Gustavo Méndez Aguayo/ Abogado y contador
El pasaje de Lucas 18, 9-14 nos presenta una radiografía atemporal, que desde luego nos alcanza, el orgullo religioso, aunque el relato suele analizarse en el contraste entre dos figuras, en esta entrega nos enfocaremos exclusivamente a reflexionar sobre la conducta del fariseo, quien nos ofrece un catálogo de advertencias para quienes hoy nos desempeñamos como “servidores” con alguna determinada función en la Iglesia, confrontándola con la deontología del servidor parroquial, descubrimos que el peligro más grande del servicio no es la falta de capacidad, sino la distorsión del propósito.
Veamos entonces como el texto describe que el fariseo erguido, oraba consigo mismo, desde la ética del servicio, este podría ser un primer error deontológico, el no ser auténticos, sino ser otra persona cuando estamos en nuestra faceta de “servidor”, dejando de lado que somos llamados a ser un puente entre Dios y los hermanos; sin embargo, el fariseo convierte el espacio sagrado en un monólogo de autoexaltación.
Un servidor cae en esta conducta cuando su trabajo (en la liturgia, en la catequesis, en los ministerios, dimensiones o en la administración) deja de ser una ofrenda y se convierte en una plataforma para exhibir su «perfección» o su «necesidad de ser visto».
El fariseo define su identidad a partir de lo que no es: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros». Aquí se quiebra un principio ético fundamental del servicio parroquial: la comunión, es decir, la «común – unión» con Dios y con su Iglesia.
La deontología del servidor exige ver al prójimo como un hermano, no como un punto de comparación para validar la propia santidad, el fariseo utiliza su cumplimiento de la ley como un arma de segregación, lo que, bajo la óptica del servidor parroquial, puede convertir esto en un «elitismo espiritual», donde se mira con desprecio a quienes no participan con la misma frecuencia o rigor. Basta recordar el texto de referencia cuando el fariseo manifiesta: «Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo», el fariseo presenta una hoja de servicios impecable (a su ver), sin embargo, su conducta demuestra que se puede cumplir con todas las normas externas y estar éticamente y espiritualmente vacío.
La deontología del servidor establece que la eficacia técnica (organizar bien un retiro, alguna procesión u otro evento, incluso llevar las cuentas claras) debe estar siempre subordinada a la caridad. El fariseo cree que su cumplimiento «obliga» a Dios a justificarlo, siendo que el servidor parroquial, por el contrario, debe recordar que su labor es una respuesta gratuita a la gracia, no una moneda de cambio para reclamar privilegios o autoridad sobre los demás.
La figura del fariseo nos advierte que el mayor enemigo del servidor parroquial es ‘la soberbia del justo’, mientras que el servidor debe actuar con humildad, la ética del servicio parroquial no se mide por la ausencia de pecado, sino por la disposición al encuentro.
Al confrontar al fariseo con el deber ser del servidor, queda claro que no hay servicio auténtico sin humildad, pues quien se ensalza a sí mismo en el altar del orgullo, termina sirviéndose a sí mismo en nombre de Dios.
Por lo que, el servidor parroquial, no se erige en juez de la conciencia ajena, no establece categorías de “mejores” o “peores”, practica la acogida sin discriminación, el ministerio parroquial exige respeto absoluto por la dignidad de cada persona, cuida la coherencia interior, busca autenticidad más que apariencia, mientras que su servicio está centrado en Dios y en la comunidad, no busca reconocimiento personal, sino que reconoce que todo bien realizado es gracia de Dios.
Ser discípulo de Jesús no nos da un estatus de superioridad moral, sino que es un llamado a la humildad y no implica creerse menos que los demás, sino ser auténticos, pues el discípulo sincero sabe que no le hace un favor a Dios al servir en la parroquia, ya que es Dios quien, en su misericordia, nos permite colaborar en su obra.
El servidor que finge perfección levanta una barrera contra la gracia, solo cuando nos presentamos con las manos vacías y el corazón abierto es cuando la misericordia de Dios puede realmente transformarnos.
En ocasiones los servidores nos preocupamos por la forma (¿lo hice bien?, ¿se vio bonito?, ¿cumplí el rito?), pero Cristo mira el fondo, sus ojos atraviesan la deontología externa para llegar a la intención del alma, por ejemplo, una acción externa buena (como ser generoso en las ofrendas, leer en misa, etc) puede empeorarnos si nace de la vanidad, porque nos vuelve más soberbios y nos aleja de los demás; por el contrario, una actitud de servicio silencioso y auténtico nos mejora, no porque nos haga perfectos, sino porque nos hace más humanos. Cristo no juzga el éxito de nuestra gestión parroquial, sino la pureza de la intención con la que actuamos.
Y no es que yo sea un aguafiestas, pero los servidores en apariencia atendemos el llamado “id también vosotros a mi viña” al que se refiere la exhortación apostólica Christi fideles laici de san Juan Pablo II, sin embargo, hacemos nuestra propia vid, olvidándonos que la única es Cristo, y nosotros sus sarmientos.
































































