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Prescencia

Ocho miedos y obstáculos para la Confesión… y cómo vencerlos

Julius Maximus Texto: Julius Maximus
29 marzo, 2023
en Fe Católica
Reading Time: 6 mins read
  1. ¿Por qué tengo que confesarme con un hombre como yo?

Muchos católicos, poco conscientes de este don que el Señor Jesús ha dejado a  su Iglesia, y haciendo caso a argumentos protestantes, se preguntan hoy en día: “¿por qué tengo que confesarme con un hombre como yo, tan o más pecador que yo?”

Creen encontrar así una razón suficiente para abandonar el sacramento de la reconciliación, diciendo que prefieren confesarse “directamente con Dios”.

A quienes  sostienen esta postura hay que recordarles/enseñarles que es el mismo Señor Jesús quien ha instituido este sacramento como medio ordinario por el que el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia. En efecto, al comunicar  su Espíritu a sus apóstoles, el Señor resucitado les transmitió su propio poder divino  para perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,  les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». ¡Así lo ha  querido y dispuesto Dios mismo! ¿Qué autoridad tenemos nosotros para rechazar el modo por él mismo elegido para reconciliarme con el Padre y  elegir en cambio un camino más cómodo para mí? El Señor no ha dicho: “quien quiera recibir el perdón de los pecados, confiésese directamente con Dios”, sino “a quienes ustedes les  perdonen los pecados les quedan perdonados” . Y aunque Dios también perdona los  pecados graves por un perfecto acto de contrición, el medio ordinario por el que  obtenemos el perdón de los pecados graves cometidos luego de nuestro Bautismo es el  que Cristo mismo ha dejado a su Iglesia: el sacramento de la Reconciliación. (Ver Catecismo de la  Iglesia Católica, 1497).

  1. La vergüenza y vanidad: “¡Qué va a pensar de mí el sacerdote! ¡Me va a mirar feo una vez que le confiese mis pecados! ¡Me da demasiada vergüenza!”.

¿Me va a “mirar feo” el médico si le descubro mis heridas, mi enfermedad? ¡No!  El sacerdote, como Cristo, es un médico, llamado a sanar el corazón herido, a perdonar  tus pecados más terribles y reconciliarte con Dios y con la Iglesia (Ver Catecismo de la Iglesia Católica , 1444).

Como Cristo también él puede decir: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los  que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2,17) ¡Su alegría y gozo es curar, recobrar a la oveja perdida (Ver  Lc 15,4-7), reconciliar al hijo pródigo con el Padre! (Lc 15)

 

  1. La creencia de que “mi pecado es imperdonable”, a veces tan grande que “ni siquiera Dios me puede perdonar”.

Nada más falso que esto. No hay ninguna falta, por grave que sea, que la Iglesia, en nombre de Cristo, no pueda perdonar, siempre que haya un sincero arrepentimiento por parte del penitente. (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 982) El Señor perdonó a Pedro su traición, estaba dispuesto a  perdonar a Judas la suya… perdonó a quienes lo estaban incluso crucificando,  ¡crucificando a Dios mismo! ¡Y es que Dios no quiere la muerte o castigo del pecador, sino que cambie de conducta y viva!

En la Iglesia, en un sencillo confesionario, las puertas están siempre abiertas a cualquier hijo pródigo que luego de haber caído en la más profunda miseria, entrando en sí mismo, tiene el coraje y la humildad de decirse: «me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el  cielo y ante ti (Lc 15,18). Y así,  al ponerse en marcha , descubrirá como el Padre  misericordioso sale corriendo a su encuentro para abrazarlo, para llenarlo de besos,  para revestirlo nuevamente de su dignidad de hijo, y para celebrar con gran gozo la  vuelta de este hijo que « estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido  hallado.» ( Lc 15,32)

 

  1. ¿Para qué confesarme si me voy a estar confesando siempre de los mismos pecados?” “¿Para qué confesarme si —a pesar de que me propongo no caer más y al principio lo logro— finalmente voy a caer siempre en lo mismo?

Viene con ello la tentación de abandonar la confesión, o de aplazarla para un  “más adelante” indefinido.  ¿Qué sería si pensásemos, luego de enlodarnos: “mejor no me baño, porque me voy a volver a ensuciar”? Nos bañamos, aunque sabemos que  nos podemos volver a ensuciar, porque el baño frecuente nos ayuda a mantenernos

limpios.  Así, aunque existe la posibilidad de que vuelvas a pecar, a ensuciar tu espíritu, la  confesión frecuente es buena y necesaria.

