Mons. Ramón Castro Castro/ Presidente de la CEM
El Reino de Cristo abarca a todas las personas y naciones. Toda la humanidad, sin importar su credo u origen, está bajo su poder salvador. Los seres humanos, hechos a su imagen, hemos recibido este mundo de sus manos.
Pero debemos preguntarnos, ¿cuidamos y gobernamos su reino como Él lo haría? ¿Realmente seguimos sus indicaciones para cuidar de su mundo y de nosotros mismos, sus hijos? Este cuestionamiento sobre nuestro papel como administradores del reino de Dios, resuena en las voces de los antiguos profetas. Amós denunció la opresión de los pobres, Isaías condenó a quienes abusaban de los necesitados. Los profetas gritaron contra la injusticia que pisoteaba la dignidad humana.
Los profetas no sólo hacían reclamos morales, sino que expusieron un concepto clave, la justicia social. Se preguntaban cómo era posible que bajo los ojos de Dios el sistema social pisoteara a los pobres.
En nuestro México de hoy, esas mismas preguntas resuenan con fuerza. ¿Cómo es posible que, en un país bendecido por Dios, miles de familias no tengan lo necesario para vivir dignamente? ¿Cómo puede ser que los recursos de la nación beneficien sólo a unos pocos, mientras la mayoría lucha por sobrevivir?
San Juan Pablo II nos recordó que la voz de los profetas nos llama a comprometernos con la liberación de los oprimidos y a trabajar por la justicia. Sin esto, nuestra adoración a Dios está incompleta. Este compromiso no puede quedarse en lo espiritual, es responsabilidad social de todo cristiano.
Jesús, como verdadero Rey y Mesías, inaugura el reino de Dios a través de su vida, muerte y resurrección. Un reino que implica una transformación real y directa entre nuestra vida y nuestra sociedad. Pero, ¿cómo empezar? Nuestro Señor ha dicho, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará.
Esto nos invita a poner la justicia divina como prioridad, confiando en que todo lo demás se va a alinear. La respuesta es clara, debemos integrar nuestra fe con la acción social. Solo así provocaremos un cambio verdadero y podremos ver cómo este reino de justicia transforma a las personas, las estructuras sociales y la vida pública.
Por eso, hermanos, salgamos a buscar. Busquemos el respeto de la dignidad humana en un país donde la corrupción ha robado la esperanza a nuestros jóvenes. Busquemos justicia para las víctimas de la violencia, para las familias de los desaparecidos, para los migrantes humillados.
Busquemos promover una cultura del amor y de la vida que respete al ser humano y la naturaleza. Busquemos que se construyan hogares basados en el amor. Una economía más equitativa donde todos tengan oportunidades y un sistema político que realmente sirva al pueblo.
Hoy los invito a descubrir cómo podemos participar activamente en la construcción de una sociedad reconciliada en la justicia. Esto implica que cada uno se comprometa con la justicia y la caridad, transformando nuestras comunidades a la luz del Evangelio. Si todos nos dejáramos gobernar por Cristo Rey, todo mal sería sanado.
Las leyes recuperarían su autoridad moral, la corrupción sería vencida y la paz sería restaurada. Vayamos hacia ese camino, anticipando ese tiempo de plenitud.
Que la gracia de Jesucristo Rey del Universo, nuestro Señor y Salvador, con Él podamos construir un reino de verdadera justicia para toda la humanidad, comenzando aquí, en nuestra querida patria mexicana.
¡Venga a nosotros tu Reino!

































































