Paulina Ruiz
En el corazón de Anapra, una de las zonas con mayores desafíos sociales en la frontera, la Parroquia Corpus Christi llevó a cabo su viacrucis viviente el pasado viernes 3 de abril. Más que una representación, el recorrido se convirtió en un espejo de las realidades que golpean a la comunidad: las adicciones, el machismo, la discriminación a pueblos originarios y el duelo persistente por la violencia.
Homenaje a la inocencia
Uno de los momentos más desgarradores ocurrió en la quinta estación. La comunidad recordó con profundo dolor el caso de un niño de 11 años, quien hace tres años perdió la vida tras ser atropellado por una persona bajo el flujo de sustancias mientras jugaba afuera de su casa.
En un gesto de alto valor simbólico, el papel de Simón de Cirene (quien ayuda a Jesús a cargar con la cruz) fue representado por personas que luchan contra las adicciones o familiares, pertenecientes al grupo de Alcohólicos Anónimos presente en la parroquia.
“La droga y el alcohol son una plaga; la familia es la que más sufre”, se escuchó durante la reflexión, donde se hizo un llamado urgente a los adictos a aceptar su problema y buscar ayuda antes de que el consumo cobre más vidas.
El padre Guillermo Morton, párroco de la comunidad, invitó a los feligreses a levantar la mano hacia el sitio donde ocurrió el hecho, para conmemorar y bendecir la memoria del niño.

Contra el silencio cómplice
La sexta estación estuvo marcada por la voz del misionero columbano Álvaro, quien lanzó una fuerte exhortación contra la violencia de género y lo que denominó como “micromachismos”. El religioso señaló que la violencia no sólo está en las noticias mundiales, sino arraigada en los barrios y en los hogares a través de conductas normalizadas.
“El machismo no es solo lo que entendemos a simple vista; es el micromachismo de no responder a una mujer o ignorar su voz. Si somos cómplices silenciosos de un chiste machista, somos parte del problema”, evidenció el misionero.
En un acto profético, invitó a los presentes a realizar un signo para romper esos “silencios cómplices”, poniendo la mano en la boca para exhortar al compromiso individual a no callar ante ninguna forma de abuso.
Rostros de la exclusión
A lo largo del camino, se escucharon también las voces de las mujeres de Lomas de Poleo, quienes denunciaron la discriminación y la injusticia por parte de gobiernos y la sociedad. “Jesús nos quiere valientes, que denunciemos las injusticias y que estemos conscientes de la necesidad de la otra”, mencionaron.
De igual forma, Marisela Vargas, proveniente de Guadalajara, puso sobre la mesa la realidad de los pueblos originarios (mixtecos, mayas, etcétera) presentes en la zona, cuestionando la falta de acogida y el desprecio que muchas veces sufren estas culturas en los entornos urbanos.

Un camino de esperanza
Así, haciendo visibles muchos dilemas sociales, el Viacrucis concluyó con un mensaje de resiliencia. En la novena estación, las catequistas, al cargar la cruz, recordaron que aunque se camine cansado y sin fe, el anhelo de plenitud y justicia debe prevalecer.
El acto final invitó a los asistentes a darse un abrazo o una sonrisa, reafirmando que, en una zona de periferia, la fe es el motor para transformar el dolor en amor, en caridad.
“Gracias, Señor, por tú fuiste mi fuerza, contigo nunca estoy sola”, fue la oración final de una comunidad que, con Cristo, siguen luchando por una vida digna y una espiritualidad que abrace a todos los seres humanos.

































































