“Los tribunales deben escuchar siempre la voz de la ley, pero sin perder de vista el corazón de la familia: el bienestar de los hijos.”
Víctor Hugo Estala Banda/Analista
La familia en Ciudad Juárez constituye el núcleo vital de la ciudad: una comunidad resiliente que ha demostrado una capacidad extraordinaria para superar la adversidad. Miles de personas se emplean en maquiladoras, comercios y empresas de servicios con el propósito común de brindar una mejor calidad de vida a sus hijos; sin embargo, el esfuerzo económico por sí solo no basta para construir hogares sólidos y estables.
La estadística revela una preocupación creciente. En el estado de Chihuahua, durante 2024, se registraron 17,601 matrimonios y 7,684 divorcios; Ciudad Juárez presenta una de las tasas de divorcio más elevadas del estado, con aproximadamente 56 divorcios por cada 100 matrimonios. Detrás de estas cifras hay sueños rotos, familias en reconstrucción y, sobre todo, hijos que deben adaptarse a la convivencia entre dos hogares.
Desde la perspectiva de la doctrina de la Iglesia Católica, el matrimonio no es un simple contrato entre dos individuos, sino un sacramento: una alianza de amor permanente abierta a la vida. Como expresó San Juan Pablo II: “El futuro de la humanidad pasa por la familia”.
Como católico, considero que el matrimonio sigue siendo una vocación digna de ser defendida, no porque las familias sean perfectas, sino porque son el primer entorno donde aprendemos a amar, perdonar, servir y asumir responsabilidades. La Iglesia también reconoce situaciones graves, como la violencia o el abuso, en las que la separación puede ser necesaria para salvaguardar la dignidad y la seguridad de las personas involucradas.
El verdadero centro: los hijos
Es fundamental recordar una verdad simple, pero de gran trascendencia: los hijos no se divorcian de ninguno de sus padres. La ruptura de un matrimonio no solo afecta a los cónyuges; también deja una huella profunda en el corazón de quienes más necesitan estabilidad, amor y presencia.
Ciudad Juárez, con su experiencia frente a la desintegración social, la violencia, las crisis económicas, la migración constante y los desafíos que han puesto a prueba a sus familias, comprende que el bienestar de los hijos debe estar por encima de los conflictos y derechos de los adultos.
Un niño necesita comprender que la separación de sus padres no implica la desaparición de su padre o de su madre de su vida. Una adolescente requiere seguir encontrando en ambas figuras de apoyo, orientación, disciplina, ejemplo y compañía.
En numerosos divorcios, el padre se enfrenta a la lucha no solo por cerrar una etapa como esposo, sino también por preservar su papel como padre. Es erróneo pensar que la responsabilidad paterna se agota con el pago de una pensión alimenticia, porque los hijos necesitan tiempo, afecto, orientación, ejemplo, disciplina, compañía y la certeza de una presencia continua.
La defensa de la figura paterna no minimiza el papel crucial que desempeñan las madres. Por el contrario, reconoce que, cuando existe un entorno seguro y saludable, los hijos tienen derecho a crecer con el amor, la guía y la presencia constante de ambos padres.
En este contexto, la custodia compartida, siempre que se alinee con el interés superior del menor, representa una oportunidad valiosa para que ambos padres mantengan una participación activa y significativa en la formación integral de sus hijos.































