Por otro lado, jamás hay que dejarnos llevar por el desaliento y desesperanza porque “siempre caigo en lo mismo”, porque “nunca podré vencer este vicio, liberarme de este pecado”. La desesperanza es una tentación, la predilecta de nuestro enemigo. Con ella busca que dejes de luchar, que abandones el esfuerzo, que desconfíes del Señor. ¡Tantas veces caigas, tantas veces te levantas! Y así será toda nuestra vida. Recuerda en ese sentido el adagio que dice: “¡Santo no es el que nunca  cae, sino el que siempre se levanta!”

No esperes que nunca vayas a volver a caer en lo mismo. Mantente en guardia, lucha todo lo que puedas, pídele las fuerzas y la gracia al Señor con todo tu corazón, y si aun así caes por tu fragilidad o por la fuerza de la  tentación, acude de inmediato al Señor, pídele perdón, ponte de pie y vuelve a la  batalla.

Y recuerda que el Señor no ha dicho “el que nunca caiga”, sino  «el que  persevere hasta el fin, ése se salvará.» (Mc 13, 13) Así, pues, no te desanimes, no te dejes vencer, vuelve a la batalla una y mil veces, y si mil veces tienes que confesarte de lo mismo, hazlo con mucha humildad y paciencia contigo mismo.

  1. Por la gravedad del pecado, por lo vergonzoso que es, muchos huyen de enfrentar el momento de la confesión sacramental.

Tener que acudir al sacerdote para decirle “he hecho esto” produce  ciertamente mucho miedo o tensión, porque “cuesta y duele enfrentar el momento”, porque “no sé cómo decirlo”, porque “pienso que Dios me va a rechazar”, o porque sencillamente “tengo miedo de que el cura me grite”…

Es necesario enfrentar ese momento. Asumir la propia vergüenza que produce  mirar el pecado cara a cara, acudir al sacerdote y decirle “perdóname, Padre, porque he pecado y he hecho esto que tanto me avergüenza o duele” es difícil, pero es un necesario momento de reconciliación y liberación. Mientras eso no se haga, no habrá paz en el corazón aunque todas las noches le pida perdón a Dios “directamente”. El  hombre o mujer que han pecado necesitan escuchar aquél “yo te perdono/absuelvo” que les da la certeza de haber sido perdonados por Dios para que esa paz vuelva al propio corazón. Y aunque me toque un sacerdote que me trate con dureza, no hay que dilatar más el momento de la reconciliación. La experiencia de verse liberado del peso que produce el pecado cometido, la experiencia de la luz que disipa las tinieblas del propio pecado, la paz que con el perdón divino inunda el corazón, hacen que valga enormemente la pena pasar por ese momento difícil… Nada hay comparable a la  experiencia de saberse realmente perdonados, de que ya nada ha quedado oculto, de  que “lo he dicho todo” y “Dios me ha perdonado”. Como dice el salmista:  «mientras  callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 31 [32], 3-5).

¡Bendito momento, el de la reconciliación!

 

  1. Por la gravedad del pecado, o por lo vergonzoso que es, muchos ceden a la tentación de “confieso todo, menos esto”, o lo confiesan muy solapadamente.

¡No ocultes lo que más miedo o vergüenza te da confesar! ¡Es eso justamente lo que más necesita ser perdonado y reconciliado!

Por otro lado recuerda que si conscientemente ocultas un pecado grave en la confesión, no solamente es inválida toda tu Confesión (no se te perdona nada), sino que añades a todos tus pecados otro igualmente grave, cual es el sacrilegio o abuso del sacramento.

 

  1. Algunos no se confiesan por la poca conciencia que tienen de sus pecados: “yo soy bueno, no hago mal a nadie, no tengo nada que confesar”.

Detrás de una afirmación así puede ocultarse una gran soberbia. Olvidan que la vida cristiana no es sólo “no hacer daño a nadie”, sino hacer el  bien a cuantos pueda, amar como Cristo al prójimo, con un amor que se hace concreto en el servicio, en la acción solidaria, en el apostolado. El Señor los compara al fariseo que «oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano”» (Ver  Lc 18,10- 14).

Ayudarles a ir tomando conciencia de que no necesariamente está bien lo que les parece “normal” o piensan que “no tiene nada de malo” (un buen examen de conciencia es muy útil para este efecto) es necesario, dentro de su propio proceso de conversión.

 

  1. Algunos no se confiesan por simple desidia o descuido.

Hay que vencer esa desidia, no descuidar la continua purificación de  nuestros pecados, el recurso al sacramento que nos da una gracia especial que nos fortalece para nuestra lucha contra el pecado.

 

 

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