Mons. J. Guadalupe Torres Campos

Amados hermanos todos en el Señor: dichoso el que teme al Señor.
La celebración de hoy nos presenta a la Sagrada Familia. Dios quiso dejarnos a la Sagrada Familia de Nazaret como un perfecto modelo de santidad, de gracia y de virtudes. Pero también, en su momento, el papa Francisco (qepd) determinó que hoy, en este día, cada obispo en su Catedral, junto con su diócesis, concluyéramos el Jubileo en cada lugar; el papa León lo hará posteriormente, el seis de enero de 2026, con el cierre de la puerta jubilar correspondiente.
Puertas siempre abiertas
Durante todo este tiempo hemos caminado en la esperanza: esperanza que no defrauda, esperanza en Jesús que nace, el Emmanuel; esperanza del amor del Padre que nos conduce y nos guía; esperanza de la paz, de la vida, de la unidad y del gozo entre nosotros. Es una esperanza que no defrauda. Lo sentimos en el Salmo responsorial, que nos anima a seguir caminando con dicha, con alegría y con esperanza: dichoso el que teme al Señor, dichoso el que pone su confianza en Él, el que espera en el Señor.
¿En quién ponemos nosotros nuestra confianza, nuestra fe y nuestra mirada? En la Sagrada Familia: el Niño Dios, José y María, perfecto modelo de santidad y de amor para nosotros. Por eso, la segunda lectura, la carta a los Colosenses, nos da la pauta de cómo vivir en familia, a ejemplo de la Sagrada Familia. Nos dice que Dios nos ha elegido como familia, como humanidad; la familia humanidad, la familia Iglesia, la familia diócesis, la familia de cada uno. Nos ha elegido en su Hijo muy amado; hemos sido consagrados por el bautismo. Somos hijos de Dios. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Consagrados somos de Dios, familia sagrada.
Nosotros también estamos consagrados al Señor en Él. Él nos ha dado su amor, ese amor que contemplamos: se nos ha dado en la familia, en el Niño Dios resplandeciente, todo amor que da vida; María con su ternura y su maternidad; José, varón justo, misterio de amor. Dios nos da esa experiencia del encuentro con la Sagrada Familia, y nos lleva a un compromiso.
Sí, cerramos un Año Jubilar: el papa cerrará la puerta jubilar, pero las puertas de la salvación, del Evangelio, las puertas de Dios siempre estarán abiertas, y también nuestra puerta: tu puerta, tu corazón, tu vida. Físicamente se cierra un año jubilar, pero la puerta es Cristo y tú eres otro Cristo. Por eso, san Pablo nos señala la tarea: sean misericordiosos, sean magnánimos, generosos, compartan la vida. Sopórtense mutuamente con amor, que es la perfecta unión.
Permanecer despiertos
El amor de la Sagrada Familia es modelo perfecto de amor. Nosotros también estamos llamados a alcanzar esa perfección. Mantengamos la unidad perfecta y el amor entre nosotros.
De alguna manera, todo este tiempo ha sido un tiempo de perdón y de reconciliación. El Señor nace y purifica la vida. Nosotros estamos llamados a reconciliarnos, a tendernos la mano unos a otros, a vivir en paz. Cristo es el Príncipe de la paz.
Todos estos valores, queridos hermanos, más que aprenderlos, los vivimos en la familia. La familia de Nazaret es ejemplo para la familia de hoy, tan atacada. Dice el papa León XIV que hay muchos adversarios de la familia: ideologías, posturas políticas, guerras; muchos queriendo destruir al Niño, incluso disfrazados. Por eso debemos estar atentos, a ejemplo de san José, a quien se le dijo: “Levántate, toma al Niño y a María y huye a Egipto, porque buscan matar al Niño”.
Hoy también se nos dice: levántate. No seamos indiferentes ni estemos dormidos; permanezcamos despiertos y vigilantes en oración, unidos en paz, frente al mal del pecado, del demonio y del egoísmo que quieren destruir a la humanidad, a la Creación, al Niño Dios en nosotros, en la familia, en el matrimonio y en la Iglesia.
“Levántate” me dice a mí como obispo, y te dice a ti, a cada uno: levántate, cuida tu familia, protege tu familia en todo sentido.
La familia, la humanidad, la sociedad y la Iglesia nos importan mucho. Sigamos el ejemplo de las virtudes de la Sagrada Familia que hoy contemplamos volviendo al salmo responsorial: dichoso el que teme al Señor.
Cierre Jubilar
Cerramos aquí, en la diócesis, el Año Jubilar con la presencia de nuestros sacerdotes y de todos los peregrinos que han acudido a los templos jubilares, acompañados por las delegaciones correspondientes. Estamos dichosos, contentos y agradecidos con Dios por este Año Jubilar. Hemos ganado mucho, aprendiendo del ejemplo de la Sagrada Familia de su Hijo. Concédenos, Señor, imitar sus virtudes, los lazos de caridad y la unidad, para gozar de la eterna recompensa en la alegría, la paz y la unidad entre nosotros.
Sigamos adelante siempre felices. Que nuestro caminar en la esperanza siga siendo alegre y dichoso en el Señor, en la Sagrada Familia que hoy celebramos. Bendito sea Dios.
Dice el Evangelio: “Llegaron los pastores de prisa y encontraron a María y a José y al Niño recostado en el pesebre”. Esa es nuestra experiencia de la Navidad: como los pastores, contemplar cada día a José, a María y al Niño en la oración, en la Eucaristía, en la reconciliación, en el Santísimo, en la Virgen María y en su presencia amorosa. Pero también en cada uno de ustedes: ahí está José, ahí está María, ahí está el Niño.
Contemplemos a la Sagrada Familia también en nuestras realidades temporales y familiares, para que ese amor que nos transmiten lo vivamos cada día.
Hermanos sacerdotes, que representan al pueblo fiel en los templos jubilares: gracias por su trabajo y por su ejemplo. Gracias a quienes trabajaron y acogieron las peregrinaciones durante todo el año. Que el Señor los bendiga y los fortalezca, y que la Sagrada Familia reine en nosotros y en nuestros corazones.































































