Mons. J. Guadalupe Torres Campos/Obispo de Ciudad Juárez
Muy buen domingo, Domingo de Ramos; deseo se encuentren bien, preparados para lo que vamos a celebrar esta semana.
Este Domingo de Ramos las palabras de la antífona nos dan el sentido del día. “¡Hosana al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor!” Así lo recibe la gente en la entrada triunfal a Jerusalén del hijo de David -título propio de Jesús. Que nosotros comencemos esta Semana Santa, hoy domingo de ramos, con esa alegría y fe, bien dispuestos.
Esta semana la Iglesia nos invita a realizar un recorrido, caminar con Cristo, unirme íntimamente a Él en su recorrido, para celebrar con él su victoria.
Nuestra participación, por tanto, en estos días, toda la semana, debe ser desde el interior. Por eso nos hemos preparado para la Cuaresma, 40 días que nos prepararon con el ayuno, la oración y la limosna para este momento, para una participación del corazón, no quedarme en la superficialidad. Que la vivencia de esta Semana Santa sea de corazón.
A Cristo podríamos contemplarlo como un rey, Cristo Rey entra triunfante a Jerusalén. Pero a diferencia de otros reyes, este es revestido de humildad. La característica principal en la entrada triunfante de Jesús a Jerusalén es la humildad. Es revestido, pero no de joyas, no de coronas, no de lujos. Cristo, nuestro rey, es revestido de santidad, revestido de amor del Padre que lo envía. Sencillo, pobre, humilde, revestido de sabiduría. Por eso en la carta a Filipenses se dice: se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo. Y sigue diciendo San Pablo en la carta a los Filipenses: se humilló a sí mismo, obediente hasta la muerte en cruz.
Por eso estos dos momentos: la entrada triunfante, la lectura de la Pasión, la Cruz. Obediente hasta la muerte de cruz. Jesús entra y así lo personificamos en este día, montado en un burrito, pero aclamado por la multitud, ¡Hosana al Hijo de David!
Esas palabras debemos siempre repetirlas. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Jesús es aclamado en ese momento, para luego también de alguna manera ser aclamado desde su trono, valga la expresión, desde la cruz.
Esos ramos, queridos hermanos, que hoy se bendicen, representan la victoria del Rey, de Cristo Rey. Y es importante que habiendo vivido la Cuaresma, a partir de hoy, Domingo de Ramos, despojarme de todo lo que me impide caminar con Jesús.
Gran pregunta, gran reflexión, ¿de qué debo despojarme yo?
El primer ejemplo es el mismo Jesús, que es despojado de sus vestiduras, como escuchamos en la lectura de la Pasión. Lo despojan. ¿Yo de qué debo despojarme? ¿Del pecado? ¿Del odio? ¿vicio? ¿Rencores, infidelidades, ofensas? Cada uno pensar y contemplando a Jesús triunfante, a Jesús en la cruz, despojarme yo también.
Dirá también San Pablo en la carta a los filipenses, Cristo se despojó de su divinidad para asumir nuestra humanidad. Se hizo hombre, verdadero Dios, verdadero hombre, para finalmente despojarse de su humanidad con su muerte, para que nosotros podamos asumir la suya, su divinidad. ¡Qué hermoso es el efecto, lo que nos da! Él se hace hombre, muere, se despoja de su humanidad para que nosotros asumamos la suya.
Acompañemos a Jesús, caminemos con Jesús. El viacrucis no solo es Viernes santo, es hacer el recorrido completo con Jesús. Y una vez despojados y caminando con Jesús, quedarnos, o más bien hacer una ofrenda: ofrecer lo que tengamos en nuestras manos para decirle ‘sí’ a Dios.
Jesús ofreció su vida por mí, por ti ¿Qué le voy a ofrecer? Lo mejor que yo tengo en mis manos para decirle sí a Dios. Cristo nos enseñó el gran valor del ofrecimiento. Se ofreció a sí mismo.
Cristo recorre el camino hacia el Calvario para que nosotros tengamos la confianza de caminar con Él. El camino del dolor interior, el del corazón y el de nuestro cuerpo, serán los escenarios donde podremos estar íntimamente unidos, crecer en unidad con Jesús.
Queridos hermanos, iniciamos la Semana Santa con el día de hoy, Domingo de Ramos, con gran fe. El gran amor y confianza que Cristo nos muestra en cada paso es una enseñanza, asumir la voluntad del Padre, que yo también crea en Jesús y acepte la voluntad de Dios Padre y que la cumpla con fidelidad.
Anunciemos que Dios está con nosotros, anunciemos que Cristo es nuestra paz, nuestro Rey, nuestro Señor, y, sobre todo, que estamos preparados para dar testimonio con nuestra propia vida de que Dios es nuestro único bien. Señor, les bendiga y les fortalezca.
































































