cielos nuevos y la tierra nueva (realidades hacia las que vamos caminando) se inauguran con la Encarnación de Cristo. Por otra parte, el prefacio III tomando las palabras de san León Magno del “admirable intercambio que nos salva”, señala que Cristo al tomar nuestra naturaleza humana nos ha hecho partícipes de su vida eterna, es decir nos ha hecho hijos de Dios.

































































