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Prescencia

¿Qué le dicen a nuestro sufrimiento las cinco heridas de Cristo?

MARIO PEREZ Texto: MARIO PEREZ
31 marzo, 2018
en Local
Reading Time: 6 mins read

Las llagas de Cristo, no sólo son un castigo físico, sino también una gran carga espiritual inimaginablemente grande, dolorosa al extremo y que nadie más que Jesús podía aliviar…

 

Sebastian Campos

La costumbre, la cultura religiosa, los años de celebrar una y otra vez los mismos misterios pudieran, sin querer, hacernos vivir la Pasión del Señor como una efeméride más, como una simple conmemoración religiosa, rica en simbolismos y llena de contenidos, pero que poco tiene que ver con nosotros.

Sí, sabemos que Cristo murió en la cruz, pagó en su carne con sufrimientos que no merecía y lo hizo por amor, pero saberlo no es lo mismo que vivirlo.

Esa es la parte teórica y doctrinal que todo buen católico debería tener claro y el motivo principal para valorar la Pasión del Señor con una especial devoción.

De ahí nacen piedades como el rezo del Vía Crucis, pues lo que ocurre ahí es algo grande, pero, ¿te has puesto a pensar que hemos sido nosotros quienes lo clavamos en la cruz, lo escupimos, lo azotamos, le negamos un trago de agua, nos reímos de sus padecimientos y lo hacemos a diario cada vez que despreciamos su sacrificio? Somos uno más, en medio de la horda que lo torturó y le dio muerte.

“Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo en suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal «crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios” (Hb 6,6) (CEC 598).

Por eso, con profunda devoción, quiero invitarte a mirar sus heridas, esas heridas que le hicimos, esas heridas que nos correspondían a nosotros, y que nos demos la oportunidad de permitir que nuestro corazón se transforme por su amor.

“Él llevó sobre la Cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Gracias a sus llagas, ustedes fueron curados”. (1 Pedro, 2, 24).

Eso son sus llagas, no solo un castigo físico sino también una gran carga espiritual inimaginablemente grande, dolorosa al extremo y que nadie más que Jesús podía aliviar, pues «ningún hombre, aunque fuese el más santo, estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos» (CEC 617).

 

  1. Sus pies sangrantes

Sus pies, en una incómoda posición (una que no podríamos mantener ni siquiera en la mejor de las condiciones por más de un par de minutos) soportan el peso de su cuerpo apoyado en un pequeño trozo de madera. Están clavados, uno encima del otro, no sólo portan una herida física (piel llagada y huesos rotos) sino que son un signo de la dureza del caminar en nuestras vidas. Dureza en la dificultad de la vida misma, del empinado caminar que muchas veces nos toca vivir y que Jesús quiere aliviar poniendo sus propios pies para recibir el castigo. Sus pies sangrantes alivian los nuestros, sostienen no sólo su cuerpo que pende de la cruz, sino que nos sostienen a nosotros. Las heridas que nos ha causado el duro camino de la vida son mucho menores, se alivian mucho más rápido y son menos llevaderas de lo que realmente serían, si Jesús no hubiese puesto sus pies en el lugar que correspondía a los nuestros.

 

  1. Sus manos clavadas

Cuántos luchan por una oportunidad, por una mínima posibilidad, un atisbo de esperanza pero ven sus manos clavadas. Enfermos, pobres, migrantes y muchos otros que, en la plenitud de sus capacidades se ven clavados en una cruz, sin poder mover sus manos. Otros, viviendo el servicio, la entrega, la renuncia a sí mismos ofrecen sus manos para aliviar a otros. Familias que cuidan a sus enfermos, padres que luchan por llevar comida a sus hijos, profesionales que dan todo por aquellos a quienes sirven, religiosos que ofrecen sus vidas por cuidar almas. Manos cansadas, extendidas, sufrientes. Jesús toma el lugar de esas manos, ofrece las suyas para aliviar el dolor de aquellos que se sienten crucificados con Él y de aquellos que en el servicio, muchas veces obligado, sienten el dolor de los clavos.

 

  1. Su costado traspasado

Hay dolores y dolores. Sin duda hay algunos que dan vueltas en nuestra cabeza y no nos dejan en paz, pero hay unos que se quedan en el corazón y no salen de ahí, que nos cambian la vida, que nos desaniman y quitan las ganas de continuar viviendo. Esos dolores por haber perdido a un ser amado, por haber desaprovechado la vida, por haber destruido; ese dolor que impide mirar una luz de esperanza, ese dolor que nos desgarra el corazón.

El costado traspasado, injustamente clavado por la lanza hasta su corazón, sufre nuestros dolores, acoge nuestras penas (no sólo nuestras culpas y pecados) sino que hay en él un lugar para todos nuestros padecimientos. Su costado traspasado no sólo recibe un inmerecido castigo, sino que de él brota para toda la humanidad un río de esperanza y consuelo: sangre y agua. Su sacrificio en la sangre, una nueva oportunidad de purificarnos en el agua.

 

  1. Coronado de espinas

Hay un simbolismo plasmado en la corona de espinas. Cuando Adán y Eva pecaron, trayendo el mal y la maldición al mundo; y el castigo que Dios da a la humanidad a causa de este pecado es: «Maldito sea la tierra por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo» (Gn 3, 17b-18).

Los soldados romanos que sin querer, tomaron un objeto de maldición y lo ajustaron como una corona para aquel que vino a liberarnos de toda maldición y castigo. Su corona tiene una doble función. Jesús es realmente un rey, coronado de espinas, y al mismo tiempo es humillado y se burlan de Él junto con causarle dolor. La corona de espinas, aunque dolorosa, es por sobre todo humillante; por eso Jesús acepta ser humillado, poniendo su frente, su rostro abofeteado por todos aquellos que deben sufrir la humillación.

Aquellos que viven lejos de su patria, escapando, buscando oportunidades para sus familias; aquellos que viven en la pobreza, en un círculo vicioso que no les permite salir de ella sin importar su esfuerzo; aquellos que sufren la guerra y que son perseguidos injustamente. Todos los que son humillados, Jesús los acoge al ser coronado y humillado en su lugar.

 

  1. Su espalda flagelada

Aquellos que vimos la película “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, seguro cerramos los ojos en esas crudas escenas.  Pero no sólo fueron los azotes los que causaron marcas en las espaldas de Jesús. Cuenta la historia que San Bernardo en oración le preguntó a Jesús cuál había sido el mayor dolor que sufrió en su cuerpo en su pasión, y el Señor le respondió:

“Yo tuve una llaga en la espalda, honda tres dedos, que se me hizo llevando la Cruz a causa de los tres huesos que en ella sobresalen. Ésta me ha sido de mayor pena y dolor que todas las otras”.

No solamente hablamos de alguien que es castigado, sino que además mientras caminaba hacia el lugar de su crucifixión, la misma cruz que carga lo va llagando, paso a paso, escalón a escalón.

Jesús viene a recibir el dolor de tantos que cargan con historias de vida que los han marcado para siempre. Familias rotas, enfermedades incurables, experiencias traumáticas, cruces que dejan llagas hondas, incurables y sobre las cuales no hay más opción que poner una cruz, que muchas veces causa más dolor. Nosotros, sabemos que Jesús pone sus espaldas para recibir esa cruz, Él la carga, él nos alivia.

(Publicado en Catholic Link)

 

Frase…

¿Se han puesto a pensar que hemos sido nosotros quienes clavamos  a Cristo en la cruz, lo escupimos, lo azotamos, le negamos un trago de agua, nos reímos de sus padecimientos y lo hacemos a diario cada vez que despreciamos su sacrificio?…

 

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