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Prescencia

La hora de la semana que puede cambiar tu vida 

Julius Maximus Texto: Julius Maximus
4 junio, 2021
en Vivir la Misa
Reading Time: 5 mins read

En esta serie de artículos comenzaremos a explorar la misa: cómo vivir y aprovechar de la mejor manera la celebración de la Eucaristía, nuestra sagrada liturgia. Los textos son extractos del libro “Vivir la misa”, de los sacerdotes DominicGrassi y JoePaprocki…

 

En la primera entrega damos un vistazo rápido al final de la misa, para comprender cuál es el destino y los pasos a seguir para llegar ahí. 

 

 

DomnicGrassi y JoePaprocki

Uno de los siete hábitos de la gente efectiva, según Stephan Covey, es empezar con un fin en mente, es decir, con una clara comprensión del destino. Significa saber hacia dónde se va yendo, de modo que se pueda comprender mejor dónde se está, y dar los pasos adecuados hacia la dirección correcta. Teniendo en cuenta este consejo, comenzaremos a explorar la misa, no con los ritos iniciales, sino con un vistazo rápido al final de la misa para que comprendamos cuál es el destino y los pasos que debemos seguir para llegar ahí.

 

Empezar con un fin en mente 

Las últimas palabras en latín de la Misa son “IteMissaest”, que significa “vayan, pueden marcharse”. De ahí viene la palabra misa. Respondemos diciendo “Demos gracias a Dios”. Empezamos con un fin en la mente. El mensaje es que debemos irnos, no podemos quedarnos. El rito de conclusión arroja luz sobre el destino a donde hemos de llegar.

“Pueden ir en paz” es una invitación a hacer todas las cosas que hizo Jesús, a ser personas de acción. En los Evangelios Jesús resalta lo que el discípulo debe hacer: “Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí” (Mt 25,45). “El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14). Seguir a Jesús implica acción. Sólo nos falta escuchar las palabras “Pueden ir en paz”.

Los laicos no fueron bautizados para pasar todo el día en la iglesia. Deben marcharse después de misa, y es su tarea compartir lo que les ocurrió durante la Eucaristía para revelar la presencia de Dios en el mundo. El mundo está en todas partes, incluyendo nuestros hogares, barrios, comunidades y lugares de trabajo. Como muchos no eligen participar con nosotros en la Eucaristía, entonces nosotros debemos ir a ellos, en vez de esperar a que ellos vengan a nosotros.

 

Llamado a la paz

“Pueden ir en paz”. ¿Qué significa esta frase? Está claro que no estamos en paz si tenemos conflictos con los demás. No hay paz si los malos pensamientos nos distraen. No estamos en paz si estamos amargados o enojados, o si criticamos. La misa es un llamado a empezar por estar en paz con nosotros mismos. Si bien todos pecamos, la misa nos invita a dejarlo todo a los pies de nuestro amoroso Dios, que muy gustosamente nos dará la paz.

La Palabra de Dios que se proclama en la misa nos desafía a dejar de lado todo aquello que nos separa de los demás: celos, amargura y prejuicios. Si bien entramos a la iglesia con esas cargas, se nos hace un llamado a que se las entreguemos al Señor. Ir en paz significa que nos vamos visiblemente transformados.

Un domingo cuando nos íbamos a la iglesia, mi hija Amy, que tenía cinco años, preguntó: ¿dónde puedo conseguir algo de paz? Ni mi esposa ni yo entendimos lo que quiso decir, así que le pedimos que explicara la pregunta. “Cuando ustedes van hacia el sacerdote y él les da la paz… ¿dónde puedo yo conseguirla?” Estaba hablando de la Sagrada Comunión. Amy veía que íbamos al sacerdote para conseguir algo. Para ella, ese algo era “paz”. Amy escuchó estas frases: “La paz esté siempre con ustedes”, “Dense fraternalmente la paz” y por supuesto “Pueden ir en paz”. Así llegó a la conclusión de que esa paz era algo que se nos daba cuando nos acercamos a la Sagrada Comunión. Amy tenía razón: cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, abrimos los corazones a la presencia real de Jesús, el Príncipe de Paz.

