Mons. J. Guadalupe Torres Campos
Queridos hermanos, seguimos en la octava de Pascua, Domingo de la misericordia. Tenemos esta fiesta que nos invita a reflexionar en la infinita misericordia de Dios.
Durante la Semana Santa que culminó con la Pascua, con la Vigilia Pascual, siempre estuve insistiendo en el amor de Dios, en la misericordia de Dios. Y hoy concretamente así celebramos la divina misericordia. Por eso con el salmo, que es el núcleo que da sentido, digámoslo así, a toda la celebración, hemos cantado ‘la misericordia del Señor es eterna’.
En el evangelio de San Juan nos dice: ‘Al amanecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas por miedo a los judíos, Jesús se presentó con ellos’. El mismo día, al anochecer del día de la resurrección. Esa presencia de Jesús siempre se sigue apareciendo en tu vida, en mi vida, en la parroquia, en la Iglesia, en la sociedad, en la humanidad. Jesús se presentó.
¿Cómo estaban los discípulos? A puerta cerrada y con miedo. Entendible, por una parte, por todo lo que había sucedido. Hoy me pregunto, ¿cómo nos encontramos en los tiempos de hoy? Pudiera ser que también nos encontremos con temores, con miedos, valga la expresión, con la puerta cerrada también por lo que está pasando, por lo que sucede en el mundo.
Sin embargo, Jesús se presenta en cualquier circunstancia. Se presentó con los discípulos y hoy se presenta contigo, conmigo, con nosotros. Y les dijo: ‘la paz esté con ustedes’. Es el saludo del resucitado, en medio de los temores. Qué mejor escuchar con mucha misericordia, con mucho amor, este saludo ‘La paz esté con ustedes’. Es Jesús, el príncipe de la paz. Y les mostró las manos y el costado heridos.
¿Cuál fue la reacción? Se llenaron de alegría. Experimentar el encuentro con Jesús, experimentar la paz que nos trae siempre, nos da alegría. Varios frutos de la resurrección.
Jesús es la victoria, es el regalo más grande. Una alegría que no sólo debe ser de sentimientos momentáneos, pasajeros, una alegría verdadera que se debe prolongar a toda nuestra vida.
Jesús vuelve a saludarles, hay alegría, pero sigue habiendo un cierto desconcierto y les vuelve a saludar: ‘la paz esté con ustedes’. Y viene otro momento importante, fuerte: sopló sobre ellos, otro regalo del Espíritu Santo. Ahí está la misericordia de Dios grande, maravillosa, eterna, porque nos da la paz, nos da alegría, vida y nos da al Espíritu Santo. Sopló sobre ellos y les dijo reciban el Espíritu Santo. Nuestro corazón está preparado, nuestra mente, nuestra vida para recibir este soplo, este poder, esta fuerza.
Queridos hermanos, la misericordia del Señor es eterna, es grande, su amor es infinito. Experimentemos en lo más profundo de nuestro ser esa presencia misericordiosa de Dios.
Dice el texto que en ese momento no estaba Tomás, le dan la noticia, hemos visto al Señor y no creyó. Cómo a veces podemos poner resistencias, podemos endurecer nuestro corazón, cegarnos y decir como Tomás, si no meto mi dedo en las llagas de su mano, si no meto mi mano en su costado herido, no creeré. Cómo a veces no lo decimos, pero con los hechos también dudamos.
Pero Jesús insiste. Ahí está la misericordia del Señor que es eterna. Vuelve, vuelve, vuelve, insiste. Vuelve a los ocho días y se dirige a Tomás: ‘ven aquí, aquí están mis manos’ y hoy también a todos nos llama por nuestro nombre, como a Tomás: ‘Ven, tócame’.
Este encuentro es profundo, no es superficial. Tócame, trae tu mano, trae tu corazón, trae tus pensamientos. Ven, aquí estoy. No sigas dudando sino cree, otra frase fuerte y muy importante que me cuestiona sobre mi fe.
Finalmente Tomás cree, toca al Señor y exclama Señor mío y Dios mío. ¡Qué hermoso texto!
La Pascua nos lleva a un compromiso, a un estilo de vida, a una respuesta. A ser constantes: Primero, en la escucha de la enseñanza de los apóstoles (formación). Segundo, en la oración; tercero, en la fracción del pan (Comunión, centro de nuestra vida). Y cuarto, la caridad, la comunión fraterna. Ahí está el compromiso, ahí está el sentido de comunidad. La misericordia del Señor es eterna y se expresa y se vive en comunidad.
Hoy experimentemos su amor, su infinita misericordia, y demos testimonio de esa presencia siendo misericordiosos, viviendo en unidad, traduciendo nuestra fe en amor, en la oración, en la escucha y enseñanza, en la fracción del pan, en la caridad.
El Señor los bendiga y los fortalezca. Un abrazo.
































































