Julio Refugio Getsemaní Fernández Rangel | Instituto Diocesano de Teología
Con motivo de la próxima solemnidad de San Pedro y San Pablo, y como un homenaje de gratitud a nuestro pastor, Don José Guadalupe Torres Campos, por su nombramiento como Obispo de Ecatepec y su apoyo a la formación teológica en nuestra diócesis, concluimos esta serie de artículos inspirados en el misterio del Primado de Pedro.
Nuestra fe es una realidad encarnada e histórica. Cuando asistimos a la Santa Misa o escuchamos la voz de nuestro Obispo, no estamos ante un hecho aislado, sino ante el último eslabón de una cadena ininterrumpida que se remonta hasta los mismos Apóstoles en Jerusalén. A este hilo conductor, que garantiza la autenticidad y la fidelidad de la Iglesia a través de los siglos, la teología lo denomina la Sucesión Apostólica.
Cuando los primeros pilares de la Iglesia, Pedro y Pablo, sellaron su fidelidad a Cristo con el martirio en Roma, el ministerio que habían recibido del Maestro no desapareció con ellos. Antes bien, guiados por el Espíritu Santo, los Apóstoles impusieron las manos sobre hombres de fe probada para que continuaran su labor de pastorear, enseñar y santificar al rebaño. Los obispos de hoy son, por lo tanto, los verdaderos sucesores de aquellos doce hombres que caminaron con Jesús. En cada época y lugar, el obispo es el garante de que el Evangelio anunciado hoy sea exactamente el mismo que resonó en Galilea.
La Sucesión Apostólica es un misterio de comunión. El obispo de una iglesia local no actúa por cuenta propia, sino que hace presente la Iglesia universal en su diócesis, manteniéndose en comunión estrecha con el sucesor de Pedro, el Papa. Por eso, la figura del obispo es fundamental para la identidad de un pueblo: él es el sacramento vivo de Cristo Buen Pastor en medio de su grey.
En Ciudad Juárez, este misterio ha tenido un rostro concreto durante estos años. Don José Guadalupe Torres Campos ha encarnado entre nosotros esa Sucesión Apostólica con un corazón de padre y pastor. Ha sido cercano, ha desgastado su vida por esta porción de la Iglesia en la frontera, y también ha impulsado la formación teológica de los laicos.
En vísperas de su partida hacia la Diócesis de Ecatepec, nuestra respuesta no puede ser otra que una inmensa gratitud. Cerramos esta serie de artículos con el corazón y con afecto filial, asegurándole nuestra oración.
Que el Espíritu Santo, que un día lo unió al colegio apostólico, lo sostenga con fortaleza y alegría en su nueva misión. ¡Gracias, Don José Guadalupe, por haber sido nuestro pastor!
































































