Vivencia en Seminario Menor y Curso Introductorio
Diana Adriano
El padre Francisco Bueno, administrador de Santa María Goretti y director de la Casa del Migrante, fue el encargado de guiar ejercicios espirituales a los seminaristas del Curso Introductorio, los cuales se llevaron a cabo en la Casa de Ejercicios, en un ambiente de silencio, oración y reflexión.
Durante varios días, los jóvenes seminaristas tuvieron la oportunidad de detener el ritmo cotidiano para abrir el corazón al encuentro personal con Dios, en una etapa clave de su formación inicial.
“El objetivo principal de estos ejercicios espirituales es crear un espacio privilegiado para el encuentro personal con Dios. No se trata solo de ‘hacer silencio’, sino de escuchar la voz del Señor que llama, orienta y confirma”, dijo el padre Francisco.
Subrayó que, al encontrarse en la fase introductoria del Seminario, estos ejercicios les permiten sentar las bases de su vida espiritual, revisar su historia personal a la luz de la fe y plantearse con sinceridad la pregunta fundamental de toda vocación: “¿qué quiere el Señor de mí?”.
Actitudes fundamentales
El sacerdote destacó tres actitudes esenciales para que los ejercicios espirituales den verdadero fruto. La primera es la disponibilidad del corazón, que implica presentarse ante Dios sin defensas ni pretensiones de control, permitiendo que Él actúe libremente.
La segunda es la sinceridad, tanto en la oración personal como en el acompañamiento espiritual, sin ocultar lo que se vive interiormente.
Finalmente, la confianza, es decir, creer que Dios obra incluso cuando no se experimentan sentimientos extraordinarios.
“Cuando estas actitudes están presentes, el silencio deja de ser vacío y se vuelve fecundo”, afirmó el sacerdote.
Frutos visibles y duraderos
El presbítero compartió que, con frecuencia, los ejercicios espirituales producen frutos muy concretos en quienes los viven con apertura. Entre ellos mencionó una mayor claridad interior, especialmente en relación con la vocación; una paz profunda del corazón, aun cuando queden preguntas abiertas; un deseo renovado de oración y de vida sacramental; y una mirada más realista y misericordiosa sobre sí mismos, aprendiendo a aceptar la propia fragilidad sin caer en el desánimo.
Si bien aclaró que estos frutos no siempre son inmediatos, destacó que suelen ser duraderos y acompañan al seminarista a lo largo de su proceso formativo.
El padre Francisco concluyó destacando la necesidad de formar sacerdotes capaces de escuchar antes de hablar y de orar antes de actuar:
“La Iglesia necesita sacerdotes que hayan aprendido primero a escuchar, antes de hablar; a orar, antes de actuar; y estos espacios son escuela de eso”.

En el Seminario Menor
Por su parte, los seminaristas del Menor (preparatoria), tuvieron como guía de sus ejercicios espirituales al padre Abraham Betancourt, vicario de la parroquia Nuestra Señora del Carmen.
Realizado en instalaciones del Seminario, este retiro animó a los muchachos a profundizar en el origen y el sentido de su llamado vocacional.
El padre Abraham exhortó a los jóvenes a meditar que su vocación ha nacido del amor de Dios, recordándoles que este llamado puede enfriarse cuando se descuida la vida espiritual, especialmente a causa del pecado y la falta de conversión.
El sacerdote subrayó la importancia de permanecer en la oración, ya que —dijo— “la vocación se sostiene en la relación que uno tiene con Dios”. Asimismo, animó a los seminaristas a apoyarse en el testimonio de los santos y de María Santísima, para que, a ejemplo de ellos, imiten sus virtudes y no se desanimen al responder al plan de amor que Dios tiene para cada uno.

Actitudes para un verdadero encuentro con Dios
Destacó algunas actitudes fundamentales para vivir con fruto los ejercicios espirituales: la disponibilidad del corazón, que permite estar atentos a lo que Dios va invitando en lo profundo del alma; la paciencia consigo mismos, reconociendo que Dios actúa en cada persona a su propio ritmo; la escucha, para obedecer lo que el Señor va indicando; y la sinceridad, presentándose ante Dios tal cual se es, sin máscaras ni apariencias.
Estas actitudes, señaló, ayudan a que el retiro no sea solo un momento aislado, sino una verdadera experiencia de crecimiento espiritual.
Dijo que los frutos esperados son que los muchachos puedan elaborar un proyecto espiritual personal, así como fortalecer su fe y oración, y un mayor discernimiento sobre la propia vocación, iluminado por la escucha atenta de Dios.
Estos frutos, explicó, se reflejan en una vida más ordenada, consciente y comprometida con el proceso formativo que la Iglesia propone.
Finalmente, el padre Abraham señaló que los ejercicios espirituales ayudan a crear una mayor conciencia de que Dios no obliga a nadie, pero que al mismo tiempo “sin Él no podemos nada”.


































































