El tiempo de Cuaresma nos llama a la conversión del corazón, para llegar preparados a la Pascua del Señor… entendamos qué es el pecado y cómo nos afecta…

Diana Adriano/ Ana María Ibarra
Con la llegada de la Cuaresma, la Iglesia Católica invita a los fieles a vivir un tiempo de reflexión profunda, penitencia y conversión. Uno de los temas centrales que se resaltan en este periodo litúrgico es el pecado, entendido no sólo como una falta moral, sino como una ruptura que afecta la relación del ser humano con Dios y con los demás.
En entrevista, el padre Arturo Martínez Hernández, vicario de Catedral y asesor de la Renovación Carismática del Espíritu Santo, así como Alfredo Gálvez, de la Comunidad María Mediadora, explicaron el significado del pecado y sus consecuencias.
“El pecado es la ruptura de la amistad del hombre con Dios. El hombre que peca conscientemente, que sabe muy bien que, al hacer daño a su hermano, al medio ambiente, a todo ser vivo, está dañando al mismo Dios”, expresó el padre Arturo.
Para el sacerdote, el pecado no es únicamente una acción aislada, sino una decisión que implica responsabilidad, especialmente cuando se actúa con plena conciencia del mal que se está realizando. En este sentido, recordó que el daño no solo se dirige hacia una persona específica, sino que repercute en toda la creación y en la relación con el Creador.
Por su parte, Alfredo Gálvez Pantoja, integrante de la Comunidad María Mediadora y encargado de los Seminarios de Sanación, uno de cuyos temas aborda el pecado, recordó el origen de la palabra “pecado”, tomada del griego que se traduce como hamartia, que significa no dar en el blanco o equivocarse.
De esta forma, señaló que el pecado es equivocarse, actuando de manera contraria a como lo ha dispuesto Dios en el orden divino.
“El pecado es una barrera que divide a Dios de nosotros. Esa barrera la ponemos nosotros, Dios no. El pecado impide las bendiciones, el amor de Dios y la ayuda de Dios”, señaló.
Consecuencias del pecado
El sacerdote recordó lo que la Iglesia enseña respecto a las consecuencias del pecado: su principal efecto es la muerte espiritual.
“No es lo que yo creo, es lo que la Iglesia nos dice: el pecado crea en el hombre la muerte espiritual. No la muerte física, sino la muerte espiritual”, explicó.
Recordó que la promesa de Jesucristo para sus fieles es la vida eterna, la cual no comienza únicamente después de la muerte, sino desde una vivencia espiritual auténtica, marcada por el deseo del bien hacia el prójimo.
“Amar a Dios es muy fácil, pero lo más importante es amar al hermano. Yo creo que ahí es donde empezamos la ruptura, porque fallamos con el que tenemos al lado”, añadió.
En ese sentido, subrayó que el pecado deteriora primero la relación con el prójimo y, como consecuencia, debilita la comunión con Dios.
Por su parte, Alfredo recordó: “La palabra de Dios, en el libro de Isaías, capítulo 59, versículo 2, nos habla de las consecuencias del pecado y dice que no es que Dios no pueda salvar con su brazo, o que no tenga poder para ayudar, ni que su oído no nos escuche, sino que son sus pecados, dice el profeta, los que han puesto una barrera entre Dios y ustedes”.
Así, enumeró algunas de las consecuencias que atrae el pecado, empezando por quitar las bendiciones de Dios -como lo explicó el padre Arturo-.
“Una de las consecuencias es la división familiar. El libro del Génesis habla, primero de la alegría de Adán al conocer a la mujer: esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Después del pecado dice con rechazo: la mujer que me diste”, señaló Alfredo.
Agregó que otra consecuencia es la enfermedad, pues en la carta a los Romanos se lee que con el pecado, entra la muerte.
“También, como consecuencia del pecado está la ruina económica. En el libro de Génesis vemos cómo teníamos todo a nuestra disposición. Dios nos dio todo para que administráramos la creación abundante y después de la caída, del pecado, la Tierra quedó bajo maldición y ahora batallamos para conseguir el sustento”, refirió.
Por último, pero lo más importante, Alfredo resaltó que el pecado priva al ser humano de la presencia eterna de Dios.
“Si decidimos rechazar a Dios en esta vida también lo hacemos en la otra vida. La gracia es estar en la presencia de Dios por toda la eternidad y eso es lo más importante. Con esto nos damos cuenta de que el pecado nos hace”.

