Lectio Divina correspondiente al domingo 24 de mayo. Pentecostés. Reflexión y acción de la Palabra de Dios, con la guía de integrantes del Instituto Bíblico San Jerónimo…

Samuel Pérez/ IBSJ
- Lectura: ¿Qué dice el texto?
Juan 20, 19-23.
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».
Ahora hagámonos las siguientes preguntas:
¿En qué situación se encontraban los discípulos cuando Jesús se presentó en medio de ellos?
¿Qué saludo les dirigió Jesús al presentarse y qué les muestra?
¿Cómo reaccionan los discípulos al ver al Señor?
¿Cómo los saluda Jesús por segunda vez y qué misión les confía?
¿Qué gesto realizó Jesús al darles el Espíritu Santo y qué autoridad les concedió?
Interioricemos en el texto
El Evangelio en palabras de san Juan retrata a los discípulos que permanecían encerrados por miedo y como la presencia de Jesús transforma completamente su situación: donde había temor, el Resucitado trae la paz, donde había encierro, Él abre el camino de la misión. El saludo “la paz esté con ustedes” no son solo palabras, es el don nuevo que nace de la Pascua. Después, Jesús realiza un gesto, sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Esto recuerda el soplo de vida de Dios en la creación (cf. Génesis 2, 7) y muestra que el Espíritu Santo comunica una vida nueva. Es ahora quien dará vida y poder para continuar la misión de Jesús animando y sosteniendo a la Iglesia naciente. Así como lo fue el Cordero de Dios, ahora ellos son enviados a quitar y perdonar los pecados del mundo. Pentecostés no es solamente un acontecimiento para contemplar, sino una llamada a convertirse en testigos vivos del Evangelio. El Espíritu Santo impulsa a salir del miedo, anunciar a Cristo y llevar reconciliación a los demás. Por eso, el relato también presenta el don del perdón de los pecados, signo de la misericordia que la Iglesia está llamada a ofrecer. Pentecostés nos recuerda que todo bautizado no ha de vivir una fe pasiva, sino una fe llena del Espíritu, capaz de llevar paz, perdón y esperanza anunciando al mundo con alegría que Cristo vive.
- Meditación: ¿Qué me dice Dios en el texto?
Para profundizar en el Evangelio contestémonos a nosotros mismos, con sinceridad, las siguientes preguntas:
Así como Jesús entro en medio de los discípulos y transformo su miedo en paz, ¿permito que el Espíritu Santo entre en mis temores y renueve mi vida en valentía y confianza?
¿Jesús sopló sobre sus discípulos y los envío a continuar su misión, ¿cómo estoy dejando que el Espíritu Santo me impulse a servir, reconciliar y anunciar el Evangelio en mi vida cotidiana?
Como comunidad cristiana, ¿estamos viviendo un verdadero Pentecostés que nos lleve a salir de la indiferencia y convertirnos en testigos de la paz, el perdón y la esperanza que Cristo Resucitado ofrece al mundo?
- Oración: ¿Qué le digo a Dios?
Ven, Dios, Espíritu Santo, fuente de todo consuelo, amable huésped del alma. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y confianza tus siete sagrados dones. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Amén.
- Contemplación:
Para intensificar la contemplación repitamos varias veces durante la semana un versículo de la Sagrada Escritura para que alimente nuestra fe:
«Envía, Señor, tu Espíritu, a renovar la tierra» (Salmo 103).
- Acción: ¿A qué me comprometo con Dios?
“Reciban el Espíritu Santo”. He aquí el regalo pascual de Jesucristo.
Propuesta: Encomendaré mis miedos y preocupaciones al Espíritu Santo para que transforme todo ello en valentía y paz. Para ser signo vivo de la paz que nos ofrece Jesucristo, haré un acto concreto de reconciliación como pedir perdón, acercarme a alguien con quien estoy distanciado o brindar apoyo a una persona en necesidad. Vivamos la alegría de Pentecostés. ¡Cristo vive!
































































