Julio Refugio Getsemaní Fernández Rangel | Instituto Diocesano de Teología
Con motivo de la próxima solemnidad de San Pedro y San Pablo, y como un homenaje de gratitud a nuestro pastor, Don José Guadalupe Torres Campos, por su nombramiento como Obispo de Ecatepec y su apoyo a la formación teológica en nuestra diócesis, continuamos esta serie de artículos inspirados en el misterio del Primado de Pedro.

En nuestro mundo contemporáneo, muchas veces el nombre no es más que una etiqueta o una elección estética de los padres. Sin embargo, en el mundo de la Biblia, el nombre toca lo más profundo del ser humano: define su esencia, su carácter, e incluso la misión que Dios le encomienda a la persona. Lo vemos en Abrán, que es llamado Abraham (padre de multitudes), y en Jacob, renombrado Israel (el que lucha con Dios). Por eso, cuando Jesús mira fijamente a aquél pescador de Betsaida y le cambia el nombre, la historia de la salvación da un vuelco: Simón se convierte en Kefá.
El pasaje de Cesarea de Filipo (Mateo 16,18) contiene una de las declaraciones más colosales del Evangelio: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Lamentablemente, al traducir el texto al griego (Petros y petra) o al español (Pedro y piedra), el juego de palabras pierde su fuerza original, y eso ha provocado múltiples debates teológicos. Lo cierto es que, en el arameo que hablaba Jesús, la distinción no existía: «Tú eres Kefá, y sobre esta kefá edificaré mi Iglesia». La solidez de la roca recae sobre ese hombre concreto, transformado por la revelación del Padre.
En el Antiguo Testamento el término hebreo Tsur (roca) se usa casi exclusivamente para referirse a Dios. La Septuaginta suele traducirlo siempre como Theos (Dios). Cristo, al darle este nombre a Simón, comparte de manera vicaria su propia firmeza. Pedro es piedra porque está sólidamente cimentado en la Piedra Angular, que es Cristo Jesús. La misión de Kefá es ser el fundamento visible que debe garantizar que el edificio de la Iglesia no se desmorone ante las embestidas de la historia y los embates del mal.
Este misterio del nombre y la misión se actualiza históricamente en el ministerio del Papa, pero no solo eso, también en cada diócesis a través del ministerio del Obispo. En Ciudad Juárez, hemos sido testigos de cómo Don José Guadalupe Torres Campos ha asumido esta tarea de ser la “Kefá”, la roca sobre la cual se edifica la iglesia local, el fundamento de unidad que nos confirmó en la fe como padre y pastor. Damos gracias a Dios por su acompañamiento pastoral en vísperas de su partida a Ecatepec. Sigamos orando por su nuevo caminar, pidiendo al Buen Pastor que su ministerio siga siendo roca firme que edifique el Reino.
































































