Xandra Luna/Escritora
Soñé a Ed.
Venía por mí. Fue una sorpresa verlo ahí, con su sonrisa franca, vestido elegante, pero sin ostentar, tal cual era su estilo. Se veía feliz, serio y alegre al mismo tiempo. Cómo lo extraño… ufff.

No cruzamos palabras. Solo miradas de complicidad.
Yo venía acompañada de mi mamá y de mi tía. Bajábamos de un camión de pasajeros —o algo así—, veníamos de algún paseo, y de pronto lo tengo casi frente a mí. Sin perderme de vista, solo observándome con esos ojos verde aceituna, con sus gafas discretas, sonriéndome como solo él sabía hacerlo.
¿Yo? Feliz de verlo. No podía creer que tenía frente a mí al hombre que me enseñó a amar, pero sobre todo a creer que Dios siempre se acuerda de ti, de aquello que le pides con todas tus fuerzas.
Una vez leí en un libro de Louise Hay que dice que Dios no se olvida de tus sueños. Ed fue quien me ayudó a comprobarlo.
Este hombre del que les hablo me ayudó a recuperar la fe en mí, en el amor leal y sincero; a valorarme, a amarme y a cuidarme. Me mostró el mundo a través de sus ojos, de su experiencia de vida. Me aconsejó, me tuteló, me guio.
Y hablando de libros, hubo uno que me regaló y que justo recordé en estos días: Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas. Ese fue uno de varios que me obsequió para ayudarme a crecer en todos los aspectos de mi vida.
No me deslumbró. Me tomó de la mano para recorrer el mundo.
Fue, de su parte, un amor sin egoísmos. Un profundo respeto por la vida, por uno mismo, por los demás, por los animales. Empatía… ser empático en todos los sentidos.
Cuando comencé a salir con él, yo no estaba enamorada. Venía saliendo de un divorcio, con una hija adolescente y una bebé de escasos meses. Honestamente, en ese momento yo no tenía esperanza. Había dejado de creer en mí. Estaba pasando por una depresión posparto. En fin… el caldo perfecto para vivir en un caos emocional. Y ni qué decir de mis finanzas.
Y llega él. A poner luz en mi camino.
No daré más detalles. Esos los guardo para cuando lean mi libro.
El caso es que hoy, en mis sueños, venía por mí. Mi tía, al verlo, me dice: —Viene por ti. Te ha estado esperando.
Mi tía y yo estábamos abrazadas. Creo que intentaba despedirse de mí porque pensó que yo me iba con él. Sin embargo, aun teniéndola abrazada y sin perder de vista a aquel hombre, le digo casi al oído, en voz baja:
—Tía, me encantaría irme; sin embargo, él sabe que aún no puedo. Me queda poco tiempo por compartir con usted y con mi mamá.
Él parece escucharme. Repite mis palabras en voz baja, agacha la mirada y, sin dejar de sonreír, asiente.
Los invito a escuchar, con Andrea Bocelli Can’t Help Falling in Love.

































