Un loco desafío

“Pueden ir en paz” encierra un desafío impresionante. Nos damos cuenta hasta qué punto la misa puede llegar a transformarnos. Nos damos cuenta de que, por nuestro Bautismo, estamos llamados a ser diferentes. Se nos hace un llamado a ser santos, según las palabras de la epístola de san Pedro, “una nación santa y pueblo adquirido”.

En la misa también se dice: “Glorifiquen al Señor con su vida. Pueden ir en paz”. No somos humanistas con el impulso de ser amables solo con nuestros hermanos. La paz que proclamamos es en el nombre del Señor, que no es un Dios lejano y castigador ni una deidad panteísta que se esconde detrás de los arbustos. Jesucristo se hizo carne, vivió entre nosotros, murió por nuestros pecados, resucitó de entre los muertos y abre las puertas del cielo para todos nosotros. Este es el Dios al cual amamos, servimos y llevamos con nosotros cuando nos vamos de la Iglesia.

La naturaleza misma de Dios es relacional, así que nosotros nos relacionamos con él. Por eso se nos instruye a ir en paz glorificando al Señor en nuestra vida. La mejor manera de hacerlo es no sólo con palabras, sino con hechos. El amor promueve la acción. La misa nos hace un llamado a que amemos a Dios reaccionando contra la injusticia, la violencia, la guerra, los prejuicios, es decir, contra todo aquello que se interponga en el amor hacia otros.

La mejor manera de glorificar a Dios es servir a los demás. Servimos y glorificamos a Dios, no a nosotros. Debemos hacer la voluntad de Dios. Antes de la Comunión oramos: “Hágase tu voluntad” en el Padrenuestro. Se nos envía a hacer lo que Dios nos pide, con su bendición. La voluntad de Dios puede resultar también misteriosa y algo loca. Aquí entra en juego la fe. Se necesita mucha fe para reaccionar de manera contraria a lo que otros esperan, una manera que puede terminar haciéndonos quedar como distintos o extraños.

En esos momentos de dolorosa soledad necesitamos recordar que no estamos solos. La misa fortalece la fe gracias a la comunión con Jesús y con nuestros hermanos. Jesucristo, a quien tomamos en nuestros corazones y almas en la Eucaristía, camina a la par nuestra. La misa nos ayuda a vencer el aislamiento y nos hace reconocer que muchos otros, a causa de su fe, pelean la misma batalla. Y “si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra nuestra?” (Rom 8,31). Jamás estaremos solos.

 

 

Dar gracias a Dios…y volver al inicio

 

Al “Pueden ir en paz”, nuestra respuesta debe ser un fuerte “Demos gracias a Dios”. Así estamos haciendo más que agradecer a Dios por lo que hemos experimentado momentos antes. No estamos agradeciendo a Dios porque terminó la misa, sino por la fe que nos trajo a misa y por todos aquellos que compartieron esa fe: desde los santos hasta los seres queridos que ya partieron, todos a quienes recordamos en misa. Durante dos milenios las personas de fe se han reunido para celebrar la Eucaristía. Seguimos haciéndolo hoy en unión con todos ellos.

Al decir “Demos gracias a Dios” demostramos nuestro agradecimiento por la confianza que Dios pone en nosotros para ser la presencia amorosa de Cristo en el mundo. Nos llamamos “cristianos” porque Cristo vive y obra en nosotros y a través de nosotros, el Pueblo de Dios.

Teniendo en mente el fin de la misa, podemos ahora volver al inicio y comenzar por la entrada de nosotros, la comunidad de los fieles, a la iglesia, y empezar la celebración de la Eucaristía, nuestra sagrada liturgia.

Continuará…

 

Celebración de la Eucaristía en La última misa de San Benito. Óleo por Juan Andrés Ricci. Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

 

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