Tomar conciencia
Para el padre Arturo, la Cuaresma es el momento propicio para hacer un examen de conciencia serio y profundo. Señaló que muchas veces el ser humano no es plenamente consciente del daño que causa, ni siquiera del daño que se hace a sí mismo.
“El hombre primero tiene que sanar sus heridas, hacerse consciente de ellas y buscar un punto de conversión. Cuando uno se lastima a sí mismo, lastima también a su hermano y lastima su relación con Dios”, afirmó.
Explicó que las heridas en el corazón, muchas veces provocadas por el pecado, se arrastran durante años sin ser atendidas. Solo cuando aparecen las consecuencias, el ser humano comienza a dimensionar la gravedad de sus actos.
En este sentido, citando la Primera carta de Juan, capítulo uno, versículo 8, Alfredo Gálvez señaló que todo ser humano es pecador, y quien diga lo contrario es un mentiroso.
“La verdad es que no está en la persona, pero todos somos pecadores y Dios lo sabe. Somos débiles, pero Dios nos perdona todos los pecados, solo basta que le pidamos perdón. Dios es el Dios de las oportunidades, quiere que nos acerquemos a él para perdonarnos. Esto a veces no lo entendemos, porque él nos perdona, pero nosotros no”, afirmó.
Combatir el pecado
Para el padre Arturo, una vez consciente del pecado, la persona debe recurrir a tres pilares fundamentales para combatirlo: el ayuno, la oración y las obras de misericordia, señaló recordando el pasaje evangélico en el que Jesús explica que hay demonios que solo pueden expulsarse con ayuno y oración
Añadió que estas prácticas deben ir acompañadas de una vida constante en gracia, evitando postergar el encuentro con Dios.
Asimismo, subrayó la importancia de practicar las obras de misericordia en un contexto social donde muchas personas viven situaciones de abandono, adicción o soledad.
Alfredo, por su parte abordó la parábola del hijo pródigo donde se muestra la misericordia de Dios en el padre que perdona a su hijo.
“La herencia es la libertad que Dios nos ha dado y que malgastamos viviendo una vida desordenada, ahí sufrimos las consecuencias que es la ruina, el dolor, el sufrimiento. Cuando uno recapacita, como el hijo pródigo, se levanta para ir a pedir perdón y el padre lo recibe con los brazos abiertos. Esa es la imagen de Dios que restaura el alma”, reflexionó.
Ir al Padre
Para alcanzar esa restauración, añadió Alfredo, es importante confesar los pecados.
“Lo primero es reconocer que nos equivocamos, que hemos pecado. Después hay que acercarnos al poder misericordioso de Dios que perdona nuestros pecados a través de la confesión. Después de la confesión debemos luchar por no volver a pecar y si caemos, levantarnos de nuevo
Esa lucha, señaló el entrevistado, se da cuando las tentaciones se enfrentan al amor y al agradecimiento que la persona siente hacia Dios.
“Este tiempo de Cuaresma es una oportunidad para hacer esfuerzos y sacrificios que nos ayuden combatir el pecado y, si caemos, recobrar la paz con el perdón a través de la confesión”, concluyó.

La mirada en Cristo
Como mensaje final para esta Cuaresma, el padre Arturo invitó a los fieles a centrar su mirada en Cristo.
“Acudan a Cristo Jesús. Él es el Salvador, Él es el que nos transforma, el que hace nuevas todas las cosas”, expresó.
Si bien reconoció que en este tiempo se habla del ayuno, la limosna, la mortificación y la penitencia, insistió en que todas estas prácticas deben tener como centro a Jesús.
“Si nos enfocamos en ir a Jesús, todo lo demás se va a dar por añadidura. Los ojos del cristiano deben estar bien puestos en Él, en lo que nos dice y en lo que hace”, afirmó.
Finalmente, destacó que el amor al prójimo es un elemento indispensable en la vida cristiana, tanto para católicos como para quienes no lo son.
“No podemos hacernos indolentes ante el sufrimiento del que está a mi lado, del indigente, del drogadicto, del alcohólico. También ellos son nuestros hermanos. No dejan de tener ese título que Cristo le da a todo hombre por ser hombre”, concluyó.
En la imagen
“Estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo” (Lc 10,20).
(El pecado podrá quedar grabado en el polvo y este puede ser borrado, pero nuestra vida puede estar escrita en un lugar imborrable: el cielo)

































































