Al celebrarse en México el Día de las Madres sacerdote, religiosa y psicólogos nos ayudan a reflexionar sobre los rasgos de lo que debería ser una buena madre, así como sobre lo que no debe ser la maternidad…

Ana María Ibarra
El Día de las madres, que en México -como en algunos otros países- se celebra el 10 de mayo, lleva a la sociedad a explorar la naturaleza del amor maternal y a reflexionar sobre la maternidad como una vocación.
Si bien no hay un decálogo para ser una buena madre, desde la fe y desde la psicología se pueden descubrir los rasgos de una madre ideal y su contraparte, es decir, cómo no debería ser una madre.

Cuatro rasgos
En el aspecto de la fe, se puede contemplar a la Virgen María como ejemplo de una buena madre con rasgos específicos que las mamás terrenales pueden imitar, pues María es un modelo humano y espiritual que refleja ternura, fortaleza, fe y entrega. Su maternidad no se limita únicamente a Jesús, sino que es madre de los cristianos, además de que se convierte en guía para todas las madres y para toda persona llamada a cuidar, acompañar y amar a otros.
Así lo compartió el padre Aurelio Saldívar, párroco de la comunidad de San Mateo, quien enumeró cuatro rasgos de María que deben imitar las madres de familia.
“En primer lugar está el amor incondicional. María es la Madre por excelencia que espera, cuida y ama a sus hijos -nosotros- sin cansarse. Ella enseña que el verdadero amor maternal no busca recompensa, sino el bienestar del hijo”, expresó.
De esta manera, en la vida cotidiana, este ejemplo inspira a muchas madres a perseverar aun cuando el cansancio, las preocupaciones o la incertidumbre aparecen.
“María también es educadora en la fe. Toda madre tiene la misión de educar a sus hijos en la confianza y el amor a Dios. Educar en la fe no consiste únicamente en enseñar oraciones o normas religiosas, sino en formar corazones capaces de amar, perdonar y confiar”, señaló.
La madre ideal, añadió el sacerdote, es, al igual que María, protectora. Su figura recuerda que proteger no siempre significa evitar el sufrimiento, sino acompañar, sostener y luchar por quienes se aman.
“María lo hizo en la huida a Egipto, tomó riesgos para salvaguardar a su hijo Jesús”, recordó el padre Aurelio.
María enseña a las madres a ser intercesoras, a no permanecer indiferentes ante las dificultades ajenas, sino involucrarse con amor y solidaridad, de manera especial tratándose de sus hijos.
“Como en las Bodas de Caná, María actúa como madre que se involucra, nota las necesidades de los demás y pide ayuda para ellos. La figura de María se convierte en un modelo de virtudes aplicable a la vida diaria, combinando fortaleza espiritual con calidez maternal”, resaltó.
La contraparte
Tomando estos mismos rasgos, el padre Aurelio reflexionó sobre lo que no debe ser una madre.
“El amor de la madre debe ser incondicional, pero no mediocre, no tibio ni a medias. Por otra parte, no es lo mismo ser protectora que ser una madre tóxica, que no deja ni respirar al hijo, que no lo deja voltear a mirar sino solo a donde ella quiere que mire. No se debe mal interpretar la protección y negarles la libertar, en el buen sentido de la palabra”, señaló.
En cuanto los rasgos de una madre como educadora en la fe e intercesora, el padre Aurelio mencionó que anteriormente las madres bendecían a sus hijos y en la actualidad existen quienes los maldicen.
“Las madres deben de reconocer la presencia de Dios en sus hijos por su vocación como co-creadoras, abogar por ellos ante Dios. De lo contrario se están negando a la misión que se les ha encomendado”, lamentó.
Para ilustrar este tema, de manera personal el padre Aurelio recordó a su mamá, quien se donó a tal grado que murió por la muerte de sus hijos.
“Cuando murieron dos de sus hijos, le dio un infarto, porque no resistió ese dolor. Fue un amor incondicional, un amor que se desgastó y trabajó por nosotros. Nunca la vi cansada, agotada o quejándose. Además, siempre nos mantuvo en la iglesia. Nos enseñó, a su manera, a rezar. Salía por las noches a mandar bendiciones y a hacer sus rezos por sus hijos, tanto por los que estábamos en casa como por los que estaban fuera”, recordó.
Una invitación
Para concluir, el padre Aurelio invitó a las madres de familia a tomar conciencia de la vocación que el Señor les ha encomendado, recordando que el Señor les pedirá cuentas de la vocación y misión de los hijos.
“Siéntanse afortunadas, amadas y bendecidas, Dios las ha dotado de una gracia particular. No tengan miedo, tengan confianza y esperanza, volteen a mirar a Dios, Él las ha dotado con todo lo necesario para que esta vocación la lleven a cabo”, concluyó.

Los rasgos de una madre ideal
Mtro. Enrique Olvera/Psicólogo/ Presidente de la Pastoral Universitaria
Si voy directo al grano, una madre ideal es una mujer virtuosa. Ha de ser justa, honesta, creativa, íntegra, responsable, generosa, humilde, compasiva, prudente, templada, modesta, entre otras cosas. Todo esto en pos de que ella sea la mejor versión de sí misma como mujer, no desde el egoísmo, la autosuficiencia o la vanidad, si no desde principios y valores universales que son benéficos tanto para su dignidad particular como para el bien común, lo cual en consecuencia servirá de ejemplo para sus hijos.
Desgraciadamente dentro de la psicología existen algunos modelos, y también algunos psicólogos, que promueven ideas (o ideologías) que se sustentan en la egolatría y el individualismo, los cuales hacen mucho daño a las familias porque anteponen la emocionalidad y las experiencias subjetivas por encima de lo que es realmente bueno, bello y verdadero.
En este sentido, ¿cómo no debería ser una madre? No debería ser alguien inconstante, irascible, insegura, injusta, vanidosa (superficial), agresiva (violenta), con falta de cariño, escucha y comprensión hacia sí misma y hacia los demás. Estos vicios son altamente perjudiciales para una madre y sus hijos. Sin embargo, si alguna identifica que carece de conductas virtuosas o se siente la peor de las madres por los errores que ha cometido en el pasado, no debe tampoco desahuciarse, ya que algún psicoterapeuta puede ayudarle a modificar aquello que no es bueno.


































































